The Objective
Félix de Azúa

Una máscara cómica

«Los empleados de Sánchez ríen porque saben que así les odiamos más y su maldad queda al descubierto como un corte de mangas»

Opinión
Una máscara cómica

Ilustración creada con inteligencia artificial.

Hay cientos, si no miles, de razones para desear un cambio absoluto de régimen. Una de ellas, seguramente poco importante, tiene que ver con el estado de nuestro sistema nervioso. Es muy duro tener que ver todos los días y a todas horas a los empleados del amo (y al amo) sonriendo ufanos y satisfechos de sí mismos.

Es un tipo de sonrisa que solo se explica por los abultados billeteros que llevan todos ellos. Sin embargo, no es eso: obedece a una orden superior. Quiero decir que todos sonríen en cuanto aparece una cámara porque así se lo ordena el sonreidor número uno, que es Sánchez. A veces se les ve venir de lejos a las Cortes y van serios y como calculando sumas y multiplicaciones, pero en cuanto aparecen los chicos de la prensa, se ponen a sonreír agresivamente. Es un desafío. El amo es de los que más sonríe. Una pura máscara que oculta la maldad innata.

Quienes no tenemos televisiones de pago sufrimos una avalancha de películas del oeste de un género muy específico llamado spaghetti western. También están las chorizo western, iguales a las italianas, pero fruto del talento nacional. En ambas modalidades, los malvados ríen como posesos. Se advierte que es una decisión del director: «Haced el favor de reír mucho cuando violáis a la niña de 11 años». O cuando machacan a la monjita a puñetazos en la barriga. O cuando entierran vivo al héroe y le ponen miel en la cara. El director sabe que esas risas provocan el odio y las pone cada dos por tres para que quede claro quién es el villano.

Lo mismo sucede con los empleados de Sánchez. No ríen para expresar contento y satisfacción, aunque algunos también, sino que ríen especialmente porque saben que así les odiamos más y su maldad queda al descubierto como un corte de mangas. Algunos empleados, el de Hacienda, el de Economía, o ese inepto de Óscar López, se advierte que nunca han sonreído y que ahora tienen que hacerlo por obligación y les sale una mueca un tanto forzada, una sonrisa muerta. Aunque mi favorito es el analfabeto de Cultura que cuando ríe da pánico.

He mencionado algunos ejemplos de empleados, pero es que las empleadas sonríen de un modo sumiso, a la manera del servicio doméstico, sonrisas obsequiosas y dóciles. En ellas es menos evidente la maldad porque se funde con el deseo de seducir, que es lo más enraizado en el prototipo: Eva, Astarté, Mesalina, Ilse Koch, Melusina…

La sonrisa del régimen sanchista tiene una equivalencia semántica con el uso del verbo «disfrutar» que emplean todas las agencias de publicidad y todos los medios de información. Ahora la gente no va a ver un partido de fútbol, a nadar a la playa o a comer unos berberechos, no, va siempre a disfrutar un partido de fútbol, una playa o unos berberechos. Les falta poco para decir que Fulano disfrutó de una operación de tumor cerebral.

Es obligatorio el disfrute de absolutamente todo y pobre del que no disfrute de una extracción dental. Es una obligación patriótica, de buen ciudadano, de ejemplar madre y admirable hijo que disfruta pinchándose. La obligación de sonreír del régimen sanchista es el equivalente político de la obligación del disfrute. 

Su equivalente en el dibujo es esa cara redonda, con una sonrisa idiota que repite una y otra vez: «Don’t worry, be happy». O sea, no te preocupes, sé feliz. Quien tenga curiosidad, mire la fenomenal obra de Goya El entierro de la sardina, donde figura una bandera enorme con la cara del idiota sonriente. Debajo está el sano pueblo bailando y disfrutando, pero entre los divertidos personajes podemos distinguir varias encarnaciones de Satanás.

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