The Objective
José Carlos Llop

El arte de Enrique Juncosa

«Acaba de inaugurar una gran exposición sobre la obra de Jasper Johns en el Guggenheim de Bilbao y de publicar el libro 'La música sabía lo que yo siento'»

Opinión
El arte de Enrique Juncosa

Ilustración generada mediante IA.

Conocí a Enrique Juncosa cuando yo tenía 20 años y él 15. Lector fino, irónico impenitente, de una inteligencia teñida de sentido común —complementada por una fantasía impregnada de humor—, y poseedor de dos virtudes artísticas: el don del lenguaje —jugaba con él como si saliendo de Góngora se hubiera encontrado con Lezama— y el don del arte, su gran capacidad de visión e interpretación del mismo. Luego estaba la ambición, una ambición bien educada, sin costuras ni deslealtades, fundamentada en un temperamento cosmopolita ya revelado entonces: quería marcharse de Mallorca, su tierra natal, y vivir en el resto del mundo: de todo el mundo. (Nunca he conocido, años después, a alguien que se desenvuelva tan bien en ciudades extranjeras como él, ni siquiera sus nativos). 

Medio siglo más tarde, con diez libros de poemas, dos de relatos, varios ensayos —donde destaca su hermenéutica barcelonita—, dos revistas de arte y literatura creadas por él: Boulevard Magenta y Normal, tres direcciones de grandes museos —la subdirección del IVAM y del MNCARS, y la dirección del Museo de Arte Moderno de Irlanda— y multitud de exposiciones comisariadas en Europa, América, Asia y África, Enrique Juncosa vive ahora entre México y Mallorca y acaba de inaugurar una gran exposición sobre la obra de Jasper Johns en el Guggenheim de Bilbao y de publicar un cuarto libro de ensayos sobre arte titulado con un maravilloso verso de Borges: La música sabía lo que yo siento. Lo que suele llamarse un momento óptimo.

Pero el título de este libro de ensayos sobre arte contemporáneo me ha hecho recordar que cuando nos conocimos, Juncosa escribía música, dio varios conciertos y llegó a tocar con el grupo Dead Can Dance en su época londinense. Sus sonetos neobarrocos vendrían después, pero en esa vivencia de la música —en ese ser música tempranamente— ya estaba todo lo que pasaría luego y sigue pasando ahora: la música sabía lo que yo siento. Y ocurre que lo que en principio es un ensayo sobre arte contemporáneo —sobre todo el arte que ha comisariado entre los años 2011 y 2025— acaba siendo, a medida que se va leyendo, una autobiografía o el arte como forma de interpretar la propia vida.

«Tengo que escribir un largo texto sobre Uslé», «esta semana me he de encerrar a escribir tres catálogos», «dos exposiciones el mismo mes es algo cansado», «dos semanas, cuatro ciudades» y otras frases por el estilo son algunas de las que sus amigos hemos oído por teléfono en estos años de imparable actividad de Juncosa, reflejada en este libro de 500 páginas. Pero al mismo tiempo —y esto era lo importante— había una alegría contagiosa en sus crónicas sobre esos viajes, sus descubrimientos artísticos, sus puentes tendidos hacia otras estéticas, sus hallazgos literarios, sus consultas, retratos y recomendaciones… todo lo que ha ido enriqueciendo no solo su vida, sino la de aquellos que hemos compartido distintos fragmentos de esa vida a lo largo del tiempo.

De un tiempo que ha sido mucho cronológicamente y más lo ha sido por ese mismo enriquecimiento proporcionado por él. Entre una más o menos disimulada pulsión exhibicionista y la discreción de un agente del MI6 que a su vez fuera el consigliere artístico de la corte. ¿Hablo de Anthony Blunt? No, pero algo de eso hay en tanto despliegue geográfico, estético e intelectual con una inagotable vocación de felicidad y de disfrute de los sentidos. Y aquí debo evocar otra vez, y solo de pasada, al gran Lezama Lima. 

En una ocasión me referí a su literatura y a él como un nieto de Somerset Maugham. Pues eso, pero ahora con el gran arte moderno de Oriente y Occidente detrás y él como uno de sus personajes: el chamán que nos congrega a los demás frente a la belleza del mundo. Esto es —y hay mucho más— La música sabía lo que yo siento.  

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