The Objective
Pablo de Lora

Pausa para hidratación

«La responsabilidad política 'in vigilando' o 'in eligendo' (¿se acuerdan?) ha quedado derogada de acuerdo con la regla primordial del 'no es el qué sino el quién'»

Opinión
Pausa para hidratación

Ilustración creada con inteligencia artificial.

Se discute mucho en estos días en los que se celebra el Mundial de Fútbol la pertinencia de esta «pausa para la hidratación» que interrumpe, allá por el minuto 20, más o menos, el desarrollo del juego para que los futbolistas se hidraten convenientemente, pues en ciudades como Atlanta, Los Ángeles, Nueva York, Guadalajara o Ciudad de México el calor y la humedad aprietan. Algunos pérfidos conspiranoicos creen que aviesamente se han instalado las lógicas y dinámicas de los deportes masivos en el país anfitrión —fútbol americano, baloncesto— cuya retransmisión entrecortada favorece la mayor profusión de anuncios publicitarios. Se hace más caja, vaya.

¿Y en nuestro solar patrio? En las horas inmediatamente posteriores al conocimiento público de que todo un Tribunal Supremo compuesto por siete magistrados con brillantes trayectorias, plurales perspectivas y acreditada competencia jurídica decidía por unanimidad condenar a «Artemio» (esto es: José Luis Ábalos) y a «Abelardo» (es decir: Koldo García) a 24 y 19 años de prisión respectivamente por los gravísimos delitos de organización criminal, cohecho y tráfico de influencias, entre otros, Pedro Sánchez (o «Isidro», como así es anonimizado en esa sentencia, de la misma manera que Víctor de Aldama es «Aníbal» y Jésica Rodríguez, la odontóloga contratada en Ineco, «Felicidad») comparecía en TikTok para sugerir a los españoles que nos hidratemos y nos pongamos crema ante la ola de calor que, nunca mejor dicho, nos asolaba.

Esto de que los españoles nos pongamos crema tras conocer esta sentencia se presta al chiste fácil y este humilde opinador no habrá de caer en la tentación de semejante chascarrillo. Sí diré, en cambio, que también hubiera podido recomendar, ya puestos, la ingesta de algún antiemético: procesalistas insignes y nada sospechosos como Jordi Nieva Fenoll inmediatamente nos hicieron saber que la lectura de las 84 páginas de la resolución del Supremo le estaba produciendo «asco».

A mí me parece que a Pedro Sánchez y a su equipo —es decir, no a ninguna izquierda democrática o socialdemócrata, que son los que verdaderamente están bien achicharrados, sienten asco y desolación—, sino a la natación sincronizada en los medios, a los sincronizados genuflexos en la academia o sus aledaños y a los que callan sincronizadamente, pero están dispuestos a balar ovejunamente cuando (se) toque (el cornetín), la pausa de hidratación les ha venido que ni pintiparada: como en el fútbol, en general en los deportes de equipo, se ha sacado la pizarra, se ha tomado aliento y se ha reconfigurado la defensa y el ataque.

Está a la vista y no hubo más que atender a la intervención del presidente del Gobierno en el Parlamento el pasado día 23 de junio, un discurso en el que profundizaba en las líneas argumentales que vienen desplegándose desde que los casos de corrupción saltaron a los medios (más allá de la corrupción de todas las corrupciones que constituyó el canje ley de amnistía-presidencia del Gobierno).

En primer lugar, ha quedado ya formalmente aprobada la regla que reza: «No es el qué, sino el quién». Y esa regla de carácter general implica sencillamente que la responsabilidad política que otrora, y señaladamente con ocasión de la moción de censura de 2018, suponía que uno era expulsado de la política a poco que hubiera indicios suficientes de comportamientos delictivos o poco decorosos, ya no se aplica a «los nuestros» (y enseguida verán que lo de «los nuestros» tiene sus matices y excepciones).

Cierto: con la llegada a la presidencia de Pedro Sánchez, tuvieron que dimitir casi inmediatamente después de ser nombrados dos ministros de cuyos nombres probablemente ni se acuerden ni quieran acordarse (Máximo Huerta y Carmen Montón). ¿Sus delitos? El primero, utilizar una «sociedad pantalla» para así pagar menos a Hacienda por su trabajo; y la segunda, por el cúmulo de irregularidades en la obtención de su máster expedido por la Universidad Rey Juan Carlos.

¿Y cuál es la nueva doctrina sobre la responsabilidad política que se ha consolidado en esta pausa para la hidratación? Después de aplicar la primera de las reglas, con respecto a «los nuestros» y cuando ya la cosa ha superado los meros indicios o sospechas, se «asume la responsabilidad» política, si bien de forma puramente locucionaria, que diría un filósofo del lenguaje. Así, con alguna solemnidad y públicamente se profieren en lengua española cuatro palabras: «Asumo la responsabilidad política». Este expediente puramente formulaico puede acompañarse de un «Y tú más» y de otras expresiones de densidad y consecuencias parecidas como «Ya pedí disculpas» o «No hemos dado un paso al lado, sino al frente».

Con ello se quiere decir que se ha expulsado a los corruptos (Ábalos, Cerdán) en cuanto se tuvo noticia de esas informaciones sobre sus actividades, actividades que, por supuesto, no conoció el secretario general de esa organización «porque no las hubiera tolerado».

