La jaula oval
«Horroriza y fascina Trump, y fascina y desconsuela el seguidismo de rebaño invidente frente a su figura y sus desmanes»

Ilustración de Alejandra Svriz
El 14 de junio, coincidiendo con el «día de la bandera» en Estados Unidos y con el 80 cumpleaños de Donald Trump, está prevista la celebración de un combate de «artes marciales mixtas» (MMA en sus siglas en inglés) en la Casa Blanca organizado por la empresa estadounidense Ultimate Fighting Championship o UFC. Según ha explicado Ilya Topuria, el luchador hispanogeorgiano que defiende su título del peso ligero, tanto él como el aspirante, el estadounidense Justin Gaethje, harán el paseíllo desde el despacho oval hasta el espacio octogonal —la denominada «jaula» en la que discurren estas peleas— que se instalará en el jardín.
El pesaje oficial de los contendientes se hará en el Lincoln Memorial, allí donde Abraham Lincoln firmó en 1863 la Proclamación de la Emancipación, mediante la que se liberaron a más de tres millones de esclavos negros, y donde Martin Luther King pronunció en 1963 su célebre discurso que incluía el «I have a dream». El evento tiene por denominación UFC Freedom 250, pues pocos días después los estadounidenses celebran los 250 años de su declaración de independencia.
Tal cual, es decir, nada de lo que acaba de leer es el intento desesperado de esa gloriosa Asociación Imaginaria de Parodistas y Satiristas de España (PISA), que preside Daniel Gascón, por no declararse definitivamente extinta por falta de objeto.
Allí donde un 28 de agosto de 1963 el presidente Kennedy recibió a Martin Luther King después de la marcha por los derechos civiles en Washington; el lugar en el que, menos de un año después, el presidente Lyndon B. Johnson firmó la Ley de Derechos Civiles, mediante la que, entre otras cosas, se eliminaban persistentes y lacerantes discriminaciones raciales en Estados Unidos; el espacio en el que el presidente Jimmy Carter auspició la firma de los acuerdos de paz entre Israel y Egipto en septiembre de 1978; allí donde un 16 de junio de 1992 los presidentes Bush y Yeltsin firmaron un acuerdo de eliminación de armas nucleares, o donde en 1993 Clinton patrocinó la firma de los acuerdos de Oslo entre el presidente de Palestina Yasser Arafat y el primer ministro israelí Isaac Rabin, en ese lugar, dos luchadores desplegarán sus mejores destrezas físicas a base de patadas, puñetazos, codazos, rodillazos o estrangulamientos ante 5.000 invitados y con una fabulosa –y fabulosamente rentable– cobertura en streaming.
Es difícil encontrar una imagen que mejor resuma el signo de estos tiempos trumpistas y que no remita a los excesos de Tiberio, Nerón o Calígula. Y el propio presidente Trump no viene poniendo nada fácil evitar ese tipo de comparaciones odiosas.
El día en el que empezaban las conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Islamabad para lograr un acuerdo que permitiera poner fin a la guerra en Irán y abrir el estrecho de Ormuz, ese (auto)proclamado «genio de la negociación» que es Donald Trump encontró más adecuado acudir a Miami, precisamente a un combate de MMA, junto con su secretario de Estado Marco Rubio. Días después, y ante las críticas del Papa, distribuyó un meme con una imagen suya —que luego retiró y de la que se desdijo— en la que aparece como un remedo de Jesucristo sanando a un enfermo como si dispusiera del «toque real» que algunos monarcas absolutistas del Antiguo Régimen aplicaban para aliviar a los enfermos y como una atribución taumatúrgica otorgada por Dios mismo. Así lo hacía célebremente, entre otros muchos, la reina María I de Inglaterra, quien, además de curar la escrófula mediante su toque, se ocupó de quemar vivos a casi 300 protestantes durante su reinado, y de ahí su gráfico apodo de Bloody Mary.
Trump ha ejercido asombro por su osadía frente al «mainstream liberal» («progresista» en nuestros pagos) en los inicios de su segunda singladura como presidente; por su afán por testar cuánto cabía estirar el alcance de sus poderes ejecutivos (recuerden al Obama que se jactaba de disponer del bolígrafo y el teléfono frente al poder legislativo) o por sortear cualquier tiranía semántica en el uso políticamente correcto del lenguaje, incluso lo que es debido por pura cortesía o humanidad frente a la desgracia ajena. Su actitud durante el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 y su constante denuncia de que su elección en 2020 fue «robada» contribuyeron sin duda a que ese asombro fuera mutando en fascinación horrífica.
