Un hombre normal
«La unidad significa sencillamente reconocer que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Este es el mensaje del Papa León XIV»

Ilustración de Alejandra Svriz
Chesterton solía repetir que Jesucristo fundó su Iglesia sobre Pedro no porque se le tuviese por el mejor de los apóstoles —el Nuevo Testamento nos lo muestra como un hombre cobarde y a menudo impulsivo—, ni el más inteligente, ni siquiera el preferido del Señor —honor que parece corresponder al apóstol Juan—, sino sencillamente porque Pedro era un hombre normal, con sus errores y sus aciertos, sus vicios y sus virtudes. De hecho, hay una especie de paralelismo entre Jesús de Nazaret y el pescador galileo. Si Jesús es la segunda persona de la Trinidad, como enseña el Credo, Dios decidió encarnarse en el hijo de un carpintero (o, con más propiedad, en el hijo de un obrero de la construcción) y no en un filósofo o en un rey.
Del mismo modo, la Iglesia se edificó con materiales humildes, carentes del brillo pasajero de las glorias mundanas. El cristianismo, de entrada, no puede considerarse una religión de la miseria —ni Jesús ni los apóstoles eran unos desclasados—, sino que los primeros cristianos comían y bebían, se alegraban y sufrían como todos los demás, aunque sentían que nada les pertenecía del todo. Cumplían con la ley civil y religiosa, pero sabían que esta no justifica y, por tanto, tampoco libera. Creían en la virtud de la obediencia y, sin embargo, no olvidaban que más importante aún es nuestra conciencia. Una religión que cree en un Dios que sufre con y por el hombre de ningún modo puede conceptuarse como una religión de la excepcionalidad. Lo esencial se halla en la vida cotidiana, en el día a día.
Por supuesto, a lo largo de la historia, la trayectoria de los distintos papas ha sido dispar: los ha habido santos y pecadores, eruditos y místicos, o incluso cismáticos como en el período de Aviñón. De los papas de nuestro tiempo —del mío, quiero decir— ha habido algunos con un temperamento heroico como san Juan Pablo II, otros introvertidos e intelectuales como Benedicto XVI y otros más campechanos y extrovertidos como Francisco. Papas singulares cada uno de ellos, pero también hijos de su época.
Robert Prevost llega a España convertido en León XIV: un papa llamado a restablecer la unidad interior en la Iglesia —ese es su lema— y, a la vez, a curar las heridas más sangrantes de nuestra sociedad. La función de un pontífice consiste, si hacemos caso a la etimología, en tender puentes. ¿Lo conseguirá en España? Lo dudo. España ha dejado de ser un país católico, a pesar del giro teológico o espiritual de una parte de la juventud.
«España ha dejado de ser un país católico, a pesar del giro teológico o espiritual de una parte de la juventud»
Y la clase política aún en mayor medida, condicionada como está por la aceleración del final del sanchismo y por la próxima convocatoria de elecciones generales, tengan estas o no carácter plebiscitario. Si en algo creen los políticos es en su especial singularidad, a pesar de que la mayoría de pruebas con las que contamos sugiera todo lo contrario. En la era digital, las dinámicas del poder se desplazan amplificando las fisuras: unos enfrentados contra otros. Se trata de una herencia del mundo revolucionario, que sigue desplegando su energía sobre la sociedad de nuestro tiempo.
Creo que fue también Chesterton quien supo ver que el odio une más que el amor: nada hay como un chivo expiatorio al cual endosar nuestras propias culpas y contradicciones. Contra todo esto predica ese hombre llamado Prevost: el heredero de Pedro, un pecador que supo pedir perdón y que incluso aceptó, al final de su vida, ser crucificado como su maestro. En un texto casi visionario, un monje cartujo del siglo XX, Dom Jean-Baptiste Porion, escribió que Dios ve en cada uno de nosotros la imagen de Cristo, incluso la de Cristo crucificado por nuestros pecados. ¿Cómo odiar la imagen de un hombre sufriente? ¿Cómo odiar entonces a nuestro prójimo? La unidad nos habla de todo esto. La unidad significa sencillamente reconocer que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Este es el mensaje del Papa León XIV.