The Objective
Miguel Ángel Quintana Paz

¿Debería haber politiqueado más san Pedro?

«El papa no es el único cristiano sobre la faz de la tierra: él puede ocuparse de los grandes principios, mientras que de la política concreta se ocuparán los políticos»

Opinión
¿Debería haber politiqueado más san Pedro?

Ilustración generada mediante IA.

Una historia imaginaria y dos reales

Pongamos que mañana una gran noticia recorre el mundo: ¡se han encontrado unas cartas inéditas del mismísimo san Pedro, redactadas allá por el siglo I! Los manuscritos no ofrecen lugar a dudas, ningún experto los cuestiona: son papiros que, de modo casi milagroso, se han conservado todo este tiempo, y su autor no puede sino ser tal apóstol.

Ahora bien, imaginemos que, tras la conmoción inicial, el entusiasmo empieza a decaer rápido. Al conocerse los textos de estas epístolas, no aparece en ellos predicación religiosa alguna; se hacen unas cuantas invocaciones, sí, claro, a Jesucristo, a Dios Padre, se citan aquí y allá las Escrituras. Pero las misivas hablan en exclusiva de otra cosa: de política. San Pedro expresa, insistente, sus opiniones sobre el emperador Calígula, sobre Claudio, sobre Nerón; o, mejor dicho, sobre las últimas leyes que han aprobado estos, sobre cómo fortifican sus fronteras, sobre las batallas que con sus legiones han decidido emprender. Aparecen en los nuevos textos también cónsules, pretores, ediles: ¡resulta que san Pedro tenía un montón de opinioncitas sobre las políticas de todos ellos!

Muchos cristianos quedan decepcionados: ¡les había ilusionado tanto saber más sobre la fe del hombre al que Jesús llamó «piedra»! Además, ¡no sabían que estuviese tan politizado! Varios biblistas, en cambio, no pueden reprimir un suspiro de alivio: habían escrito ya mucho sobre san Pedro y sobre su teología. ¡Corrían el riesgo de verse refutados en este u aquel punto debido al nuevo descubrimiento! Por fortuna, todo quedará igual tras el hallazgo. Las nuevas cartas no aportan nada relevante para las cosas de Dios.

De hecho, algunos comienzan a cuestionar que, pese a los unánimes indicios, esos textos procedan en verdad de Simón Pedro. Con todo lo que tenía que predicar el Evangelio, con todas las comunidades que tenían que fundar o atender, con todas las amenazas que arrostraba un líder en los inicios del cristianismo, ¿de verdad es razonable que, puesto a escribir a sus fieles, el cabeza de los apóstoles empleara su tiempo en opinar sobre las batallitas de la frontera siria o sobre el último cónsul nombrado? Muchos sospechan ya de la falsificación.

Demos un pequeño acelerón en el tiempo y vayámonos hasta el año 452. (El año 452 real, no solo el de la imaginación, como la acabamos de emplear). El sucesor de san Pedro, en Roma, será ahora el papa León I —al que la historia recordará como Magno por sucesos como el que aquí recordaremos—.

«Abandonados por la fuerza militar, los romanos vuelven sus ojos a quien les proporciona fuerza espiritual: el papa León»

El mundo es un lugar muy distinto al que recorrieron los apóstoles. Los emperadores romanos (ahora son dos, pues el imperio se ha dividido) no solo han perdido buena parte de sus dominios, sino que son incapaces de proteger a sus propios ciudadanos, a su propia capital. Hace 42 años, sin ir más lejos, un pueblo bárbaro, los visigodos, saqueó Roma. Pero las cosas pintan, si cabe, aún peor ahora.

