La última que habla
«Ernst Jünger, el hombre del siglo, se proyectaba en la muerte como una metáfora del porvenir. Y así está la humanidad ahora, a expensas de los bichos»

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La semana pasada llegó a casa un libro sobre Ernst Jünger que no conocía. En España lo había publicado Pre-Textos hace 15 años, pero se me había pasado por alto, cosa rara cuando se trata de este autor al que llevo leyendo casi medio siglo. Se titula El hombre de la luna y es de Hans Blumenberg.
Mi iniciador en la lectura de Jünger fue el escritor Cristóbal Serra y su regalo iniciático, Diarios de Guerra y Ocupación –una versión reducida de lo que años después sería Radiaciones en la edición de Tusquets–, fue publicado por Plaza y Janés en 1972. Y así como Tempestades de acero –sus diarios de la Gran Guerra, cuya primera traducción española se escribió en Mallorca y sus autores fueron los hermanos Verdaguer– nunca fue plato de mi gusto, los de la II Guerra fueron una iluminación: un pozo sin fondo que siempre te ilumina y hace; de ahí el término iniciático al referirme a esa primera y tan potente lectura jungeriana. Y para narrar su paso de Tempestades… a Radiaciones et alii escribí algo así como: «La metamorfosis del rey Arturo en el mago Merlín».
Estoy acostumbrado por familia a las vidas longevas –mis padres se adentraron en los noventa y un tío mío llegó a los 105–, pero no a la creencia de inmortalidad en la tierra. Con una excepción: el caso de Jünger, quien a medida que cumplía más y más años transmitía, encontraba yo, la certeza de poseer el secreto de la inmortalidad. En fin, que si alguien podía llegar a ser inmortal, sin ser un dios ni un mito, era él. Este era mi convencimiento y los años no lo desmentían. Cada vez cumplía más y cada vez más se parecía a un insecto sin fin posible. Jünger había cruzado todos los puentes y había dejado constancia de cada paso dado, y ahí había mimbres para continuar hasta el infinito e ir dejándonos a todos atrás. Leyéndolo, al menos, siempre he tenido esa conciencia: la de estar muy por detrás y estar él habitando otro plano inalcanzable de la realidad.
Por eso cuando murió (tenía 103 años), la sorpresa no diré que fuera mayúscula, pero hubo algo inesperado y difícil de creer. Después de la Gran Guerra y la II Guerra; después de soportar el nazismo y haber sabido del horror; después de la muerte de su hijo Ernestel en un batallón de castigo; después de la vivencia sacrificial de alguna que otra pasión amorosa; después del cruel castigo a varios de sus amigos por el complot Walkiria; después de la depresión nerviosa padecida; después de la dureza de la posguerra; después de sus experimentos para ampliar la conciencia; después de la viudedad; después de tantas cosas que muchas vidas juntas no darían, Jünger había muerto, esa imposibilidad. Escribí una necrológica para el periódico, pero había algo al escribir esa necrológica que no me cuadraba.
Bueno, pues el día que se anunció que el matrimonio contagiador del hantavirus en el crucero holandés –dos ornitólogos que habían recalado en el vertedero patagónico de Ushuaia para observar y fotografiar grandes cóndores–, llegó a casa el libro de Blumenberg que le había pedido a Manuel Borrás. Ese mismo día en que se hablaba del ratón colilargo habitual en Ushuaia y portador del hantavirus, lo abrí por un capitulillo titulado La garrapata. Y ahí estaba el secreto –al menos lo era para mí– de la imposible muerte de Jünger. Si la leyenda cuenta que el poeta Rilke murió a causa de una septicemia producida por el pinchazo de una rosa, en el caso del entomólogo Jünger, coleccionista de coleópteros, una garrapata se había colado entre sus insectos como una caza sutil más: venganza de la naturaleza, había apuntado el Bild Berlin. El hombre del siglo –así lo llamaron– se proyectaba en la muerte como una metáfora del porvenir. Y así está la humanidad ahora, a expensas de los bichos.