En definitiva: la responsabilidad política in vigilando o in eligendo (¿se acuerdan?) ha quedado derogada de acuerdo con la regla primordial del «no es el qué sino el quién» antes indicada, una excepción que también alcanza al exvicepresidente del Gobierno Zapatero, a quien nadie se ha planteado, hasta donde sabemos, su expulsión del partido: para él prima la presunción de inocencia y el respeto a los procesos judiciales.

En la pausa para la hidratación se ha logrado dar con una táctica brillante: en su discurso del día 23 el presidente del Gobierno ya anticipaba que en los próximos meses «el goteo de noticias y avances judiciales continúe [y que] las derechas mediática y política venderán como una nueva muestra más de eso que llaman ahora ‘degradación política’». Pero Sánchez nos previene para que no erremos nuevamente: se tratará de avances y descubrimientos de cosas que ya pasaron —«La degradación ya ocurrió», dijo solemnemente—, remachando: «Lo que vamos a presenciar en los próximos meses es su persecución y su purga».

Si lo piensan, es brillante: cuando las noticias sobre las investigaciones policiales, judiciales, aperturas de sumarios, imputaciones, procesamientos y enjuiciamientos se abren paso, se trata de maniobras de las derechas y de la máquina del fango que esparce bulos; acusaciones basadas en «recortes de prensa» (no importa si resulta que luego la prensa acertó de pleno) o querellas presentadas por acusaciones populares de ultraderecha (no importa que en el pasado nadie objetara que actuaran contra la Corona). Si finalmente todo ello se concreta en condenas firmes, uno se suma a la repulsa, se decreta que se trata de agua pasada y aquí paz y después gloria.

Es un plan sin fisuras que ahora cuenta con el añadido de una estrategia que es una variante del «coger el rábano por las hojas»: las filtraciones —denunciables, ciertamente— de los sumarios. Aquí ha habido mucha labor previa de dibujo de la táctica en la pizarra y de práctica en la destreza de la distracción. Bastaba con atender un rato a las cadenas amigas para constatar la porción del tiempo dedicado a las hojas (el pasaporte retirado, la mención de la policía como eventualmente cómplice de una fuga, las divulgadas agendas con citas, cenas y reuniones inauditas o los aún más sorprendentes emolumentos cobrados, tal y como figura en el epistolario electrónico entre Gertru y el expresidente del Gobierno) frente al rábano de lo que se está investigando y los indicios que sustentan las sospechas de comportamientos gravemente delictivos.

En esta pausa para la hidratación, los tics autoritarios ya apenas se ocultan: la colosal degeneración de la situación política española que está propiciando el hecho de que la legislatura haya muerto sin que el presidente dimita o convoque a las urnas —como ya formalmente se puede decir que le ha exigido el Parlamento que lo nombró— palidece, nos viene a sugerir Sánchez, ante la perspectiva de que «gobierne la derecha o la ultraderecha». Alguno de sus socios parlamentarios, como el señor Rufián, lo ha expresado con feliz economía semántica: «No me apetece nada que Abascal sea vicepresidente del Gobierno». Con mayor sofisticación y eficacia expresiva, Sánchez proclamaba: «Para mí la pregunta no es si debemos continuar. La pregunta es cómo no vamos a hacerlo».

Y las razones deben ser nítidas, hasta el punto de que uno se pregunta a continuación por qué el PSOE y sus socios creen que debe haber elecciones, más allá de que nuestro régimen constitucional les obligue a ello. No, no exagero: si uno afirma que la llegada al poder de la oposición pone en riesgo muy serio el bienestar general de la población o sus derechos humanos o básicos; o si se proclama que solo gobernando la izquierda «mejoran las condiciones de vida de la gente» o que la corrupción solo la puede atajar el PSOE porque la corrupción y el robo habitan, de manera ínsita, en los bancos de la derecha, es legítimo inquirir en qué radica exactamente el compromiso de los representantes del dizque «espacio político de la izquierda» con la democracia parlamentaria y representativa.

Esa «futilidad» o «inconveniencia», «improcedencia» incluso, de escuchar a la ciudadanía en unas elecciones dado «lo que nos jugamos», se acompaña cada vez con más frecuencia y sin ambages con una retórica que me atrevo a llamar «tardofranchista»: al portero del Sabadell que se animó a cantar esa zafiedad del «Pedro Sánchez hi… de pu…» le preguntaría —indicó la portavoz del Gobierno en rueda de prensa— si sabe que el presidente del Gobierno ha multiplicado por ocho las becas…

El presidente Sánchez multiplica becas, concede derechos, rescata aerolíneas, divulga la música indie española y la narrativa de Uclés, normaliza Cataluña, celebra la diversidad territorial incorporando a su coalición progresista a Bildu y la sexoafectiva, castigando con la cárcel a personas adultas que se someten a «terapias de conversión» (el BDSM, en cambio, se mantiene penalmente impune). Y podría seguir. Y añadan que es ontológicamente incorruptible, como el brazo de Santa Teresa, una de las reliquias favoritas de Franco.

Parafraseando la descripción clásica del infierno en el catecismo de Ripalda, a Sánchez cabe atribuirle todos los bienes sin mezcla de mal alguno y eximirle de todos los males, sea cual sea su mezcla. ¡¿Cómo no va a seguir?! Si es preciso, se invierten los términos: se mejora «el conjunto de la ciudadanía de este país» incorporando a cientos de miles sin importar que vivan, hayan vivido o vayan a vivir en España, siempre que sean hijos o nietos de exiliados por la Guerra Civil o el franquismo.

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