Trump inquieta al modo en el que sobrecogieron a Goya los lunáticos e inadaptados de su Corral de locos; o los enfermos mentales a los visitantes del manicomio de Bedlam en Londres, una de sus mayores atracciones turísticas durante el siglo XVIII, o como ese Hannibal Lecter que logra escapar de su jaula y desprenderse de su bozal y de sus ataduras en El silencio de los corderos.
El día 6 de abril, lunes de Pascua de Resurrección, Trump comparecía en el balcón de la Casa Blanca para celebrar una de las más importantes fechas del calendario cristiano, aunque el mensaje más importante que uno pudiera pensar que corresponde a esa fe en ese día quedó eclipsado por una crónica, por momentos delirante, de cómo había transcurrido la operación de rescate de dos pilotos abatidos en Irán, descripción que se hacía junto a un enorme «conejo de Pascua», lo cual añadía a todo el cuadro un pintoresquismo difícil de exagerar. De hecho, los gestos del conejo parecían alcanzar más sentido que el discurso verbal del presidente del país más poderoso de la Tierra.
Al día siguiente, empero, Trump pasó de las musas al teatro. Conviene no olvidar su mensaje en su red social Truth (que ya tiene guasa la marca), en el que daba un ultimátum a Irán: «Toda una civilización perecerá esta noche para nunca volver. No quiero que ocurra pero probablemente ocurrirá. Sin embargo, ahora que tenemos un Cambio Completo y Total de Régimen, en el que imperan mentes diferentes, más listas y menos radicalizadas, quizá algo revolucionariamente maravilloso puede suceder. ¿QUIÉN SABE? Lo descubriremos esta noche, uno de los momentos más importantes en la larga y compleja historia del Mundo. 47 años de extorsión, corrupción y muerte concluirán finalmente. ¡Dios Bendiga al Gran Pueblo de Irán!».
Toda la bravuconada es desopilante y hiela la sangre, pero el final es quizá lo más desconcertante de todo: ¿se bendice y celebra a un pueblo al que se amenaza con extinguir? Los referentes de antaño salen nuevamente al paso, en este caso la célebre resolución con la que se disiparon las dudas sobre cómo afrontar el sitio de Béziers. Allá por el año 1209, en plena cruzada albigense, las tropas de Inocencio III cercaron esa localidad del sur de Francia donde habían encontrado refugio algunos centenares de herejes cátaros. Incapaces los cruzados de distinguirlos y poco colaboradores el resto de los pobladores, el jefe de los cruzados ordenó matar a los 20.000 habitantes, incluyendo niños, ancianos y mujeres, pues «ya Dios reconocería a los suyos».
Horroriza y fascina Trump, y fascina y desconsuela el seguidismo de rebaño invidente frente a su figura y sus desmanes; un silencio espeso, en el mejor de los casos; un inventario exculpante, con sus buenas dosis de cinismo y condescendencia frente a los «idealistas» y con apoyos en una autoatribuida sabiduría geopolítica de juego de Risk o conocimientos íntimos, inefables e incomprobables de las «auténticas intenciones y jugadas maestras que Trump y su equipo cocinan para la final rendición del mundo ante su estrategia»; o, finalmente, y en el peor de los casos, un lamentable apoyo explícito que tiene como argumento único algo así como que «cualquier cosa es buena contra el ‘convento woke‘», aunque ni siquiera termine de funcionar en el terreno de lo puramente instrumental o de la mera satisfacción de los intereses propios (que cada vez más parece que sean únicamente los del propio Trump y su familia).
Asombra y deprime que los ideales, principios y reglas de juego que blasonamos frente a los déspotas domésticos de bajo presupuesto se apliquen solo en días alternos, confirmando, ahora al otro lado del espectro, que lo que importa no es el qué, sino el quién.
Ha afirmado el columnista del The New York Times Ezra Klein que, aun no habiendo Trump finalmente cumplido su amenaza de borrar una civilización, en el fondo sí lo ha hecho, pues lo que ha liquidado con esa amenaza es la nuestra. No le falta razón en que en esa dirección apunta(ba) la flecha, pero también quiero pensar que los vientos de la historia pueden llegar a tiempo y cambiar la racha.
Más nos vale a todos.