El ejército europeo de Sánchez
«Abogar por la creación un ejército europeo constituye un brindis al sol, una patochada, es desconocer las limitaciones que tiene la Unión Europea»

Ilustración generada mediante IA.
Sánchez, desde Barcelona, donde él se siente a gusto, proclamó la necesidad de crear un ejército europeo. Lo hizo en el European Pulse Forum (lo importante es titular en inglés), organizado por un digital poco conocido y por uno de esos chiringuitos que no se sabe nunca lo que ofrecen, pero que viven de las subvenciones, ya sean españolas o de los fondos europeos. Era un escenario de los que le gustan al presidente del Gobierno, con un auditorio amable, en el que no se hacen preguntas, y en el que es posible evadirse de la cutrez de la política española y elevarse a las alturas, a los grandes problemas mundiales y europeos, en los que el relato se puede separar fácilmente de la realidad.
Abogar por un ejército europeo es sin duda andar por la estratosfera. A Sánchez le sirve como coartada. Defensa sí, pero que la financie Europa. Justificación de su postura un tanto extravagante en la cumbre de la OTAN en la que todos los países (incluyendo España) aprobaron ampliar al 5% del PIB sus gastos militares progresivamente hasta 2035. Justificación también ante sus socios, porque así parece que no los paga nadie, aunque bien es verdad que estos no han puesto demasiadas objeciones a que se incrementen sustancialmente hasta ahora. Excusa frente al futuro, ya que cualquier incremento de gasto, tanto más los de defensa, va a encontrar dificultades al carecer durante cuatro años de presupuestos.
Abogar por la creación un ejército europeo —tanto más si se añade a continuación que no es para dos o diez años, sino para mañana mismo— constituye un brindis al sol, una patochada, es desconocer, o más bien querer ignorar, lo que es y las limitaciones que tiene la Unión Europea. ¿Cómo se puede hablar de un ejército sin Estado, sin unidad política? La Unión Europea está muy lejos de ser un Estado, ni federal ni confederal ni nada que se le parezca. Si alguna vez se pensó en ello, ha quedado en el baúl de los recuerdos. La ampliación al Este terminó por despejar cualquier espejismo.
La UE, por no tener, no tiene ni un presupuesto que se pueda llamar en sentido estricto tal. Carece de fiscalidad propia realmente significativa, ni siquiera de armonización fiscal, ni laboral, ni social. Constituye un conglomerado de países muy divergentes en casi todo, unidos tan solo por los temas comerciales, monetarios y financieros y por una normativa bastante sectaria en materia de medio ambiente. Incluso en esos temas, con un gran déficit democrático. Sus órganos de gobierno, aunque pretendan adoptar un barniz democrático, están muy lejos de serlo. Los asuntos importantes quedan paralizados por la exigencia de la unanimidad y los nimios, enredados en una burocracia excesiva. ¿Cómo hablar de ejército europeo? Incluso una alianza al estilo de la OTAN, estamos viendo los problemas que presenta.
Quizás, para remachar lo dicho y para constatar lo alejado que está Sánchez de la realidad, sea bueno realizar un poco de historia y comprobar la trayectoria errática de la política europea. La concisión que precisa un artículo me dispensa de remontarme en el tiempo más allá de la Unión Monetaria. Además, la creación del euro es el punto de partida de las mayores contradicciones y tal vez la expresión más clara del despiste de los mandatarios europeos. Fue Mitterrand, y Francia con él, quien dio el patinazo de mayor envergadura.
«Alemania es la gran beneficiada de la moneda única. La Unión Monetaria se constituyó sin integración fiscal»
No era ningún secreto que Alemania desde hacía tiempo abrigaba el anhelo de la reunificación; en realidad, de la absorción de la Alemania Democrática por la Alemania Federal. Pero la operación tenía repercusiones muy serias para toda Europa. Kohl necesitaba lograr de algún modo la aquiescencia de los otros miembros y especialmente de Francia, que, junto con Alemania, formaba ya el núcleo duro de la Unión Europea. La reunificación asustaba a Mitterrand por los desequilibrios que podía representar en Europa una Alemania fuerte. Así que impuso como condición la creación de la Unión Monetaria. De esta manera se privaba, según él, al país germánico de lo que se pensaba que era una de sus más sólidas columnas, el marco, y se ahuyentaban los fantasmas del pasado.
El despiste del mandatario francés fue monumental y con él el de otros muchos líderes europeos, como Felipe González, puesto que ha sido el euro tal como se aprobó en Maastricht y el modo en que se configuró la eurozona lo que precisamente permite a Alemania mantener, sin armas ni ejércitos, la supremacía sobre toda Europa. Supremacía que aparentemente es económica, pero que deriva inevitablemente en política. Alemania es la gran beneficiada de la moneda única. La Unión Monetaria se constituyó sin integración fiscal. Se desechó integrar aquellos elementos de la política fiscal que podían implicar una dinámica redistributiva.
De hecho, en Maastricht se prescindió de todos los elementos que podían ir configurando progresivamente una unidad política. Hay algo que hemos olvidado: el proyecto de tratado al comienzo de la Cumbre se llamaba de la Unión Política Europea, pero al final salió y se aprobó como Tratado de la Unión Europea, ya que había desaparecido todo aquello que pudiera tener visos de integración política. Esta configuración jugaba a favor de los países económicamente fuertes, y por tanto de Alemania. Más tarde, en el 2004 y ya en vigor el euro, también falló el intento de aprobar una constitución europea que, aunque tenía poco que ver con una verdadera constitución al estilo de la que tiene cualquier Estado, sí hubiese sido un adelanto en la integración.
