The Objective
Fernando Savater

¿Pero entonces… quién ganó el Derby?

«En un país desarbolado en el que ya no funciona la doble contabilidad, lo más noble es reconocer que los viejos trucos ya no sirven»

Opinión
¿Pero entonces… quién ganó el Derby?

Ilustración generada con IA.

En los momentos de mayor confusión, por mucho que queramos recobrar lo más sagrado o descubrir otra sacralidad que no sospechábamos, es necesario exigir que, cuando las cosas se ponen cuesta arriba, todo el mundo empuje lo que pueda, aunque ya no pueda más. Fíjense en mi caso, sin ir más lejos. Miro hacia España desde la ventana del hospital y me encuentro con un Gobierno indeseable, incapaz de tratar de replantearse de nuevo lo que todavía hace poco se consideraba una autocrítica o por lo menos algo suficiente como comienzo para empezar a entender lo que más nos amenaza. No podemos ya plantear bromas sobre la fuerza del huracán ni tampoco reservar para nuestro más íntimo coleto que el tiempo va cambiando de cara hasta adoptar una mueca de Gorgona inconfundible. Y no, lo siento, pero esta vez no bastará con oír prudentemente desde lejos el fragor irrespetuoso del caos. En el temido salón del banquete se aparecen sin reparo no solo ya las peores criaturas que empujan hacia el sino incluso los canallas eventuales que no pierden la esperanza de hacerse al paso con alguno de los premios menores de cualquier sorteo. 

Los asuntos oficiales, desde los que hacen sonar —espero que no a muerto— a las más altas estancias hasta los que llevan tantos años cascabeleando, no pintan bien para nuestro desfile de autoridades. En casos de peligro, los que mantienen la cara seria suelen ser más fiables que los chisgarabís, pero hoy ya no queda ninguno de ésos: se hundieron con los del naufragio anterior, los del Real Madrid. El Papa se dedica a la IA porque insistir en el Espíritu Santo suena ya demasiado hippy. Papa tras Papa, qué sinfonía de bobadas y puerilidades tenemos que oírles, poniendo buena cara. Hoy queda solo la mueca risible del payaso Puigdemont aferrado como último gallo a su catalán, que él confunde con antifranquista porque nada sabe de la paz de Augusto. En un país desarbolado en el que ya no funciona la doble contabilidad a la que nos acostumbró la Generalitat, lo más noble es reconocer que los viejos trucos ya no sirven y que el resto de la guardarropía queda solo para disfrazarnos de indígenas transoceánicos cuando haya mexicanos a la vista, aunque nadie se sepa el papel. ¡Qué patéticos los esfuerzos del viejo escuadrón paisano —de El País— por presentarse como los herederos cincuentenarios de aquellas tropas gloriosas que asentaron las vacilantes instituciones democráticas!

Al final no va a quedar más Aranguren de servicio que el servicial Cercas, como remedo de los más bravos que hubo. Hoy los críticos más lúcidos desmontan sin demasiado esfuerzo el mecanismo fraudulento de esa subversión interna que solo mantiene la fachada hueca de las instituciones como pálida garantía de que alguien todavía recuerda cómo eran las cosas cuando Tomás y Valiente aún vivían. El cuadro espeluznante del detallado hundimiento institucional de nuestro rebaño, que ya no se atreve a recordar para qué servían nuestras garantías y defensas tan magistralmente enumeradas por Guadalupe Sánchez en este mismo diario, sólo sirve ahora para llorar lo perdido mientras cabeceamos nerviosamente: no puede ser, no puede ser…Pues sí, eso es lo que hay. O mejor dicho, lo que ya no hay.

Fin de mayo, comienzos de junio: ¡Derby day! Como en otras ocasiones, los aficionados al turf nos refugiamos en la majestuosa parada de la generación clásica, cuyo esplendor sigue desafiando lo que echamos a faltar en tantos otros campos. El gran preparador irlandés Aidan O’Brien acapara los primeros puestos en el Jockey Club de Chantilly, los tres primeros a partir de Constitution River. En lo que toca a Epsom, los dos principales favoritos pertenecen al gremio suntuoso de los grandes pintores, aunque separados por varios siglos.

El primero de ellos es Benvenuto Cellini, cuya Vita sigue siendo prototipo de la trayectoria renacentista para cuantos la leímos: ninguna IA sería capaz de imitar su retador desenfado. El segundo —Pierre Bonnard— es evidentemente menos refulgente, pero señala sin duda la dirección hacia donde evolucionó la profesión artística, que perdió candilejas aunque conservó mucho tiempo aún su aroma artesano. Sin embargo, no debemos adoptar falsos paralelismos entre los nombres de los jacos y las personalidades que les prestan su rótulo: cada combinación es única y alcanza una identidad impredecible. Hasta tenemos un Balzac, en el que pocos se han fijado a pesar de lo excelso del apellido. Abundan entre los preferidos los hijos del inmenso Frankel, destinado en muy pocos años a convertirse en un jefe de raza como muy pocos se recuerdan. De modo que pasen y vean, sin prejuicios, como si estuviésemos eligiendo al próximo Papa, aunque aquí todos los candidatos son inmaculados en la nobleza de su sangre. Ningún milagro salvará a los países que se traicionan a sí mismos, como ha consentido la España de Sánchez, Bildu y demás chacales, pero nunca hay respuesta woke o decepcionante a la gran pregunta de cada primavera: ¿quién debe ganar el Derby?

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