The Objective
Fernando Savater

Escribir como se vive

«De vez en cuando, los niños hablan como si el lenguaje les fuera natural y entonces se le saltan a uno las lágrimas al oírles»

Opinión
Escribir como se vive

Ilustración generada con IA.

Hay gente que aconseja escribir como se habla, lo cual suena bien, pero resulta imposible. Puede que deba intentarse ser muy natural al ponerse a escribir, pero la naturalidad del escritor es impostación cuando se empeña en buscarla el que escribe. Solo los niños muy pequeños, que como están todavía creando el lenguaje son naturales al inventarlo (porque ignoran la diferencia entre natural y artificial), consiguen acercarse al estilo parlante: de vez en cuando, los niños hablan como si el lenguaje les fuera natural y entonces se le saltan a uno las lágrimas al oírles. Por supuesto, enseguida se vuelven artificiosos y de vez en cuando hablan como académicos o peor. La educación trae esos males y Bergamín atinó al deplorar la decadencia del analfabetismo. Deberíamos cuidar nuestras recaídas en la salud verbal, tan tonificantes y tan divertidas. Mi añorado maestro Agustín García Calvo sostenía que nadie puede hablar mal por mucho que se empeñe, porque el lenguaje sabe siempre hablar mejor que nosotros. De modo que nunca intentaré hablar mal a propósito: con tropezarme con una palabra de cada dos ya meto la pata lo suficiente.

Los tarugos bastante se equivocan ya sin intentarlo. No hace falta que se empeñen. Ya lamentamos bastante sus berridos. De modo que sus rebuznos, que ellos creen simpáticos, pueden ahorrárnoslos como otras formas de diarrea y colitis. Perezcan por sus vicios y sean devorados por sus charcos epiglóticos. Ojalá se enreden con la palabrería que les enmaraña y gruñan cada vez más con el mal decir que les llena la boca de excremento. Intentemos que se cubran de fatales guarrerías, sin peores resultados que los hasta ahora obtenidos. Pero… ¿qué ocurriría si cada escritor inventase su género literario? ¿Si no compusiera novelas, poemas o piezas dramáticas, sino formas distintas, rebeldes a las clasificaciones habituales?

Es evidente que los viejos casilleros que clasifican cada pieza que se escribe tienen algunas ventajas innegables. «Si no fuera por los géneros literarios, confiesa Oscar Wilde con un escalofrío sincero, viviríamos a merced de los genios». Nada más fatigoso y, al poco tiempo, más aburrido. Los grandes escritores no son titiriteros, sino más bien disciplinados combatientes: no se burlan de las normas, sino que las crean con minucia y total entrega. A veces, sin embargo, para escándalo de unos y otros, inventan algo. Lovecraft, por ejemplo, acuñó un estilo que nadie había inventado antes y no se dio cuenta hasta bastante tarde: si llega a madurar un poco más, habría sido invencible.

El Salón de los pasos perdidos de Andrés Trapiello y familia (que a lo tonto a lo tonto lleva ya veinticinco volúmenes bien rollizos) utiliza una fórmula indescifrable junto a la cual la de la Coca Cola resulta una pócima intragable. Lo más asombroso del mejunje es que no parece exigir demasiado esfuerzo. Hacen sonreír, pero no son libros cómicos; se apoyan en la realidad más inexcusable, aunque desafían a los tostones más limpios de polvo y paja (polvo, paja, feliz juventud), benditos sean… No se parecen a los clásicos a pesar de algunas palabras ensimismadas, ni se nos pierde ningún secreto a pesar de empeñarnos en no entenderlas. Todo es transparente y vuelve la claridad, todo es radiante a pesar de que pretendo callarme. El S.D.L.P.P., con todos sus protagonistas, no depone las armas ni sutiliza ningún chiste. El que se calla la sonrisa, no digamos la risa, es porque resulta ser un puro bobo. Quien entierra un simple y modesto juá-juá tras bromas estereotipadas merece el más voluntarioso de los bobos impulsos.

Andrés Trapiello ha inventado un estante nuevo en las bibliotecas de los lectores actuales de nuestro país. ¿Y qué pretende usted con esa nueva forma de escribir? Pues garantizar un gozo inédito. Se trata de una nueva forma de disfrutar con la lectura, a la vez sumamente flexible y subrayada con rasgos de humor. Muy adictiva. Cuando se interna uno por algún volumen de la serie, no quiere de ningún modo abandonarlo: sabemos que los demás de la mesilla de noche no se le parecen. No son libros trascendentales, todo lo contrario: van siempre mucho más lejos de donde queremos llegar, pero sin alzarse de puntillas ni subirse al púlpito. Sobre todo, brotan de una familia unida a machamartillo y frágil, intelectual pero sin atisbo de pedantería, que fluye arrastrando bromas y su poquito de basura, como debe ser. En un momento de «De todo tiene», como al pasar, la pareja protagonista comenta: «Claro, nosotros no nos cambiaríamos por nadie» y siguen con lo suyo. Por favor, no cambiéis para que no nos perdamos.

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