El duque de Isla Larga
«Este año el campeón del Día del Libro, del Sant Jordi barcelonés, ha sido Eduardo Mendoza, imbatible desde los tiempos de ‘La ciudad de los prodigios’»

Ilustración generada mediante IA.
En el Gotha del Reino de Redonda —una isla del Caribe habitada por aves, cuyo cuarto rey fue Xavier I— el escritor Eduardo Mendoza ocupa uno de los lugares más altos en jerarquía, el de Duke of Isla Larga, o lo que es lo mismo, duque de Long Island.
Xavier I es el rey que le otorgó título y ducado a Mendoza y Xavier I no fue otro que el escritor Javier Marías, sucesor por línea directa de los reyes Juan II (Jon Wynne-Tyson), Juan I (John Gawsworth) y Felipe I (M.P. Shiel), escritores también todos ellos. Esto, que parece un chiste de resabios aristocratizantes —como aquellos despachos de abogados que inventaban pergaminos blasonados, condecoraciones y títulos al estilo de Ruritania, destinados a incautos adinerados con ínfulas—, no lo es en absoluto. La isla de Redonda existe y la corona británica permitió incluso la creación del reino y su nobleza particular, sin que haya habido nunca interferencias entre ambas. Redonda es un reino real —nunca mejor dicho— y un real reino, de una seriedad a prueba de bomba: basta con repasar la lista de quienes integran su nobleza y cargos (Apéndice en todos los libros de la Editorial Reino de Redonda).
Desde que el trono permanece vacante —a partir de la muerte de Xavier I, el verano de 2022— los miembros de su corte permanecemos en un estado de orfandad flotante que disimulamos como podemos en memoria del último rey, a quien tanto debemos y añoramos. Pero de vez en cuando podemos celebrar en silencio el logro o hazaña de alguno de sus nobles. Gracias al rey Xavier I, tenemos mucho y bueno donde elegir. Solo entre los duques están sir Anthony Beevor, Duke of Stalingrado; John Banville, Duke of Infinidades; William Boyd, Duke of Brazzaville; Alice Munro, Duchess of Ontario; Artemis Cooper, Duchess of El Cairo; George Steiner, Duke of Girona; Orhan Pamuk, Duke of Colores; Claudio Magris, Duke of Segunda Mano; o A.S. Byatt, Duchess of Morpho Eugenia, entre otros. Por supuesto, también los hay de casa: Azúa, Almodóvar, Díaz Yanes, Gimferrer, Julia Navarro, Pérez Reverte, Francisco Rico, Savater o Villena, todos con su ducado correspondiente.
Omito de vizconde para abajo porque no acabaríamos. Y para los que no se tomen en serio el Reino de Redonda, o hagan mohínes afianzándose en su árbol genealógico, diré que en una ocasión no muy lejana, una aristócrata española que en el reparto de la herencia familiar quedose sin título, acudió al rey Xavier I, solicitándole uno de nuestro reino de Ultramar. Teniendo muchos méritos, desgraciadamente carecía de los artísticos imprescindibles.
Pero si todos los citados —y los no citados— merecen sus blasones (los súbditos de Redonda somos fieles a la Corona, y lo que dijera o hiciera nuestro Rey, va a misa), digamos que Eduardo Mendoza, duque de Isla Larga, representa con elegancia, fineza, sentido del humor, saber hacer y distinción los ideales de cualquier reino caballeresco. El duque de Isla Larga posee además un sutil distanciamiento de las cosas de este mundo que lo hace inmune a sus tonterías, empezando por la feria de las vanidades y continuando por las idioteces varias que nos inundan y a las que es impermeable. Quien haya leído sus libros —y son miles sus lectores— lo sabe. Quien haya visto entrevistas con él, también. Quien lo haya conocido —poco o mucho— lo sabe aún más.
«Ni siquiera el delirio del humor en la literatura le puede en su perenne equilibrio entre el sentido narrativo y el ingenio»
He estado con él en Toulouse, Mallorca, Madrid o Beirut y cuando Eduardo Mendoza aparece, uno no sabe si surge de un club británico para altos oficiales de la Reina o de la mesa vecina del café vienés que frecuentaba Mendel el de los libros. Ni siquiera el delirio del humor en la literatura —a él, que es un maestro del mismo— le puede en su perenne equilibrio entre el sentido narrativo y el ingenio. Lo podemos ver sonreír o reírse detrás del bigote, como quien disimula, pero siempre lo ciñe y contiene —el humor, digo— para que no se desmande: no podría consentirlo. Finezza se le llama a eso y nadie la maneja como él. Y la gente le quiere.
He dicho antes que, huérfanos de nuestro Rey, nos queda celebrar los triunfos de la corte —y gracias a Dios la nuestra es una corte cuyos miembros alcanzan toda clase de triunfos una y otra vez sin parar— y este año el campeón del Día del Libro, del Sant Jordi barcelonés, ha sido este nativo de Barcelona, habitante de ciudades como Londres y Nueva York, e imbatible desde los tiempos de La ciudad de los prodigios.
El duque de Isla Larga, el campeón de los prodigios sin levantar las cejas siquiera, o sea, el escritor Eduardo Mendoza, lo ha vuelto a hacer en un medio donde la buena literatura y los escritores de verdad hace años que han sido sustituidos por el espectáculo y el show-business televisivo. Pues miren por dónde…