The Objective
Paulino Guerra

El Rey también pasa por el aro

«Cuando la política se entromete en la historia, hasta manipularla de manera tan evidente, no hay que asentir, sino combatir la distorsión»

Opinión
El Rey también pasa por el aro

Imagen creada por inteligencia artificial.

Al final, su Majestad también ha acabado pasando por el aro. Ocurrió el pasado lunes 16 con ocasión de un acto semiclandestino en el Museo Arqueológico Nacional, cuando acudió a visitar una exposición sobre mujeres indígenas mexicanas. Allí, el monarca declaró, sorprendentemente, que durante la conquista española de América había habido «mucho abuso» y comportamientos de los que no podemos sentirnos orgullosos. Como testigo y notario de la capitulación regia se encontraba el embajador de México.

El mismo confesionario ya había sido utilizado en octubre por el ministro de Exteriores, quien reconoció y lamentó el «dolor y la injusticia» que los españoles provocaron a los «pueblos originarios». Aquel fue el primer pago del chantaje que desde hace siete años venía reclamando el Gobierno mexicano. Primero Andrés Manuel López Obrador y después Claudia Sheinbaum, hijos de europeos emigrados, como si ellos mismos fueran descendientes directos de los Moctezuma, habían exigido que el rey de España pusiera la corona de los Reyes Católicos a sus pies y les pidiera perdón «por las violaciones de derechos humanos durante la conquista».

Se trata de un trauma muy propio de los países aquejados de graves complejos de autoestima, que tratan de reforzar su identidad buscando enemigos imaginarios y haciendo grandes exaltaciones de nacionalismo provinciano. Además, como meterse con el gringo, que tras la independencia se quedó con el 40% de su territorio, no les trae a cuenta —y menos en los tiempos de Donald Trump—, la acaban emprendiendo con España, una víctima siempre encogida y acomplejada, deslizándose por la demagógica pendiente de la leyenda negra.

A ese México, siempre «lindo y bonito», al que tanto le importan los muertos de hace 500 años, le sería más útil dedicar todas sus energías a combatir al narco, la pobreza y la guadaña del crimen organizado, que en el último año se llevó por delante más de 23.000 vidas y dejó otros miles de desaparecidos. Ese debería ser el reto de sus autoridades, dejando para los historiadores la tarea de discernir si Hernán Cortés conquistó México o simplemente liberó Mesoamérica de la crueldad y de la tiranía de los mexicas, ese pueblo cuyos enemigos (no menos de 20.000 al año) acababan degollados en los altares de los templos o servidos a la mesa.

¿Qué sentido tiene que 534 años después del descubrimiento, dos presidentes sigan responsabilizando a la herencia colonial de las dificultades del presente, cuando llevan ya más de dos siglos gobernándose sin la interferencia de los gachupines?

Lo grave es que aquí se les haga caso. Que hasta el mismo jefe del Estado acabe sucumbiendo y cediendo ante las obsesiones y la mitología de la izquierda populista hispanoamericana. Para eso ya está ese gigante de la diplomacia y la libertad de expresión, el coloso canciller José Manuel Albares, cuyo éxito más reciente ha sido levantar el teléfono y pedir la cabeza de una periodista que le hizo una pregunta incómoda.

El Rey, sin embargo, debería estar por encima de las modas, de las coyunturas y de las necesidades apremiantes de la diplomacia socialista para que España no haga el ridículo en la Cumbre Iberoamericana del próximo mes de noviembre en Madrid. Lo que debilita a la Corona no es aguantar las presiones, sino dejarse utilizar por el Gobierno y ceder ante los profetas del indigenismo y la corrección política.

Además, ¿por qué los españoles de este tiempo tienen que pedir perdón por hechos de hace cinco siglos? Con la misma demagogia, España podría reclamar que Italia se excuse por los «abusos» de la invasión romana de la península ibérica. Giorgia Meloni incluso debería disculparse de manera agravada con los habitantes de León, por el expolio de Las Médulas; con los de Soria, por el cerco de Sitio de Numancia, y con los de Zamora, por el asesinato del caudillo Viriato. Y, por supuesto, a los franceses, que, además de imponer un rey gabacho y fusilar a troche y moche, no dejaron palacio, monasterio o tumba regia sin profanar en busca de riquezas.

«¿Debe avergonzarse España por haber puesto fin al genocidio de zapotecas, tlapanecas, huexotzincas, atxilixcas, tlaxcaltecas o tizauhcoas que los aztecas estaban realizando en Mesoamérica? ¿Debe avergonzarse España por haber derrotado, junto a todos esos pueblos, al imperio caníbal de los aztecas en México y por haber puesto fin al sacrificio masivo de niños del Imperio inca?»

Esta es la pregunta que se hace el argentino Marcelo Gullo, que en su libro Nada por lo que pedir perdón argumenta que «si España debe pedir perdón por haber llevado a cabo la liberación de esos pueblos oprimidos, tanto Estados Unidos como Rusia deberían hacerlo por haber liberado a los pueblos sometidos por los imperialismos nazi y japonés».

Ninguna conquista ha sido nunca idílica, como tampoco lo era la sociedad anterior al 12 de octubre de 1492. Hay que desconfiar de las leyendas negras y de las rosas. Pero cuando la política se entromete en la historia, hasta manipularla de manera tan evidente para conseguir réditos políticos, ya sea en México o en España, no hay que asentir, sino combatir la distorsión. Por ello, el Rey debería ser muy prudente y no caer en las trampas del apaciguamiento si no quiere que siga sumando adeptos ese club todavía marginal que lo caricaturiza como Felpudo VI.

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