Atila, el líder de los hunos; el nombre que, apenas escuchado, hace temblar no solo a las mujeres, sino también a los guerreros; el hombre al que apellidan «el azote de Dios»; el líder que saquea poblaciones, esclaviza o masacra a sus habitantes y arrasa con el fuego cuanto queda; Atila, el desalmado Atila, se apresta decidido hacia Roma. El emperador Valentiniano III ha sido incapaz de frenarlo. La vieja urbe romana, que antaño devastó tantas otras, ¿está a punto de sufrir su misma suerte? Abandonados por la fuerza militar, los romanos vuelven sus ojos a quien les proporciona fuerza espiritual: el papa León. Y este acepta el compromiso.

Cuentan que la entrevista tuvo lugar a orillas del río Mincio. León I acudía sin tropas; solo con su palabra. Atila, nos dicen, quizá padecía ya algún problema de abastecimiento al toparse con él. No sabemos, en todo caso, cómo discurrió la reunión entre el bárbaro y el papa. Lo que sí sabemos es que el pontífice disuadió al guerrero. Atila renunció a su avance. La «ciudad eterna» podría seguir blasonando de tal nombre. Y ya no debía agradecérselo, solo, a los emperadores: un papa había tenido mucho que ver.

Con el tiempo, sin embargo, los papas notarían que no siempre la palabra basta. El propio León I no pudo evitar, tres años más tarde, otro saqueo de Roma, el de Genserico. Pero el horror llegaría cuatro siglos más tarde, allá por el año 852. Fue entonces que una flota musulmana remontó el Tíber, arribó a Roma y saqueó las basílicas de San Pedro y de San Pablo Extramuros, dos de los lugares más sagrados de la Cristiandad. La tumba de Simón Pedro fue profanada a manos de infieles.

El papa de aquel momento, que también se llamaba León, pero en este caso era ya el cuarto de tal nombre, comprendió que hacía falta protegerse. Así que León IV ordenó levantar toda una muralla bien gruesa y la roció, en procesión a pies descalzos, con agua bendita. Aún hoy existe. Y su nombre aún recuerda al pontífice que decidió su construcción. Es la muralla leonina. Bordea, en buena parte, la actual Ciudad del Vaticano.

De vuelta a nuestros días

Hemos punteado apenas tres momentos —uno imaginario, dos reales— de los 800 primeros años del cristianismo. Y cualquiera puede ya constatar la gran variedad que existe entre ellos.

En el caso de san Pedro, nos extrañaría mucho que, como hemos fantaseado, se hubiera inmiscuido en entuertos políticos. En el caso de León I, parece que lo hizo para proteger a su pueblo, y para ello utilizó tan solo la palabra. En el caso de León IV, también quiso proteger a los suyos, mas en este caso construyó murallas y barreras que aún hoy se conservan —muchos, de hecho, vimos siempre una paradoja en que el papa Francisco hablara con tanto desprecio de los muros… desde dentro de los leoninos—.

Si nos fijásemos con más detenimiento en la Historia, tanto anterior como posterior a León IV y su muralla, habríamos contemplado incluso una mayor diversidad.

«Papas humillados por la revolución y Napoleón, como Pío VI y Pío VII. Pontífices que se quedan sin territorios propios como Pío IX»

Habríamos contemplado papas, como otro León, en este caso el tercero, que coronaba a un emperador, Carlomagno, y así daba refrendo religioso a su cargo. Habríamos contemplado peleas entre papas y emperadores —acaso la más famosa sea la de Gregorio VII con Enrique IV; pelea que acabó con este último pidiendo perdón, descalzo sobre la nieve, durante tres días en torno al castillo donde se alojaba Gregorio, el de Canossa—. Habríamos contemplado pontífices como Inocencio III, que hacia el año 1200 tuvo más sometidos que ningún otro a los gobernantes europeos. Habríamos contemplado obispos de Roma como Bonifacio VIII, que un siglo más tarde se vino arriba y en una bula, la Unam Sanctam, pretendió, cuando ya era demasiado tarde, universalizar tal dominio.

