The Objective
Félix de Azúa

Enanos y gigantes

«Un editor audaz ha producido una 'versión traducida al español actual' de 'La historia verdadera de la conquista de Nueva España', de Bernal Díaz del Castillo»

Opinión
Enanos y gigantes

Ilustración generada mediante IA.

Hablemos de los grandes hombres de antaño. Hoy nos parece cosa de magos y brujas, pero hubo un tiempo en el que los pueblos se unificaron en torno a un canto. Que se unificaron quiere decir que, aunque vivían a unas distancias como de la Tierra a la Luna, gracias a esos cantos se sintieron acompañados por sus semejantes. La compañía completa, una vez asegurada, pasó a llamarse «nación», aunque eso fue mucho más tarde. La conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o a una familia de pueblos se despertó en torno a los fuegos de campo y los lares domésticos con decenas de personas apiñadas en torno a un recitador que iba cantando unos poemas. Curiosa manera de acceder a la identidad. Y digna.

Parece obra de encantamiento y por eso a los habitantes de aquellos tiempos antiguos Max Weber los llamaba «gentes de un mundo encantado». Lo he repetido muchas veces, pero es importante entender este asunto si uno quiere saber algo sobre la actualidad. El mundo encantado comenzó a esfumarse como un fantasma cuando don Quijote se propuso enmendar los vicios del mundo moderno, cuando Descartes mató el alma inmortal antigua y puso en su lugar al sujeto (enfrentado al objeto), cuando la técnica empezó a tomar el poder sobre lo que antes se llamaba «la Naturaleza». Su fiesta de cumpleaños —en realidad una puesta de largo— fue la Revolución francesa.

Ahora nos parece un cuento de hadas que los griegos se identificaran y se reconocieran en los cantos de la Ilíada y la Odisea, que los romanos se vieran en las estrofas de la Eneida, los franceses en la Canción de Roland, los españoles en el Mio Cid, incluso los alemanes en los Nibelungos. Esos enormes poemas y cantos son algo más que una costumbre arcaica: son retratos imperativos de un comportamiento heroico que nos es por completo extraño. Los pueblos que fueron creados por ellos, sin saberlo, habían descubierto que nuestra identidad es un efecto de las palabras, que nosotros somos tan solo palabras, y que las palabras se pueden cincelar como el mármol o ensuciar como basura.

Los españoles, además, tenemos un segundo poema épico, pero esta vez moderno, es decir, de los tiempos de Cervantes, Descartes y Velázquez. Un canto épico moderno que, por eso mismo, está escrito en prosa, como las novelas. Es el verdadero relato de la invención de las Américas, también conocida como conquista o colonización del continente americano. Se llama Historia verdadera de la conquista de Nueva España y su autor, Bernal Díaz del Castillo, como el Ismael de Moby Dick, estaba allí, lo vio todo y sobrevivió. Quiere decirse que entró con Hernán Cortés en la ciudad acuática que sería más tarde México y conoció a Moctezuma y participó en todas las batallas. Pero su relato épico solo se editó en 1632, cuando ya había muerto.

La historia verdadera de aquellos prodigiosos viajeros y guerreros que cruzaron el Atlántico en cáscaras de nuez es la de Bernal, aunque exista también en verso (La Araucana) sin la impronta del que estaba viendo y viviendo los hechos titánicos que tenían lugar en aquel vastísimo continente desconocido. Y ahora, un editor audaz ha producido una «versión traducida al español actual» de la empresa muy valiosa de Lorenzo Martín del Burgo (Libros del Asteroide), cuyo nombre podría figurar entre las mesnadas de los conquistadores. Es una lástima que el prólogo repita la vieja y desacreditada leyenda negra. Por suerte, es breve.

«Bernal comienza su poema en prosa excusándose porque no sabe latín, de modo que nos deja, humildemente, mil páginas sublimes»

Lorenzo Martín ha llevado a cabo un notable trabajo en la estela dejada por el buque insignia que fuera Don Quijote traducido al español actual por Andrés Trapiello (Destino), verdadera recreación que ha tenido un éxito descomunal. Y es lógico que así sea, ya que también nosotros hemos leído los grandes poemas épicos siempre en traducción: Ilíada, Odisea, Eneida, Nibelungos, siempre en traducción. Y si leemos Mio Cid en su idioma original, es porque no se ha alejado tanto de nuestro idioma, pero cabe recordar que Alfonso Reyes dejó una traducción al español actual (Austral) en verdad estupenda.

Por supuesto, el lector docto debe leer a Bernal Díaz y a Cervantes en ediciones críticas como las de la Real Academia que figuran en la cima. Pero en ellas las notas son casi más abundantes que el texto, de modo que se entiende perfectamente el deseo de facilitar la lectura a los menos eruditos. De ahí que, también en estos días, acabe de traducirse al español (otra vez y siempre mejor) la Eneida de Virgilio por la mano de Fernando Romo Feito en la admirable editorial LaOficina. El primer verso siempre me pone los pelos de punta: «Canto las armas y al hombre que primero llegó de las costas de Troya…». En cambio, Bernal comienza su poema en prosa excusándose porque no sabe latín y no puede encomendarse a las musas, de modo que nos deja, humildemente, mil páginas sublimes sin ornamento. Admirable.

Leer estas obras gigantescas nos devuelve al célebre juicio de Voltaire, cuando se enfrentó a las tragedias de Shakespeare y dijo que somos enanos subidos a las espaldas de verdaderos gigantes. El verano es una buena época para combatir nuestra pequeñez en calzoncillos y trepar a cualquiera de estas moles eternas. Desde ahí las contrariedades se ven con más claridad, se iluminan, dejan de doler.

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