Siempre como desastre
«Muy pocas cosas mejoran en la sociedad si las demás siguen igual o peor: bailamos con los otros un rondó que, si pierde el tono en un extremo, no lo recuperará»

Ilustración generada con IA.
Peor que la vocación de profeta, o sea, decir cómo van a ser los acontecimientos que nos traerá el mundo, es empeñarse en dictarle al mundo cómo debería ser. La característica más señalada del porvenir es su carácter imprevisible: tendrá algunos rasgos parecidos a lo que esperábamos, a veces incluso muy similares, pero en el fondo siempre radicalmente diferentes. Lo veíamos venir, nos decimos, pero luego resultó ser otra cosa. Era lo que nos temíamos, aunque completamente distinto: el mañana nos desconcierta solo y ante todo por ser mañana. Ahí está, envuelto en las brumas del aún no, casi al alcance de la mano, pero solo casi. Tarea inútil, incluso risible, determinar finalmente su perfil: ya lo tenemos guardado en su caja infranqueable, inaccesible, pero obstinadamente inconfundible con nada de lo previsto. Llega por fin lo apenas sospechado y se nos enfrenta como un hijo rebelde, como un inesperado traidor, como un provocador al que nunca hubiéramos concedido tanta autonomía. ¿Cómo puede resultarnos tan ajeno algo que a fin de cuentas es nuestro? Sin embargo, nada se burla más de la voluntad que creemos nuestra que ese mañana sobre el que suponemos tener derechos: lo que llega no nos pertenece, nos impugna, se burla de nuestras reclamaciones. Nada es menos nuestro ni nos pertenece menos que lo venidero, a cuyo diseño hemos consagrado nuestros mejores esfuerzos.
Los humanos hemos dedicado mucho tiempo a planear el futuro que no llegará. Mundos perfectos, amenazadores, placenteros o laboriosos… Corresponde a Tomás Moro, un santo con gran imaginación y un extraño sentido del humor, la invención de este género literario. «Utopía» no es una visión del futuro ni el panorama del orden social que nos espera o podríamos desear, sino una reprobación a menudo ácida de las pasiones colectivas y de los diversos modos de controlarlas. La sociedad utópica según Moro es un mundo petrificado, con leyes muy antiguas e invariables que resisten la peor de las tentaciones que acechan a un orden social medianamente satisfactorio: el afán de cambiar. Hoy siempre pronunciamos la palabra «cambio» con exaltación positiva, como si cualquier cambio introdujese en la estructura cívica una modificación favorable a la mejora de la vida. Naturalmente, no es así. No sería difícil comprobar, caso por caso, que todas las modificaciones sociales, incluso las mejores, vienen acompañadas de trastornos dudosamente preferibles que deberían hacernos dudar mucho antes de aceptarlas sin más.
No olvidemos que las utopías, desde la originaria hasta los actuales borradores de IA, son casi sin excepción piezas irónicas o francamente burlonas que se ríen de la realidad mucho más que tratan de enmendarla. En efecto, a veces aportan reformas prácticas, pero por lo general satisfacen más a la fantasía que al sentido común. Muy pocas cosas mejoran en la sociedad si las demás siguen igual o peor: bailamos con los otros un rondó que, si pierde el tono en un extremo, no lo recuperará en los demás. A poco que analicemos con cuidado la Utopía de Moro, comprobaremos que en conjunto y hasta en la mayoría de sus detalles no supone ni pretende suponer progreso alguno sobre la sociedad que habitamos. Es otra cosa, en algunos aspectos más divertida, pero en conjunto bastante más sombría.
El profesor Carlos Martínez Gorriarán no ha querido hacer un catálogo de paraísos más o menos realistas en su útil y polémico Utopía y desastre, subtitulado contundentemente Los intelectuales y la estupidez pólitica. Ha dejado de lado el género estrictamente literario (de literatura fantástica, como dijo justamente Borges de la teología) y ha preferido analizar los meandros de su oleaje político. Robespierre, Burke, Malthus… hasta Mao Tse-tung y Che Guevara, sin olvidar a José Antonio Primo de Rivera y otras figuras menores. Estas no construyeron mecanismos sociales demasiado complejos, sino que dejaron constancia de su preocupación por el orden y la disciplina. Lo importante para estos soñadores es que no se pudiera vivir de cualquier modo, diríamos que improvisando: era preciso plegarse a la norma, obedecer a quienes tenían un programa («programa, programa, programa», repetía como un sortilegio uno de los más formales disciplinarios de esta casta), cumplir las supremas consignas tanto por las buenas como sobre todo por las malas.
Lo relevante no consistía en hacer disfrutar a los ciudadanos, aunque se invocase tal recompensa hedonista, sino a fin de cuentas hacerles purgar su insumisión a lo que otros habían planeado para ellos. Reconocer la influencia casi mágica de los hechiceros de masas es saber que, mejor o peor, tienen amo; y tener amo, mejor o peor, es lo que caracteriza a los revolucionarios. Claro que esos amos se equivocan de modo casi fatal, son repartidores de infortunio, pero también ese infortunio aciago forma parte de la nómina revolucionaria. ¿Cómo sabríamos que la revolución ha llegado si el ominoso cielo no cayese sobre nosotros? La catástrofe aporta la dosis trágica de realismo socialista: gracias a ella sabemos definitivamente que ya nunca borraremos del todo lo que se llevó los placeres sencillos de la vida, la clase castigada hasta fin de curso…
El último capítulo del libro de Gorriarán se llama Los héroes de la retirada o la lucha sin fin contra la estupidez intelectual y cuenta la saga más emocionante y dramática: La de los intelectuales antiutopistas que se rebelaron contra los paraísos de baratillo y sangre vendidos por sus colegas. Y es algo curioso y que hay que hacer notar: siempre se perdona antes al peor tirano, o sea, al sádico de supuesta buena voluntad, que al que nos libra de cadenas al precio de escamotearnos las ilusiones.