The Objective
Félix de Azúa

Empapado de papado

«Quienes escuchamos a León XIV constatamos la nebulosidad completa de la actual Iglesia de Roma. No habló de nada importante que pertenezca a la religión católica»

Opinión
Empapado de papado

Imagen creada con inteligencia artificial.

Han sido días muy masivos. Los que vivimos en Madrid tuvimos que sortear media capital para comprar pan porque el centro de la ciudad estaba bunkerizado. Se trataba de que los fieles acudieran al espectáculo del catolicismo en modo Rosalía, es decir, como un espectáculo grandioso para los medios. En alguno de ellos llegaron a reunirse hasta un millón y pico de creyentes. Son muchos, pero ¿en qué creían?

No está claro. Y el Papa se cuidó mucho de no tocar el menor resquicio de la fe, del dogma o de las creencias vaticanas. Habló como cualquier influidor, o sea, dijo lo que todo el mundo esperaba que dijera. La prueba absoluta fue el discurso de las Cortes, donde fue ovacionado durante siete minutos por todos, repito, por todos los diputados, asociados, amigos e invitados. Pero, ¿aplaudían lo mismo? ¿Puede aplaudir lo mismo un Rufián que un Abascal? Evidentemente, no. ¿O sí? ¿Tan abstracta es la religión romana?

Por supuesto, el contenido ideológico del Papa es lo de menos. ¿Alguien le va a hacer caso a ese hombre ungido por el Espíritu Santo? No creo que nadie vaya a modificar su conducta porque un obispo, aunque sea el de Roma, ordene la paz mundial, la colaboración de los partidos para el bien común, o que baje el precio del café.

Por eso, quienes le escuchamos con algo más de atención que los políticos, constatamos la nebulosidad completa y gris de la actual Iglesia de Roma. No habló de nada importante que pertenezca a la religión católica. ¿Y qué es lo importante?, me dirá algún lector inquisitivo. La respuesta es sencilla: lo más importante para la Iglesia católica es lo que dice el Credo. Es más, si Roma renuncia al Credo, se acabó la Iglesia romana. Lo que queda es un globo de helio.

Tiene gracia que Prevost hablara de la IA o de la educación concertada, pero ningún periodista le preguntó si aún está en pie la obligación de creer en la resurrección de los muertos. ¿Habrá o no habrá un juicio final, señor Prevost? ¿Es el tiempo de la Iglesia un vector progresivo desde el nacimiento de Jesús hasta el final de los tiempos?

«No me parece relevante qué opina sobre la IA o la inmigración, lo que me importa es averiguar si sigue creyendo en el juicio universal»

No se trata de ninguna frivolidad. Cuando llegue el juicio final, ¿serán llamados uno a uno todos los muertos que sepulta la tierra para ser defendidos o atacados por el Arcángel y Satán, hasta decidir cuál será su vida eterna: gloria o infierno?

Deseo subrayar que todavía hoy enterramos a los muertos y que este acto se originó al comienzo de la humanidad, cuando los simios inteligentes descubrieron la muerte y, en consecuencia, la inmortalidad. En ese momento comenzó el enterramiento, o, en términos antropológicos, «la reserva del cadáver». Porque sólo aquellos que inventaron la inmortalidad podían guardar a sus muertos por si acaso, es decir, diferenciarlos del resto de los animales, los cuales, simplemente, se desintegran tras la muerte y para siempre.

Y ese credo no es sólo de los católicos, sino del género humano como totalidad. Lo han visto en cien películas, sobre todo americanas, tras descender el féretro por el hueco fúnebre, alguien arroja un puñado de arena sobre el ataúd y murmura: «Que la tierra te sea leve». Es decir, el ancestral Sit tibi terra levis de los romanos.

A los antiguos también les preocupaba la vida tras la muerte. Por eso el rito sepulcral, el enterramiento, era una obligación absoluta. Y el mayor castigo para los enemigos era dejarlos sin sepultura. Al muerto sin foso se le iba la eternidad en un vagabundeo iracundo en forma de horrible fantasma. Por eso la acción heroica de Antígona, al enterrar a su hermano condenado a vagar eternamente por haber traicionado a su patria, es en efecto una tragedia.

Resumiendo, una de dos, o bien la Iglesia de Roma sigue creyendo en la vida eterna tras la muerte, o no. ¿Sigue creyendo Prevost en la resurrección de la carne, o no? No me parece relevante lo que opina sobre la IA o sobre la inmigración, lo que me importa es averiguar si sigue creyendo en el juicio universal y si espera el castigo eterno de los canallas. Pero de eso la autoridad suprema de los católicos no dijo ni una miserable palabra.

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