The Objective
Pablo de Lora

Resurrección

«A los increyentes nos pasa como al Bertrand Russell que preguntado qué le diría a Dios si le ve cara a cara, dijo: ‘Señor, ¿por qué no me diste una mejor evidencia?’»

Opinión
Resurrección

Ilustración generada porla IA.

«¿Cuánto apuesta a que Jesucristo volverá entre nosotros antes del 2027?» – se lee en la página de apuestas Polymarket, la plataforma del mercado de predicciones en criptomonedas más grande del mundo. A fecha de 4 de abril solo un 4% de los que han apostado (más de 53 millones de dólares) cree que sí.

Hoy día del «Gran silencio» las imágenes de Jesucristo se tapan en las iglesias. El Hijo de Dios ha muerto, pero, como probablemente sepa, Jesucristo resucitó de entre los muertos al tercer día y varios testimonios lo acreditarían y así lo recogen las fuentes bíblicas.

Aunque resucitar no es estrictamente hablando una imposibilidad lógica como la cuadratura del círculo (practicamos «maniobras de resucitación» a quienes han sufrido una parada cardiorrespiratoria) un increyente, y más si es materialista, puede dar una explicación plausible de lo ocurrido hace algo menos de 2000 años. Que Jesucristo fuera visto por Pedro, María Magdalena o atestiguara que no era un fantasma mediante el expediente de comer pescado frente a sus discípulos no demuestra de manera concluyente el hecho de su resurrección. ¿Acaso no podrían aquellos haber sufrido alucinaciones o visiones? Es un hecho documentado en la psicología que tras la pérdida de los muy cercanos tendemos a «verlos» en «otros». Así se lo confesaba recientemente el estudioso bíblico Bart Ehrman a Ross Douthat en su podcast del The New York Times y en referencia a su padre fallecido. ¿Y si los discípulos y María Magdalena simplemente se hubieran confundido de persona?

Para el creyente, en cambio, la resurrección de Jesús es la «verdad culminante de la fe cristiana», se lee, apoyándose en el canon de la Carta de San Pablo a los Corintios, en la Instrucción Ad resurgendum cum Christo de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 15 de agosto de 2016, donde también se afirma que con su muerte y resurrección Cristo nos libera del pecado y nos da acceso a una nueva vida, a la promesa de la existencia eterna otorgando un sentido positivo a la «muerte cristiana”.

Es muy seductor pero cuesta asimilarlo. Es además paradójico porque persuadidos por el mensaje y queriendo vivir ya para siempre, tendríamos que estar dispuestos a partir cuanto antes. Pero resulta que el suicidio es pecado. Y los increyentes tenemos dudas y nos pasa como al Bertrand Russell que preguntado qué le diría a Dios si finalmente le encuentra cara a cara, respondió: «Señor, ¿por qué no me diste una mejor evidencia?».

«¿Cómo resucitan los bebés o los muy viejos? ¿En los cuerpos que disfrutaban o que les afligían cuando murieron?»

¿Y cómo entender la resurrección no del que ha chocado en el quirófano y es estabilizado, sino la de quienes han fallecido hace más tiempo, y, como se dice en el Génesis, ya se convirtieron en polvo? ¿Se trata del milagro consistente en aplicar una colosal cantidad de energía para deshacer la entropía de acuerdo con el segundo principio de la termodinámica?

Es sencillo, entiéndaseme, si uno adopta una visión puramente platónica y concibe la resurrección como la de las almas inmateriales que finalmente somos cada uno de nosotros. Pero no: San Pablo afirma en la Carta a los Corintios que resucitamos en «cuerpo espiritual», que al toque de la trompeta («porque se tocará la trompeta», incide para los incrédulos) los muertos serán resucitados incorruptibles «y nosotros seremos transformados» (1 Corintios 15:52).

Como ha argüido el filósofo y teólogo Peter van Inwangen, no hay una única conformación molecular en la vida de un ser humano. Hasta el punto, nos dice, que Dios podría resucitar al Sócrates del momento de su muerte en 399 antes de Cristo o al del año 409 antes de Cristo. ¿Y si resucita a ambos? ¿Quién sería Sócrates resucitado? ¿Los dos? («I Look for the Resurrection of the Dead and the Life of the World to Come», en The Blackwell Companion to Substance Dualism, John Wiley and Sons, 2018). Y ¿cómo resucitan los bebés o los muy viejos? ¿En los cuerpos que disfrutaban o que les afligían cuando murieron? ¿Quizá en el mejor cuerpo que tuvieron a lo largo de su vida desde algún estándar objetivo? Tomás de Aquino estableció en la Suma Teológica que ese momento era el de los 33 años, casualmente la edad a la que murió Jesucristo. ¿Atenderá Dios al hecho de la cirugía de reasignación de género de las personas trans o a la cirugía plástica en general, a los implantes dentales o a las prótesis?

Esta es una grave dificultad que ya advirtieron teólogos varios a propósito del prepucio de Jesucristo que, como judío, habría sido circuncidado a los ocho días de nacer. ¿Qué pasó con ese trozo de piel una vez murió y resucitó? Parece ser que allá por el año 800 Carlomagno donó ese trozo de piel al Papa León III. El caso es que luego aparecieron más «reliquias» en diversos lugares a lo largo de Europa, suponemos que de resultas de unas cuantas particiones del tejido. Uno de ellos fue enviado a Inglaterra en 1421 para, depositado junto al tálamo nupcial de Enrique V, asegurar el embarazo de la reina. Sea como fuere, la existencia de ese vestigio plantea una dificultad notable en la comprensión de la resucitación de Jesucristo, hasta el punto de que algunos teólogos dieron como solución que el prepucio habría «volado» para reinsertarse en el cuerpo de Cristo ya en el cielo.

«La segunda venida de Jesús que motiva la apuesta de Polymarket implica el final de los tiempos y el inicio del juicio final»

¿Cómo sabremos quién gana la apuesta de Polymarket? La propia página nos instruye pero no nos disipa todas las dudas: «La fuente para resolver esta apuesta será el consenso de fuentes creíbles». ¿Cuáles? No parece que estemos en el mejor momento de nuestros ecosistemas mediáticos, y tampoco las pasadas y presentes «comisiones de expertos», «comisiones de investigación», «comisiones de la verdad» y «observatorios» permiten albergar muchas esperanzas sobre ese «consenso”. Como también sabemos, Jesucristo empleó 40 días antes de su ascenso definitivo proporcionando evidencias de su resurrección. Pocos me parecen en estos tiempos si pensamos cuánto aún queda por saber de las causas del apagón, por poner un solo botón de muestra.

Pero es que, además, la parusía (la segunda venida de Jesús que motiva la apuesta de Polymarket) implica el final de los tiempos y el inicio del juicio final. ¿Qué sentido tiene entonces la apuesta? Es cierto que dada la improbabilidad el premio es muy goloso, pero: ¿dará tiempo a disfrutar del dinero antes de que empecemos a desfilar por el banquillo? Porque imagino que en el cielo no hay mercado ni necesidad alguna de dinero…

A lo paradójico de esta apuesta se suma el posible carácter autorefutatorio que implica apostar en uno u otro sentido, pues: ¿no tomará Dios esa acción como una ofensa, la actitud propia del descreído, del mal cristiano, merecedora del infierno eterno?

Quién sabe… hoy, como ningún otro día del año, toca abandonarse al misterio y recordar la última línea de Hamlet antes de morir: «El resto es silencio».

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