Y habríamos visto también, luego, el lento deshilacharse de esas pretensiones. Papas sometidos, en Aviñón, a los deseos del rey francés. Pontífices como Clemente VII, que padecen en Roma el saqueo por parte de las tropas de otro emperador católico, Carlos V. Papas humillados por la revolución y Napoleón, como Pío VI y Pío VII. Pontífices que se quedan sin territorios propios, más allá del palacio del Vaticano, como Pío IX.

Y papas que, desde entonces, durante los últimos 150 años, ejercen su influencia política a través tan solo de sus palabras, solo que ahora multiplicadas por los nuevos medios: periódicos, radio, televisión, viajes internacionales en avión, internet, redes sociales…

¿Qué conclusiones cabe extraer de todo este trajín histórico?

«Para nosotros, una cosa son los gobernantes, otra los clérigos»

En primer lugar, eso mismo: que es un tremendo trajín. Esto resulta importante porque, si hemos tenido lío en Occidente con estas cosas, es justo porque no hemos equiparado el poder político y el poder religioso. (Algo que sí ha hecho, sin ir más lejos, el Islam). Para nosotros, una cosa son los gobernantes, otra los clérigos. Gobernar el mundo es relevante, porque Cristo vino al mundo, no se quedó en una nube; y porque el pan nuestro de cada día es algo que queremos que llegue a nuestra mesa, así que alguien tendrá que proteger a los panaderos y las cosechas de trigo. Ocuparse de lo espiritual también importa, porque atañe al sentido que le damos a todo lo demás. Pero no nos gustaría fundir ambas cosas. No somos musulmanes, sino herederos de una civilización distinta: la Cristiandad.

A veces, claro está (acabamos de ver un rapidísimo resumen histórico), el alto clero y los políticos se enredarán en sus cosas; a veces los clérigos querrán hacer de césar y el césar querrá dominar la Iglesia. Pero la convicción profunda de nuestra civilización permanece: no queremos que el más poderoso en lo mundano sea también el más poderoso en lo transmundano. Ni viceversa. El emperador Constantino y el papa Silvestre, según se cuenta, solían evitar cruzarse mucho por las calles de Roma; no en vano empezaba entonces, allá por el siglo IV, nuestra civilización, la Cristiandad.

Una segunda conclusión es que, cuando los papas se han implicado en asuntos políticos de vida o muerte, y lo han hecho para proteger a los cristianos, el recuerdo que se guarda de ellos es honorable. Así, Roma puede aún agradecer a León I que la librara de los hunos. O a León IV que la guardara de los sarracenos. Sin embargo, cuando los papas han perseguido fines políticos más personales —como habría sido un san Pedro que se dedicara a contarnos sus opinioncitas sobre los cuestores de Roma; o un Julio II empeñado en conquistar Bolonia o Ferrara; o un papa Francisco aupando al Vaticano a cargos políticos peronistas— su recuerdo, la verdad, deja algo más que desear.

La tercera conclusión, relacionada con la anterior, es que cuanto más descienda un papa a asuntos políticos concretos —es decir, al campo propio de los ciudadanos y los políticos—, más riesgo hay de que pierda de vista los grandes principios que sí son su campo. ¿Significa eso que la política concreta queda fuera de las preocupaciones cristianas? No, significa que el papa no es el único cristiano sobre la faz de la tierra: él puede ocuparse de los grandes principios, mientras que de la política concreta se ocuparán los políticos o ciudadanos cristianos. No hace falta que lo haga todo él. Ni es cristiano solo lo que haga él.

