The Objective
Daniel Capó

Recuperar la confianza

«A un pueblo que ya no sabe en qué creer se le puede convencer de cualquier cosa. Los demagogos lo saben. Que lo sepamos también nosotros no lo tengo tan claro»

Opinión
Recuperar la confianza

Ilustración de Alejandra Svriz

El gran sostén de una democracia sana y noble es la confianza; su ausencia, en cambio, es crítica. Me hace pensar en la importancia que psicoanalistas como John Bowlby y Mary Ainsworth concedieron al «apego seguro». Según esta teoría, nuestras relaciones de seguridad con personas cercanas a lo largo de la infancia —el padre, la madre, los abuelos, los maestros o incluso la niñera— construyen modelos internos de confianza. Un apego seguro construye personalidades seguras de sí mismas, mientras que uno inseguro, ya sea por evitación o por ansiedad, genera personalidades mucho más frágiles. ¿Puede estar sucediéndole algo parecido a nuestra democracia? Quizás sí.

Enumeremos los males que nos aquejan: la mentira cotidiana convertida en arma de poder, la propaganda masiva y sincronizada, la falta de lealtad, el cinismo generalizado… El historiador Alexis de Tocqueville observó que las democracias necesitan, para consolidarse, una determinada cultura, además de leyes e instituciones. Las palabras han de tener un peso y significar algo, y las cifras no pueden ser falseadas; detrás de un discurso público tiene que haber alguna intención de verdad. Sobre esta base invisible fijamos nuestros valores comunes. La confianza es, en el fondo, la forma que adopta el apego seguro cuando se da en el plano colectivo, convirtiéndose en el lazo que nos une y que nos permite habitar en un mundo compartido.

Hannah Arendt vio con lucidez los riesgos a los que se enfrenta la democracia cuando este lazo se rompe. La propaganda más eficaz no busca tanto que nos creamos una mentira concreta como que seamos incapaces de distinguir lo verdadero de lo falso. En ese clima, tanto el bien como el mal se relativizan bajo una niebla ideológica que cala en el alma social. A un pueblo que ya no sabe en qué creer se le puede convencer de cualquier cosa. Los demagogos lo saben. Que lo sepamos también nosotros no lo tengo siempre tan claro.

Por supuesto, no conviene confundirse. Desconfiar del poder es lo propio de cualquier democracia que se precie. La separación de poderes, anclada con firmeza en nuestras constituciones, se originó precisamente por la necesidad de poner freno a un poder ejecutivo que, por su misma naturaleza, tiende a expandirse indefinidamente. Pero no hablábamos de esto, sino del cinismo. La duda, el control de cuentas, los checks and balances examinan y controlan; en cambio, el cinismo nos lleva a no creer en nada. La vigilancia sostiene la democracia, mientras que la indiferencia la vacía por dentro. De una ciudadanía crítica y alerta a un sálvese quien pueda general hay solo un paso.

«Las democracias tienen que ser aburridas, previsibles, concretas, sanas»

La psicología nos enseña que el apego inseguro se puede sanar. Sucede igual con las sociedades democráticas cuando encuentran figuras confiables. Quizás por esto el primer objetivo en un camino de regeneración sea recuperar el peso de las palabras; volver a concederles consistencia y veracidad. La verdad, aunque sea dolorosa, nos salva, nos permite reconocer el valor auténtico de una persona. La verdad y la paciencia; la verdad y la constancia perseverante.

Sin embargo, para ello necesitamos reconstruir nuestro discurso público, alejarlo de las consignas ramplonas, de los intereses construidos por el deseo de poder; necesitamos huir del espectáculo y recuperar lo pequeño. Esto tiene más de disciplina y de hábito que de programa y discurso. Decía Walter Pater que «quien miente en lo pequeño, miente en lo grande». A la inversa, quien cumple con lo que apenas se ve, con más razón cumplirá con lo importante. Se trata de una seducción rutinaria, si se quiere, pero las democracias tienen que ser aburridas, previsibles, concretas, sanas. Tal y como se construye el apego en los niños.

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