The Objective
Pablo de Lora

Quiero caer en la PAU

«No hay quien no anhele una perdida nota a pie de página en el mastodóntico libro de la historia humana; aunque sea de alcance menor, como tocar en un examen»

Opinión
Quiero caer en la PAU

Ilustración generada mediante IA.

Almuerzo en la cafetería de la Facultad. Me acompañan Juan, Lucas y Hernán. Acaban de salir de Mates II (las de Sociales) y les ha salido muy bien, mejor de lo esperado. La conversación fluye y sus meandros nos acaban llevando a inesperados remansos. Ahora que, tras el rito de paso del acceso a la Universidad, comenzarán la forja de su vida adulta, les cuento de aquellos individuos que estuvieron en el momento y sitio adecuados, pero que luego, por desventuras o azares diversos, no culminaron lo que acabó siendo un gran éxito, una de esas empresas humanas de las que se habla por generaciones. 

Pete Best fue el primer batería de los Beatles, pero todo el mundo recuerda al que le sustituyó: Ringo Starr. Eric Stoltz había rodado ya durante un mes como Marty McFly cuando Robert Zemeckis, el director de Regreso al futuro, decidió sustituirle por Michael J. Fox. El futuro fue cruel con Stoltz, pero seguramente más con Fox, quien desde hace ya más de tres décadas lucha contra la enfermedad de Parkinson. Y luego están quienes alcanzaron la fama póstumamente, como Van Gogh o Lampedusa, el autor de El Gatopardo, o John Kennedy Toole, que escribió La conjura de los necios, novela célebre y muy celebrada ya después de su suicidio. 

Hay quien llegó tarde al embarque del vuelo, o sufrió una sobreventa de billetes y se quedó en tierra, y luego resultó que ese avión tuvo un accidente y murió todo el pasaje, como cuenta que les ocurrió a sus abuelos la filósofa Carissa Véliz en su último libro, Prophecy. Les pregunto a mis compañeros de mesa si creen que las compañías aéreas deben indemnizar por esos incumplimientos, y después de pensarlo un poco, concluyen que no, porque lejos de haberles perjudicado, les han evitado morir, aunque fuera por chiripa. Entonces, les sugiero, tampoco hay que castigar a quien, creyéndole vivo, mata al que ya está muerto. Callan. 

Les llamo la atención sobre lo que se ha debatido recientemente en el Senado australiano: si un empleador pregunta a una solicitante de trabajo que resulta ser una mujer trans si piensa tener hijos, ¿comete una discriminación aunque la mujer trans no pueda quedarse embarazada? La discriminación sería puramente intencional y potencial, casi por expresar la idea, y pareciera que ni siquiera haría falta el contexto de una selección de personal, con lo que la libertad de expresión se resiente. Lo piensan.

Les parece que solo hay discriminación si pudiera comprobarse que no la contrató por esa razón, igual que si fuera una mujer infértil y lo desconocía. Les pregunto entonces si la mujer trans o la que no puede tener hijos deben ser honestas, y si son preguntadas, decir la verdad: no puedo quedarme embarazada. En ese caso, me dicen, las mujeres trans tendrían ventajas frente a las mujeres cis, pues el empresario sería más proclive a contratarlas. 

«Algunos colaboradores y escritores en prensa a los que estimo han visto seleccionada una de sus piezas. Me dan envidia»

A los postres, frisando ya la hora de volver al aula, les pregunto por cómo les fue en la materia de Lengua, por el comentario que les tocó. No se acuerdan bien del autor («Gomacho… era uno y otro Itinerari, inani…, algo así», dicen). Este año, como en los anteriores, algunos colaboradores y escritores en prensa a los que conozco y estimo han visto seleccionada una de sus piezas. Lo reconozco: me dan envidia, me gustaría caer en la PAU. 

Casi nadie tiene reservada la gloria eterna de un Mozart, Bach o Cervantes y, si así fuera, tampoco tendría sentido dejarlo todo —incluyendo el mundano, ocasional y efímero placer de comer con adolescentes— por alcanzarla, como le pasa a Pádraic, el personaje de la película Almas en pena de Inisherin, que renuncia a hablar con su mejor amigo para no distraerse en su (muy improbable) paso a la historia como violinista. 

Pero no hay guapo que no anhele una perdida nota a pie de página en el mastodóntico libro de la historia humana; un salvoconducto a la posteridad, aunque sea de alcance muy menor y valedero solo para los barrios más humildes de la futura memoria, la de un par de generaciones, como sería tocar en la PAU, ser pasto de la lectura y el comentario de miles de jóvenes preuniversitarios afanados por entenderle y glosarle a uno durante un rato, y gracias a ello —confío— seguir prosperando en sus empeños académicos. 

A ver si hay suerte…

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