Las voces de las prostitutas y de los clientes: feminismo y justicia
«Un país en el que a sus gobernantes no se les cae de la boca la palabra ‘diversidad’ debería destinar recursos para conocer esa realidad que se trata de ‘abolir’»

Ilustración generada mediante IA.
En un contexto social como el de Matar a un ruiseñor, un negro no tiene credibilidad dada su condición racial; en un contexto social como el de la Inglaterra del siglo XVII una mujer no ha sido víctima de agresión sexual en el seno del matrimonio porque la violación de la mujer casada es inconcebible y se carece del tipo penal. En su celebrado libro Injusticia epistémica (2007), la filósofa Miranda Fricker denomina «injusticia testimonial» a lo primero e «injusticia hermenéutica» a lo segundo.
La «injusticia epistémica» que engloba ambas formas de iniquidad es un fantasma que, como el comunismo del Manifiesto, recorre los departamentos universitarios de las ciencias sociales en Europa y Estados Unidos. En su día fue el «epistemicidio», en la forma teorizada por Boaventura de Sousa Santos, lo que «colonizó» —con perdón— buena parte de la «conversación» en los pagos de la filosofía crítica occidental. Se trataba de reivindicar, frente a los «poderes epistémicos occidentales» (la razón instrumental y colonizadora propia de la eurocentrista ciencia moderna), los «saberes tradicionales» o, más campanudamente, las «epistemologías del Sur».
Con Fricker, de lo que se trataría es de hacernos conscientes de la «injusticia que un hablante padece al recibir del oyente una credibilidad disminuida debido al prejuicio identitario vertido sobre el oyente». En corto: déficit de credibilidad prejuicioso identitario.
El arsenal «teórico» que brindan el corpus de Fricker y sus glosadores no es desdeñable. Las personas vulnerables, señaladamente las mujeres, serían el paradigmático ejemplo en el que se sufre de injusticia epistémica, ora testimonial ora hermenéutica, en múltiples contextos: sus declaraciones cuando son víctimas de agresión sexual o de otras formas de violencia sufrirían un déficit de credibilidad y lo mismo sus manifestaciones, ora corporales ora verbales, en el curso de una relación heterosexual que el finalmente agresor —el varón— o no ha querido entender, o no ha podido entender o interpretar adecuadamente dada su privilegiada posición de poder epistémico. Y lo mismo para el diagnóstico de enfermedades que afectan más a mujeres, o al bullying que sufrirían los niños y otros tantos ejemplos semejantes que darían cuenta de otro de tantos oprobios que «atraviesan» la posición de los vulnerables y desheredados de la Tierra.
Más allá de si el rendimiento de ese concepto amerita tanta atención y literatura secundaria; más allá de que la supuesta injusticia epistémica que informaría el papel subordinado de la declaración de la mujer víctima de violencia o agresión a manos del varón es más bien la consecuencia de que en un Estado que se presume garantista esa sola prueba no puede bastar para condenar penalmente al presunto agresor más allá de toda duda razonable; y más allá, al fin, de que muchos testimonios, creencias o saberes, o bien no están al alcance de todos los individuos, y ello no implica que sean menos dignos, o bien son sencillamente supercherías o patrañas (no denominamos oprimidas «epistemologías marianas» a las aseveraciones de quienes dicen haber visto aparecerse a la Virgen en una zarza ardiendo, o «epistemologías del espacio» a las afirmaciones sobre avistamientos de los ovnis), interesa mucho, también desde la perspectiva feminista y de la teoría social crítica, saber qué alcance tiene el concepto de (in)justicia epistémica.
«El feminismo institucional, clara y rabiosamente abolicionista, opera como el jurado de ‘Matar a un ruiseñor’»
Y se me ocurría a mí pensar en ello a propósito de la absoluta condena al ostracismo y al silenciamiento que sufren las mujeres —y en muchísima menor medida, pero también, los hombres— que se dedican voluntariamente al llamado «trabajo sexual», es decir, a las prostitutas y, por ende, a quienes recurren a sus servicios —fundamentalmente hombres, pero también mujeres de toda orientación sexual—. ¿Cuánto abarcan esas, en palabras de Fricker, «marginaciones hermenéuticas que agravian a quienes las padecen»?
