'Bona nit', Barcelona
«Santo Padre, hable en catalán, que el español perjudica la salud. Ganas daban de gritar al Papa que por favor hablara en latín, la lengua católica por excelencia»

Ilustración generada mediante IA.
No estuve en París en Mayo del 68, como tantos otros que tampoco y dicen lo contrario, pero donde sí estuve fue en el primer concierto de los Rolling Stones en España: en la Monumental de Barcelona, junio de 1976. Aún guardo la entrada —rosa y con relieve— y para poder pagar las 900 pesetas que costaba, trabajé un par de noches en El Ángel 24. Ahora veo algunas crónicas de aquel concierto escritas por gente que entonces aún estaba en la guardería. En fin, la vida.
Cuando llegamos a la Monumental, la policía rodeaba la plaza y muy de vez en cuando cargaba. Cargas cortas, a pie y a caballo, que imponía más, pero la verdad es que a los que nos encontrábamos allí, nos importaba un bledo. Íbamos a un concierto de los Rolling —algo impensable en España solo un año atrás— y esto provocaba una excitada felicidad a prueba de cargas y sospechas. Y por si dudábamos de por qué la policía estaba ahí —no había peligro de manifestaciones o disturbios—, los grises acabaron cargando en el interior de la plaza —no en la arena ni en las gradas, sino en los corredores que las circundan— como deseando que los hubiera. Disturbios, digo.
Con un detalle para los que ya estábamos dentro: dispararon unos cuantos botes de humo que entraron por los arcos superiores y cayeron en las gradas, con un gracioso tirabuzón envuelto en humo blanco compitiendo con el humo de hash y marihuana que surgía de entre nuestras filas. O sea que ni caso. Diría que los hubo, sector más hippy, que alucinaban con aquellas humaredas que caían del cielo en plan meteorito y sonreían. La música de John Miles, los teloneros, sonaba y apenas nadie la escuchaba; ni siquiera se oía muy bien. Fue oscureciendo. Y de repente los golpes secos de una batería y unos acordes de la guitarra de Keith Richards —¿los primeros de Honky Tonk Woman?, ¿los primeros de Brown Sugar?—, y ahí empezó la fiesta de verdad.
En aquella gira —Barcelona era solo una escala— los Rolling promocionaban su LP Black & Blue, que a sus fans no nos gustaba mucho, o casi nada, y que el tiempo ha mejorado mucho. El disco acababa de aparecer y muchos de nosotros estábamos ahí, dispuestos, sobre todo, a escuchar sus viejos éxitos, aquellos que nunca habíamos presenciado en vivo durante el franquismo —de Satisfaction a Dead flowers y tantos otros—, y las canciones favoritas de cada uno (en mi caso era Wild Horses, que aquella noche no sonó). En cambio, Black & Blue sonó entero —recuerdo especialmente Memory Hotel y Hey negrita— y lo combinaron con algunas canciones de Sopa de cabeza de cabra: creo recordar 100 Years ago, Angie y Coming down again… pero no me hagan mucho caso.
«No hicieron falta ditirambos ni brazos como cepos de ningún diputado catalán para que Mick Jagger saludara en su lengua»
La eléctrica salida de Mick Jagger al escenario se abrió con un «Bona nit, Barcelona», dicho por él y acogido con entusiasmo por todos. En ese entusiasmo se mezclaban la devoción por los Rolling, el hecho de estar ahí —nosotros y ellos— y el gesto —puro marketing, supongo— de saludar en una de nuestras lenguas, la catalana, sin más. Costumbre que a partir de entonces se instauró entre rockeros y demás en sus visitas a Barcelona: de Bruce Springsteen a Lou Reed. Quiero decir que no hicieron falta ditirambos ni brazos como cepos de ningún diputado catalán para que Jagger saludara en su lengua y a nadie le sorprendió que así lo hiciera. Lo que se llama naturalidad.
La misma naturalidad, salvando todas las distancias, que tuvo y habría tenido el Papa León XIV, aunque nadie le hubiera montado el maleducado numerito cosmopolitoide: ahora se lo digo en inglés, ahora mi compañero en italiano y usted, Santo Padre, hable en catalán por respeto, prego, que el español perjudica seriamente la salud. Ganas daban de gritar al Papa que por favor hablara en latín —la lengua católica por excelencia— y luego escribir a Lefebvre solicitando el ingreso entre sus cismáticos, para no confundirnos de Iglesia.
En aquel concierto en Barcelona de hace ¡medio siglo!, Mick Jagger nos echó un par de grandes cubos de agua a los que estábamos en la arena. Hacía mucho calor y nadie protestó, al contrario. Recuerdo la luna en lo alto. Y la alegría mientras regresábamos a casa, ajenos a cualquier exigencia que no fuera la de nuestra propia juventud. Que entonces parecía eterna.