La preeminencia de Alemania tanto en el orden económico como en el político ha hecho que la estrategia aplicada en la eurozona haya sido anárquica y aparentemente incoherente, puesto que puede adoptar las formas más contradictorias en función tan solo de las conveniencias del país germánico. Este sesgo apareció muy pronto tras la creación del euro, ya en 2004 cuando Alemania, juntamente con Francia, incumplió las condiciones del pacto de estabilidad que este mismo país había impuesto. El comisario europeo en materia económica a la sazón, Joaquín Almunia, con la aquiescencia del resto de la Comisión, tuvo que hacer malabares para justificar por qué no se abría expediente por déficit excesivo.
«Nada más declararse la epidemia se dejaron en suspenso las reglas fiscales»
Pero quizás la contradicción y la incoherencia más clara la constituye la diferente política que la Comisión y Europa en general están aplicando en la actualidad respecto a la que utilizaron en la anterior crisis. En ella se impuso una política rigurosa e intolerante, obligando a los países del Sur a toda una serie de recortes con efectos profundamente negativos para ellos y de la que aún no nos hemos recuperado.
La ortodoxia y la rigidez presupuestarias de aquellos años contrastan con la situación actual. Nada más declararse la epidemia, se dejaron en suspenso las reglas fiscales, pero incluso con anterioridad y de forma unilateral, Alemania había decidido ya salir en auxilio de sus empresas con dificultades; violaba así uno de los sacrosantos preceptos de la UE, la prohibición de las ayudas de Estado, que se piensa que constituyen un peligro para la competencia y el mercado único. Por otra parte, ¿no habíamos dicho que ya no existían empresas nacionales, sino solo europeas?
Durante las etapas duras del covid, quizás podía estar justificado que se relajasen las reglas presupuestarias, aunque da la impresión de que muchos países, incluyendo la misma Alemania, adoptaron la ley del péndulo, pasando de un extremo a otro, con lo que en la mayoría de los casos se ha incrementado de manera alarmante el endeudamiento público. Todo el mundo se ha sentido libre para gastar o bajar impuestos como si el dinero público no tuviese fin y como si no existiese el coste de oportunidad.
La situación ha adquirido mayor gravedad después de la invasión de Ucrania por Rusia. En esta ocasión es Alemania la que se encuentra en peor situación, pues es a su economía y a sus empresas a las que les está afectando en mayor medida la crisis energética. Guerra que nunca debía haber comenzado, porque nunca se debía haber tenido la pretensión de que este país entrase en la OTAN. Ucrania va a quedar al final de la contienda en mucha peor situación que si se hubiese negociado y si Joe Biden se hubiese dignado contestar a las pretensiones que Rusia le había hecho por escrito.
«La propuesta de Sánchez de crear un ejército europeo es un puro espejismo. Nadie puede tomárselo en serio»
A pesar del discurso actual de Trump desentendiéndose de esta guerra, lo cierto es que en su inicio se encontraban la OTAN y EE UU, país que en definitiva ha sido el que ha mandado siempre en ella, y la UE con Alemania a la cabeza se ha limitado a ser comparsa obediente. Antes de que comenzase la contienda, el 3 de febrero de 2022, escribí un artículo en el diario republica.com titulado De Cuba a Ucrania (se puede leer en www.martinseco.com). Comparaba el conflicto que se estaba originando en ese momento con el que se presentó con los misiles de octubre de 1962 en Cuba. Señalaba la similitud entre ambos casos y el deseo de que se solucionase de manera parecida. No fue así.
La situación de Europa ha empeorado sustancialmente con Trump y con el giro que ha dado la política norteamericana. Lo cierto es que la UE se encuentra en una situación confusa e incierta. La propuesta de Sánchez de crear un ejército europeo es un puro espejismo. Nadie puede tomárselo en serio. Al margen de la enorme disparidad que se da entre los países, y entre sus intereses, ¿cómo financiarlo? El endeudamiento de los Estados, en especial de los del Sur, ha llegado a cotas alarmantes, en buena parte sostenible tan solo con el apoyo del BCE que, en las dos últimas décadas, con altibajos, ha ampliado enormemente su balance. Las ayudas de Estado —tal como se están produciendo en España— crean un alto riesgo de cara al futuro, sin contar con el favoritismo y los casos de corrupción a los que han podido y pueden dar lugar.
Algunos en 1990 criticamos seriamente lo que parecía una tomadura de pelo del Tratado de Maastricht: fijar el presupuesto de la Unión en el 1,24% del PIB comunitario. Los biempensantes nos dijeron que eso era solo el comienzo, que poco a poco iría aumentando. Lo cierto es que después de 35 años no solo no se ha incrementado, sino que se ha reducido. En la actualidad, no alcanza ni el 1,2%. Con tal presupuesto resulta ridículo pensar en un ejército europeo que sea financiado por la UE. Los eurobonos tienen un límite y ya lo han traspasado con los fondos Next Generation, cuya cuantía casi multiplica por cuatro la del presupuesto comunitario.
En los momentos actuales, con 27 países muy distintos y con intereses también diferentes, no solo es que un ejército europeo sea una entelequia, sino que una alianza al estilo de la OTAN resulta muy problemática. Sánchez lo sabe y lo que ha pretendido una vez más es echar balones fuera y cubrirse las espaldas.