Solo la carne
«Los hombres y las mujeres no discrepan mayormente sobre el mundo. En cambio, discrepan abiertamente sobre quién es la víctima»

Ilustración creada con IA.
La pregunta por la tecnología no es neutral. Pensemos en las redes sociales: ¿han servido para unir a hombres y mujeres o han terminado por incentivar la guerra entre ambos sexos? A esta pregunta intenta responder la escritora y activista antiporno británica Louise Perry en el pódcast Interesting Times de The New York Times. Internet, afirma, ha sacado a la luz pública aquello que antes pertenecía a la intimidad que tanto los hombres como las mujeres reservaban para los más cercanos.
Y prosigue: «Creo que internet empuja a la gente a atrincherarse en sus ideologías, y eso también forma parte del problema. Y estoy segura de que ahí reside buena parte de lo que les ocurre a las mujeres jóvenes. Las chicas son muy miméticas. Todos los seres humanos lo somos; pero ellas, creo, que en mayor medida. Suelen ser, por ejemplo, las inventoras de la nueva jerga; son muy sensibles socialmente, y las modas y demás suelen originarse entre ellas. Esa capacidad, que tiene su lado bueno y su lado malo, se ve potenciada en las redes, porque internet es una herramienta extraordinaria para la mímesis. De ahí que, a mi juicio, se produzca en realidad una radicalización política mayor entre las mujeres jóvenes que entre los hombres jóvenes».
Perry habla de mímesis, lo cual nos hace suponer que conoce la famosa tesis del filósofo y antropólogo francés René Girard. Según Girard, nuestro deseo obedece siempre a una mediación; viene a ser la copia de un deseo ajeno. Nos gusta aquello que les gusta a los demás: así se crean las modas y también así surge la competitividad cuando el objeto (o el sujeto) anhelado se encuentra cerca. Dos rivales, cuanto más se parecen y se aproximan, más combaten entre sí hasta transformarse en dobles; es decir, en gemelos psicológicos que ya no saben quién imita a quién. Internet actúa en este sentido como su expresión más perfecta: al unirnos, nos enfrenta a nuestro propio reflejo. Nos peleamos con quien se nos parece y no con quien nos resulta ajeno.
Cuando esta rivalidad mimética se contagia socialmente y amenaza con enfrentarnos a todos, la comunidad encuentra una salida: descargar el rechazo sobre una víctima única y arbitraria a la que se achaca la totalidad de los males, convirtiéndola en chivo expiatorio.
El cristianismo trastocó por primera vez esta estrategia. Los evangelios plantean el relato de una víctima inocente enfrentada al poder mimético de la masa. De esa conciencia inicial, heredó Occidente su rasgo moral más característico: la sensibilidad hacia la víctima.
«La noble preocupación por la víctima también puede mimetizarse y corromperse»
Y aquí es donde la tesis de Girard pone en cuestión al mundo contemporáneo: la noble preocupación por la víctima también puede mimetizarse y corromperse. En la medida en que la víctima goza hoy del beneplácito del poder y el verdugo carga con la vergüenza, la rivalidad cambia de orientación: sufrir un agravio se convierte en objeto de nuestro deseo. El estatus de víctima pasa a ser deseable.
Creo que, de algún modo, esto es lo que nos quiere decir la escritora británica. Los hombres y las mujeres no discrepan mayormente sobre el mundo. Quizás los hombres se hayan escorado algo más hacia la derecha y las mujeres hacia la izquierda, pero en general sus valores ideológicos son muy similares. En cambio, discrepan abiertamente sobre quién es la víctima. Se trata de una brecha primitiva y difícil de racionalizar.
Louise Perry, a quien sus críticos tildan de «feminista reaccionaria», sugiere que los dos sexos deberían dejar de lado el juego de reflejos y regresar al cuerpo, al roce, al encuentro cara a cara. Es decir, volver a reconocernos como personas imperfectas pero reales, sin teléfonos ni vídeos de una sola visualización, sin likes en Instagram ni bailes sensuales en TikTok. Sólo la realidad encarnada, los límites del propio cuerpo.