The Objective
José Carlos Llop

Las divisiones del Papa

«Dentro de poco, Trump le preguntará a León XIV cuántas divisiones tiene. Pues que mire dónde está Stalin y dónde permanece el Vaticano»

Opinión
Las divisiones del Papa

Imagen creada con inteligencia artificial.

Hay una cara de la vanidad humana que aumenta en función del interlocutor. La conocida pregunta de Stalin –¿cuántas divisiones tiene el Papa?– se le atribuye dirigida a Churchill y también a Harry Truman, y esto es así para equiparar la categoría política de los personajes mencionados, su poder. Pero parece que la pregunta se la hizo, retóricamente, al político francés Pierre Laval en 1935, cuando este aún pertenecía al Frente Popular.

Como saben, Laval acabó formando parte de la cúpula del gobierno de Pétain en Vichy. El trasvase del comunismo al fascismo tuvo en la Francia de los años 30 cierto éxito, que culminaría con el seguidismo del pacto germano-soviético y el silencio de la izquierda en los primeros tiempos de la Ocupación.

Pero la cosa no acabó ahí: recuerden cómo la zona mediterránea de Marsella pasó en los 70 del comunismo de Georges Marchais –que era estalinista– a votar a Le Pen padre por mayoría. También en la Guerra Civil española se vieron casos por el estilo. Volvamos, pues, a Stalin, del que parece que el presidente Trump está tomando apuntes con sus chulerías dedicadas al Papa León XIV.

Será porque el actual Papa es norteamericano y Trump cree que eso le da carta de propiedad. Veamos: empezó disfrazándose de sumo pontífice con ayuda de la IA: no tuvo ninguna gracia. Debió de parecerle poco porque regresó con vestimenta divina, o sea, emulando la imagen de Dios bíblico y ungiendo las manos a un moribundo, con gran despliegue de rayos y destellos: una escenografía digna de un cómic de Marvel, que no del Paraíso según sus intérpretes –de la pintura medieval a la renacentista, sin olvidarnos del Dante–.

Y por si no bastara con tanta chorrada iconológica, estos días ha pasado al ataque directo, como si conminara a alguien del servicio de la Casa Blanca. Dentro de poco le preguntará a León XIV cuántas divisiones tiene. Pues que mire dónde está Stalin y dónde permanece el Vaticano: yo de él no descansaría muy tranquilo.

Aquí creemos en el destino de los nombres y ya el papa León I se enfrentó a la barbarie de Atila, que llevaba asolando lo que se le ponía por delante desde las estepas asiáticas hasta Mantua, donde León I le salió al paso. No sabemos lo que le dijo al rey de los hunos, pero este se retiró con el rabo entre las piernas. Si Trump —reunido con sus pastores protestantes en una estrambótica ceremonia del Despacho Oval, más parecida a la de un equipo de baloncesto antes de saltar a la pista que a otra cosa— cree que la energía católica se agostó con el Papa Woytila, va de cráneo. No sabe a quién tiene enfrente. Convendría que alguien le enseñara lo que hizo el emperador Constantino y le recuerde que en esa herencia vivimos aún.

Porque si en medio del fragor tropieza con la corbata y se cae, para todo hay solución: que el Gran Wyoming –que llena medio programa riéndose de Trump y un quinto del mismo con bromitas episcopales en su atrezzo– le contrate para El intermedio y así mataría dos pájaros de un tiro. Por un lado, de charlatán presidencial y, por otro, de charlatán anticatólico. Puesto en la picota, podrían tirarle tomatazos de verdad y no las pullas habituales que al grizzli de la Casa Blanca le deben patinar olímpicamente.

En cuanto a Laval, el interlocutor de Stalin en el asunto de las divisiones del Papa, huyó a España tras el desembarco de los aliados, pero fue entregado por Franco al general De Gaulle y fusilado al amanecer por traición. Su hija Josée fue un gran personaje del París de los 30-40 entre una flapper de Scott Fitzgerald y una novela de Paul Morand.

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