Vito Quiles, el enemigo público número uno
«Lo que le preocupa al Gobierno son los medios, los de verdad, los que dan noticias, los que siguen cartografiando la vida disoluta de Ábalos o el mapa de la corrupción»

Imagen generada con IA.
Un tío armado únicamente con un móvil se ha convertido en uno de los personajes más peligrosos de España. El tipo en cuestión se llama Vito Quiles y, según repiten tanto el Gobierno como su escolanía mediática, es una amenaza para los sacrosantos principios deontológicos del periodismo, además de un riesgo real para la propia salud del Estado democrático.
Hasta su expulsión, el hábitat de tan pernicioso sujeto han sido las ruedas de prensa en el Congreso de los Diputados, así como los alrededores de la Carrera de San Jerónimo, donde asalta a sus potenciales víctimas. Sus armas preferidas son el mencionado móvil y un punzante cuestionario de preguntas directas e irreverentes. Pero también se le ha visto atacando por sorpresa a Begoña Gómez e incluso a Pablo Iglesias, aquel vicepresidente reconvertido en tertuliano que legitimaba los escraches como una eficaz herramienta de «jarabe democrático».
Este Gobierno que ha sido capaz de eliminar de un plumazo al presidente de Telefónica, al de Indra y cuya vocación es intentar ocupar todas las instituciones del Estado, se dice sin embargo amedrentado por las acciones de tan audaz enemigo. Algo así como si los Estados Unidos mostrasen preocupación por el arsenal militar de Andorra.
En realidad, casi todo es mentira al estilo de las delirantes conspiraciones de Florentino Pérez. Los guionistas de la Moncloa necesitan inventarse adversarios y crear permanentemente contenido para azuzar el miedo a que la derecha gane las próximas elecciones generales. Y Quiles forma parte de ese guion. Ha sido convertido en otro comodín, en el enemigo público número uno, como si fuera otro sillar más de ese muro de polarización que con tanta tenacidad levanta el presidente del Gobierno.
Sin embargo, este Vito, tan útil en las tertulias gubernamentales para no hablar sobre los asuntos que de verdad desgastan al Gobierno, hasta hace muy poco no era nadie. Pero empezó a hacer preguntas que eran ignoradas, ridiculizadas o respondidas ofensivamente, y su difusión masiva en internet convirtió al aprendiz de becario en un personaje famoso en toda España.
Se podría decir que se lo debe casi todo a los terribles insultos («saco de mierda») de los Óscar Puente y a las reprimendas morales y profesionales de los Patxi López (que lo llamó racista) y de los otros socios gubernamentales. Todos ellos y sin que nadie se lo pida se han acostumbrado impunemente a decidir quién cumple los requisitos para ejercer el periodismo.
Precisamente esa es la principal acusación que se le hace: que no es un periodista, sino un agitador y un activista. Pero esa es también la condición de la mayoría de esos analistas, con un prestigio a la altura de Sarah Santaolalla, que han sido colocados en las tertulias de la televisión pública y privada para regurgitar consignas gubernamentales. Como hasta los periodistas más próximos nunca son de fiar del todo, como se está viendo con la imputación de Rodríguez Zapatero, lo más eficaz es llenar las tertulias con gente de la casa. Y este es el cuadro resultante: militantes, exdiputados, colaboradores y antiguos jefes de prensa cuyo origen nunca se identifica, todos disfrazados de comentaristas y dispuestos a quemarse por el partido o por ese faro moral llamado José Luis.
Vito, sin embargo, es otra cosa. Un francotirador, un lobo solitario. Trabaja para sí mismo, como demostró con su gira del año pasado por las universidades, que más parecía el inicio de una carrera política. Se vende al mejor postor, primero a Alvise y después al PP, aunque su estrella de poco le sirviese a los populares en las elecciones de Aragón.
Pero lo que se denuncia de Vito Quiles, se exalta y se elogia en sus antagonistas del otro lado. Sara Santaolalla, por ejemplo, la última musa del agitprop, fue arropada como una pobre víctima cuando se colocó el cabestrillo y denunció una agresión que un Juzgado de Instrucción de Madrid acaba de archivar. En la BBC y en otras televisiones públicas donde la deontología profesional sí se toma en serio, ese desliz le habría costado automáticamente el puesto. Aquí, sin embargo, el ministro del Interior corrió a ponerle escolta, mientras que varios miembros del Gobierno, incluido su presidente, abrazaban y se solidarizaban con la propagadora del bulo.
Los enemigos más acérrimos de Quiles, los que le llaman, «escuadrista de mierda» y «nazi por encargo», lo tildan además de acosador. Pero ni siquiera en esto ha inventado nada. Sus detractores son los mismos que aplaudían y consideraban periodismo de altura perseguir a Ana Botella hasta la peluquería o que hacían conexiones en directo cada vez que aquella Rita Barbera acorralada y asustada se asomaba por los visillos de la ventana.
Por eso que Vito Quiles es solo un señuelo, el dedo al que quiere el Gobierno que miremos para que no nos fijemos en la luna. Lo que le preocupa son los medios, los de verdad, los que dan noticias, los que siguen cartografiando la vida disoluta de Ábalos o el mapa de la corrupción de la administración sanchista. Y ahí, la guerra es total, premiando a los medios amigos e intentando el desprestigio y la ruina económica de los desafectos.
Además, nadie que sea o trabaje como periodista puede aceptar que este Gobierno se erija en valedor de la profesión, cuando el propio presidente es el autor intelectual de la «máquina del fango» y usa con impunidad la tribuna para descalificar a los medios y periodistas que no le son afines. De esta manera, el sujeto a controlar se convierte en el controlador, en el inquisidor que intenta convertir la propaganda en pensamiento único. ¡Cuánto nostálgico del Ministerio de la Verdad!