The Objective
Daniel Capó

Paz, piedad, perdón

«En un país como España que, por motivaciones políticas ha hecho del pasado la razón de su fractura interior, conviene recordar y aplicar las palabras de León XIV»

Opinión
Paz, piedad, perdón

Ilustración generada mediante IA.

En el verano de 2019, pasé unos días con las comunidades amish y menonita de Lancaster, en Pensilvania. En el centro de interpretación proyectaban un documental sobre su fe y su cultura. La idea central era el perdón. Lo ilustraba un episodio de su historia reciente: la captura de rehenes y la matanza de niños en la escuela West Nickel Mines, en octubre de 2006. Un hombre de 32 años tiroteó a cinco niñas antes de suicidarse. La respuesta de los amish fue el perdón.

Los líderes religiosos de la comunidad visitaron a la viuda y a los padres del asesino, acudieron a su funeral y pusieron en marcha una recogida de fondos para la familia. Sabían que en el perdón —incluso más que en la justicia— se jugaban la propia vida. Quedar atrapados por el odio supone el primer paso hacia la autodestrucción, ya sea personal o colectiva. No deja de ser significativo que las últimas palabras del asesino, Charles Carl Roberts, dirigidas a su familia fueran precisamente: «Estoy lleno de odio, hacia mí y hacia Dios, y de un vacío inimaginable». Aquellos días con los amish me impresionaron mucho.
     

Las respuestas que dio León XIV, el pasado 10 de junio, a las preguntas de un niño del Raval de Barcelona abundaron en esta misma idea. El Papa habló para cada uno de nosotros, pero también para una sociedad enfrentada interior y exteriormente. «Hay que entender bien —dijo— qué significa perdonar. Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en el dueño de nuestro corazón».
    

Detrás de estas palabras se encuentra el mensaje cristiano («perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», reza el Padrenuestro, la única oración que enseñó Jesús) e igualmente una antropología que le niega al pasado su condición definitiva. La memoria judeocristiana es siempre una memoria escatológica, es decir, capaz de mirar hacia el futuro con la certeza de la salvación y, por tanto, de la esperanza. Nadie es sólo su pasado, nadie es sólo sus errores o su miseria, nadie es sólo el pecado.

«No convertir nuestro propio dolor en una fuente de identidad, sino abrirnos a la memoria del que es distinto»

La constatación de que «nadie es sólo esto» tiene su reverso exacto en otra de las grandes religiones, el hinduismo, que nos sugiere una constatación aparentemente opuesta: «Tú eres esto». Sin embargo, esto según los Upanishads sería el Atman, la partícula divina presente en cada uno de nosotros que nos hermana en una única sustancia universal. Ambas religiones coinciden en afirmar que lo aparente no es lo definitivo. Tampoco nuestros fallos.
    

Otra tradición ya secular, la de la memoria histórica —originada en Alemania tras la II Guerra Mundial en torno a la escuela de Frankfurt—, tiene también como objetivo ponerse a la escucha del dolor de nuestro prójimo. No convertir nuestro propio dolor en una fuente de identidad, sino abrirnos a la memoria del que es distinto, escuchar su voz y luego hacer que él escuche nuestra voz. Así, en lugar de reforzar nuestra identidad, esta se pone a prueba, se enriquece con la memoria compartida y se abre al perdón, que es la fuente última del reencuentro.
    

En un país como España que, por motivaciones políticas ha hecho del pasado la razón de su fractura interior, conviene recordar y aplicar las palabras de León XIV. Quizás después del sanchismo sea posible, si hay generosidad y voluntad para ello. Aunque nuestra historia reciente no nos ofrezca muchos motivos para el optimismo.

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