The Objective
Pablo de Lora

¿Expertos?

«Los mejores expertos, dentro del ámbito de lo que conocen bien, están adornados por esa virtud tan decisiva como escasa que denominamos honestidad intelectual»

Opinión
¿Expertos?

Imagen generada con IA.

Muy poco después del desembarco de Caracas, es decir, la noche en la que, en una operación espectacularmente contraria a las reglas básicas del derecho internacional, Estados Unidos secuestró al dictador Nicolás Maduro, no faltaron quienes se lanzaron a advertirnos de un momento inaugural en el nuevo orden mundial. Ese golpe en el tablero geopolítico que Trump había propinado con su proverbial descaro –se decía sin apenas disimulo en la admiración rendida– se vería confirmado poco tiempo después con un ataque «de liberación» –especialmente de las mujeres– sobre Irán y, simultáneamente, por la concurrencia de ciertos movimientos estratégicos de alta y sofisticada diplomacia para llevar la democracia a Cuba.

Sí, Trump podría resultar imprevisible, arbitrario, faltón irredento y despótico, pero detrás –se insistía– estaba Marco Rubio operando como un deus ex machina tras las bambalinas en favor de la libertad y la democracia global.

Me he acordado de todos aquellos análisis y conjeturas «expertas» cuando he visto a Marco Rubio llegar a China, junto a un solícito Trump y su séquito de rendidos tecno-oligarcas y miembros de su gobierno, embutido en el mismo tipo de chándal que gastaba Maduro camino de las instalaciones de la DEA en Nueva York. Por lo que parece, y para sortear la prohibición de entrar en China que le fue impuesta por las autoridades tras haber denunciado las violaciones de derechos humanos en aquel país, a Rubio le cambiaron el apellido. China nos muestra el camino para hacer lo propio con Delcy ¿Rodríguez?, a quien se espera, ahora sí, con alfombra roja, mientras María Corina Machado sigue esperando nueva orden o nuevo orden.

En 2005 el psicólogo y politólogo estadounidense Philip Tetlock publicó Expert Political Judgment, un libro en el que expone una amplia evidencia empírica acerca de la fiabilidad de las predicciones de centenares de «expertos» en economía, ciencia política y relaciones internacionales (una investigación que luego ha ampliado en Superforecasting junto a Dan Gardner); los resultados permiten compartir aquello que dijera el escritor conservador estadounidense, fundador de la revista National Review, William F. Buckley: prefiero ser gobernado por los 2.000 primeros de la lista telefónica que por el profesorado de Harvard.

Y sin embargo, «expertos haylos», aunque en algunos ámbitos más que en otros. Nos maravilla –si llegamos a entenderla– la prueba de la conjetura matemática o del teorema; la «demostración» de la hipótesis en el laboratorio con la bata o en el campo con la bota; la precisión de los cálculos que permiten el alunizaje de un artificio humano o la determinación exacta del día y hora del próximo eclipse solar.

«Hay algo fascinante y paradójico en las actitudes que provoca el desarrollo de la inteligencia artificial»

En el fascinante documental The Thinking Game se narra el increíble esfuerzo desplegado por la compañía de IA Google DeepMind para resolver el que se conoce como «problema del plegamiento de las proteínas», uno de los mayores desafíos, si es que no EL desafío de la biología molecular: las proteínas son moléculas formadas por cadenas de aminoácidos y su función está determinada por su forma, es decir, por la estructura tridimensional que adopta en el interior de la célula.

Dada una secuencia cualquiera de aminoácidos, poder predecir su estructura –las posibilidades son de un orden de magnitud mareante– supone un descubrimiento colosal para crear proteínas, diseñar fármacos, al fin luchar exitosamente contra miles de enfermedades que nos aquejan. Haberlo logrado mediante el programa de inteligencia artificial AlphaFold2 le valió a Demis Hassabis (uno de los fundadores de DeepMind), David Baker y John Jumper el Nobel de Química de 2024.

Hay algo sobrecogedoramente fascinante y paradójico en las actitudes –sea de asombro, sea de espanto– que provoca el desarrollo de la inteligencia artificial, ora sobre el experto, ora sobre el común de los mortales. Nos maravilla lo que es capaz de ayudarnos y reemplazarnos, hasta esos límites inexplorados y que eran pensados como infranqueables, pero lo que nos debe conmover a continuación es cómo, entre otros mecanismos, llega a poder hacerlo: aprendiendo de sus errores, reajustándose. ¿No le deberíamos pedir lo mismo al «experto» humano?

Hace poco tuve ocasión de preguntárselo a Kiko Llaneras, uno de los mejores divulgadores sobre las evidencias disponibles a propósito de muchos fenómenos que nos conciernen, y concedía resignado que pocos son los que «reconocen sus errores predictivos o de expertise». A veces incluso, insistía con caridad, porque honestamente no se acuerdan. Quizá, añado yo, porque son «demasiado humanos».

«El experto es útil cuando acierta, pero también cuando yerra si lo desvela y si al hacerlo nos muestra el porqué de su error»

Cierto, y así lo corroboran los estudios sobre la ciencia de la ciencia de los expertos. Al experto, como al común de los mortales, le asola, entre otros, el sesgo de creencia mediante la reinterpretación de lo que afirmó, o de retrospección, mediante el expediente de mostrar cómo en el fondo sí lo había predicho o lo había pronosticado como finalmente resultó. Por ello, los mejores expertos, entendiendo por tales los mejores «predictores», son en el fondo quienes, dentro del ámbito de lo que conocen bien, están adornados por esa virtud tan decisiva como escasa que denominamos honestidad intelectual. El experto es útil, necesario, cuando acierta, pero también cuando yerra si lo desvela y si al hacerlo nos muestra el porqué de su error. Cuando actúa, al fin, como esas máquinas a las que, al tiempo, admiramos y tememos, pero entrenamos sabedores de que lo que nos conviene a todos es hacer virtuosa la equivocación.  

La cruda realidad, sobre todo en este secarral nuestro que es el debate público en el que unos cuantos matones digitales pueden lograr que desaparezca de la escena quienes, como el tuitero Jon González, tanto y tan bien nos han ilustrado en las redes sociales, pareciera confirmar lo que escribió un experto difícilmente rebatible como Max Planck allá por 1949: una nueva verdad científica no triunfa mediante el convencimiento de los escépticos o negadores a quienes se hace ver la luz, sino porque finalmente mueren.

Lo cierto es que la empresa humana consistente en pensar y conocer mejor para hacer las cosas mejor, eso que llamamos «progreso», no puede discurrir con otro presupuesto que el de la esperanza en que, al menos sobre aquella afirmación, todo un Max Planck también se equivoque.

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