Rufián y la quimera de la resurrección podemita
«En eso anda la secta podemita, que ahora quiere resucitar Rufián para brindarle a España otros cuatro años de sanchismo, clientelismo y chantaje independentista»

Ilustración generada mediante IA.
A Gabriel Rufián lo ha engullido la capital del reino. Vino para un rato, hasta que la republiquita catalana cerrara definitivamente la frontera con España, y ya lleva más de diez años dedicado a la literatura del tuit, simulando que ha evolucionado de agitador a prócer desde su escaño del Congreso de los Diputados.
Casi todo el mundo le ha perdonado ya aquellos años iniciáticos cuando, como cualquier meritorio que llega a Madrid, buscaba hacerse un nombre en el gran teatro de la Comedia de la Carrera de San Jerónimo. Para ello recurría a todo. Lo mismo exhibía grilletes y hasta impresoras en sus intervenciones en el hemiciclo, que buscaba la bronca directa con Borrell, Aznar o Rajoy. El negocio le fue tan bien que en poco tiempo se quedó de portavoz de los suyos y hasta los periodistas parlamentarios le elevaron a la categoría del mejor orador de la casa.
Ahora, el antiguo enfant terrible sigue manteniendo la insolencia y el tonito canalla de entonces. Pero se ha metido tanto en el papel del político que ha madurado, que intenta hablar con la gravedad y la trascendencia de un hombre de Estado, aunque el suyo sea plurinacional y con derecho de autodeterminación. Además, como dice que le duelen por igual los obreros pobres de Cataluña y del resto de España, anda ofreciéndose para pastorear a esa grey fracturada y dispersa de las extremas izquierdas estatales e independentistas.
Su oferta política es una especie de Frente Popular para reagrupar a toda chatarra oxidada a la izquierda del PSOE, optimizar sus votos en las próximas elecciones generales y salvar a España de la llegada de los bárbaros. Sostiene que, sin ese pacto en el que tendrían cabida gente de tanto pedigrí democrático, como los herederos de ETA y sus propios compañeros golpistas de ERC, la democracia correría el riesgo de ser heredada por Abascal y la extrema derecha. Sin embargo, muchos se malician que, como buen padre de familia, su objetivo no sea otro que mantener su propio estatus y garantizarse el cocido en su pequeño oasis madrileño.
Pero parece que lo tiene difícil. Rufián sabe llamar la atención con sus discursos. Es incluso un buen hacedor de eslóganes, frases y hasta preguntas retóricas con gran impacto mediático, pero aún carece de poderes taumatúrgicos para resucitar a los muertos. Porque esa es la situación clínica de todos los clanes, grupúsculos, tribus y sectas familiares surgidos de la deriva cainita de aquel tronco común que fue el gran Podemos. Aunque las redes sociales y la propaganda política lo aguantan todo, no es fácil tejer una prenda nueva a partir de harapos raídos, de la misma manera que es imposible recomponer los vidrios de un cristal que ha estallado en mil pedazos.
Descartados Bildu, ERC y BNG, que lógicamente van a lo suyo porque son más independentistas que de izquierdas, la extrema izquierda española tiene un problema de unidad y liderazgo, pero sobre todo de credibilidad y proyecto. Se han vendido al sanchismo por cinco ministerios y algunas tertulias y ahí está el resultado: el PSOE sigue flotando e incluso aguanta electoralmente a su costa, mientras ellos llevan toda la legislatura agonizando.
Sorprendentemente, toda la lealtad que les ha faltado entre ellos se la han dispensado a Pedro Sánchez. Con qué ingenuidad y gallardía han puesto el cuerpo para defender al PSOE. Han tragado con sus Koldos, con sus Cerdanes, sus Begoñas y sus Abalos, repitiendo como loros todas las consignas sobre el lawfare. También han cedido en todas las ocasiones importantes en las que las decisiones unilaterales de Sánchez les creaban un verdadero conflicto ideológico.
Así, miraron para otro lado ante el cambio de posición sobre el Sáhara y lo siguen haciendo habitualmente en todos los consejos de ministros que aprueban nuevas partidas sobre el incremento del gasto militar. Ni siquiera han podido sacar ninguna rentabilidad del ‘no a la guerra’ y del enfrentamiento con Trump o Netanyahu, que ha sido capitalizado por Sánchez al cien por cien.
Rufián se preguntaba en uno de los actos de promoción del nuevo business por qué un cajero de Mercadona vota lo mismo que Juan Roig. Y en la respuesta a esa provocadora cuestión está implícitamente recogido todo el listado de patologías que padece la izquierda española. En primer lugar, porque mucha de la gente que les votó en los primeros años ahora se siente defraudada con su gestión. No viven mejor que hace ocho años. Han perdido poder adquisitivo con la inflación y sufren a través de sus hijos el progresivo encarecimiento de la vivienda.
También padecen en carne propia el continuo achatarramiento de los servicios públicos (trenes, carreteras, listas de espera) y están hartos de su complicidad y de las cesiones ante el independentismo. De la misma manera, se sienten ajenos a los excesos dialécticos y legislativos del wokismo. Hace tiempo que desconectaron de las prédicas hembristas, de los neologismos feministas y de Irene Montero, quien, en el mejor de los casos, les parece una repipi de izquierdas que desaprovechó sus oportunidades cuando estuvo en el Gobierno.
Tampoco entienden las ventajas de tanta inmigración desordenada y del proceso de regularización que pactó el Gobierno con Podemos a cambio de entregarle las competencias de inmigración a Cataluña. Pero lo que peor llevan es que los llamen directamente fachas por defender que, después de toda una vida de cotizar y pagar impuestos, no pueden ser iguales en derechos al último inmigrante ilegal que cruza la frontera.
No se conoce ningún sondeo sobre las preferencias electorales de los más de 115.000 empleados de Mercadona, pero sí el odio de clase que a su dueño, Juan Roig, le profesa la extrema izquierda. «Ser despreciable», lo ha llegado a llamar Ione Belarra desde la tribuna del Congreso. En eso anda la secta podemita, que ahora quiere resucitar Rufián para brindarle a España otros cuatro años de sanchismo, clientelismo y permanente chantaje independentista.