Si nos atenemos a las posibilidades de ser escuchadas a la hora de pensar y regular el fenómeno del que ellas son las principales protagonistas, es una evidencia difícilmente rebatible que el feminismo institucional y el socialmente hegemónico, clara y rabiosamente abolicionista, opera, como el jurado de Matar a un ruiseñor, a partir de una «asunción diabólica» para hacer oídos sordos: la mujer que se prostituye y dice hacerlo como expresión de su agencia y reclama derechos, es alternativa o conjuntamente víctima, esclava feliz, cómplice del proxenetismo heteropatriarcal o sencillamente trastornada. Una «mala mujer» como en tiempos de los «liberatorios de prostitución» que promocionó el anarquismo en los años treinta del siglo pasado de la mano de Federica Montseny o del franquista Patronato de Protección a la Mujer.
Y en cuanto a los hombres, caracterizados sin tapujos como «puteros» (no así si se trata de clientes de prostitución masculina, pues entonces hay más remilgos), todos sin excepción machistas, en el mejor de los casos, en el peor violadores (aunque con la boca del Código Penal pequeña: ¿dónde están las denuncias por las presuntas violaciones cometidas por Ábalos?). Y, de nuevo, sean cuales sean los testimonios de quienes proporcionan el servicio y saben de primera mano de la calidad moral, intereses o necesidades de los dichos «puteros». Entre las frickerianas, el expediente es ahora abrir la posibilidad de que una forma de injusticia epistémica sea también la del «exceso de credibilidad» —un tomarse al pie de la letra el testimonio de la prostituta olvidando el contexto heteropatriarcal—, maniobra que corre el evidente riesgo de hacer de la «teoría» un puro mecanismo huero y ad hoc al servicio del prejuicio ideológico.
«En el jurado —dice nuevamente Fricker a propósito de la novela de Harper Lee— hay para quienes la idea de que el hombre negro sea digno de confianza epistémica y la joven blanca de desconfianza es casi una imposibilidad psicológica…». Mutatis mutandis, en el jurado que conforman las actuales fuerzas sociales y mediáticas y quienes tienen el poder institucional y legislativo, esa «imposibilidad» para atender, escuchar al menos, las razones, vivencias y demandas de las trabajadoras sexuales es, trágicamente, una imposibilidad moral, política y, si me apuran, económica a la luz de los también muchos intereses de esa naturaleza que se anudan al llamado «abolicionismo».
«El Ministerio de Igualdad exige una suerte de ‘pureza ideológica’ para ser destinatario de fondos públicos para la investigación»
Una sociedad, un país en el que a sus gobernantes y fuerzas políticas mayoritarias no se les cae de la boca la palabra «diversidad», debería ser muchísimo más receptiva y, para empezar, no habría de precluir la posibilidad de destinar recursos para conocer esa realidad que se trata de «abolir». Resulta ser todo lo contrario: el Ministerio de Igualdad exige desde este año una suerte de «pureza ideológica» —una «declaración responsable» en la que se manifieste por parte del solicitante que en sus estatutos la prostitución es declarada como una de las formas de violencia contra las mujeres— para poder ser destinatario de fondos públicos para la investigación en esa materia.
¿Y en esos departamentos, centros, unidades y observatorios académicos de la universidad pública donde Fricker y sus huestes señorean? ¿Habrá científicos sociales dispuestos a aplicar la plantilla de la «injusticia epistémica» a los puteros, a las prostitutas, a los «chaperos» y sus clientes, a los varones que afirman ser inocentes de las acusaciones de violencia de género que pesan sobre ellos o del maltrato que ellos supuestamente infligen a sus hijos o que dicen ser víctimas de la manipulación de la madre sobre los hijos comunes para impedir la custodia compartida? ¿Habrá fondos disponibles y habilitables para semejantes proyectos de investigación?
Me da a mí en la nariz que operará en esos casos una forma de diabólica epistemic assumption que hará muy difícil, si no imposible, pensar y estudiar esas manifestaciones de presunta injusticia epistémica. Una consecuencia de lo que me animaré a denominar como «injusticia metaepistémica», que está sometida, como tal conjetura, como todo conocimiento, a falsación, por supuesto.