«El Concilio Vaticano II fue muy claro: corresponde a los laicos ocuparse de los asuntos mundanos»

Lo ha recordado bien el obispo Robert Barron estos días, a propósito del enfrentamiento entre Donald Trump y León XIV: el papa tiene todo el derecho del mundo a recordar los principios morales que deben regir una guerra y a recordarnos que estamos hechos para la paz; pero la evaluación concreta de cómo aplicar esos principios y de cuándo se respetan —lo que los filósofos llamamos «juicio prudencial»— corresponde, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (2309), «a quienes están a cargo del bien común». Sé que en España estamos acostumbrados a que los obispos nos digan qué debemos hacer con un polideportivo en Jumilla (según ellos, abrirlo a los sacrificios musulmanes) o si deberíamos celebrar ahora o un poco más tarde elecciones generales; pero eso es solo porque aún campa a sus anchas el clericalismo en la Iglesia (esto es, la idea de que los curas deben mandar en todo). El Concilio Vaticano II fue, por el contrario, muy claro: corresponde a los laicos ocuparse de los asuntos mundanos (Lumen Gentium, 31). Somos quienes tenemos la responsabilidad, el conocimiento y la experiencia para ello. Resultaría hilarante que yo le dijera a un obispo que, desde mañana, sería yo quien celebrara misa en su catedral; algo parecido ocurre, solo que a la inversa, cuando un obispo aspira a sustituir a los expertos laicos en Oriente Próximo o conflictos contemporáneos.

Esto es lo que dictan los textos normativos; esto es lo que dicta la lógica; pero también es lo que cualquiera puede comprender como deseable hoy día, y esta será la cuarta y última conclusión que aquí extraigamos. En efecto, seamos realistas: cuando un papa o un obispo se pronuncia sobre un asunto político concreto, ¿qué es lo que ocurre después?

Desde luego, no que haya grandes masas de creyentes que, de repente, les hacen caso y se ponen a defender justo lo que tal clérigo ha dicho. ¡No se atiende apenas a la doctrina sobre asuntos mucho más importantes (lo que algunos han llamado «el cisma oculto»), como para hacérsela sobre estas cosas! Me inspira mucha ternura el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, García Magán, si el pobre hombre cree que al escribir, rápido, el verano pasado sobre el polideportivo de Jumilla (para defender su uso para el sacrificio del cordero islámico), de repente convenció a muchos de que sí, de que ser buen católico es apoyar tales sacrificios sangrientos. No conozco a nadie que me haya dicho «Yo pensaba tal cosa en tal asunto político pero, ay, dijo el papa lo contrario y de inmediato cambié de parecer».

Seamos serios, ¿qué es lo que de veras ocurre en esos casos? Lo vemos cada día. A quienes complace la declaración política clerical, la usará en su beneficio. A quienes no les complace, prescindirán de ella. Al día siguiente, si el mismo obispo (de Roma o de otro lado) hace una declaración diferente, los que ayer le apoyaron prescindirán de ella si ahora no les gusta la nueva; y viceversa con los que ayer la ignoraron.

«San Pedro se dedicó a otras cosas. Esperemos que el papa actual siga su estela»

Estas declaraciones, por tanto, se convierten en una mera tarjeta de puntos que exhibir en nuestras redes o nuestra política, como si de un juego de mesa se tratara. Es un destino un poco triste para ellas. Entiendo el deseo de aprovechar los nuevos medios tecnológicos para difundir opiniones (yo mismo lo hago todo el día). Pero, en el caso de un papa, sería deseable que no entrara en tal juego, que le deja reducido a una especie de papa-objeto: usado por unos ahora y por otros más adelante, sin que a nadie le importe de verdad lo que dice en política, porque ya hemos visto que tampoco nos importaría demasiado lo que hubiera podido escribir san Pedro en unas cartas politiqueras perdidas.

San Pedro se dedicó a otras cosas. Esperemos que el papa actual siga su estela. Dentro de pocas semanas visitará España. Si opta por ser mera tarjetita de puntos para nuestros combates políticos, dejará un mal recuerdo. Si opta por hablar de lo principal, de proteger lo fundamental, de persuadir para lo esencial, entonces se asemejará a sus dignos antecesores León I o León IV. Y la historia recordará para siempre lo que nos vino a ayudar a salvar.

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