Sánchez no es Maquiavelo
«Si un boxeador saca una navaja en una pelea, ¿alabaríamos su inteligencia o censuraríamos su vileza? Con Sánchez, los 'intelectuales' hacen lo primero»

Ilustración creada con IA.
Empiezo a estar harto de la fascinación de Arturo Pérez-Reverte con la supuesta sagacidad de Pedro Sánchez, la cual destaca a cada ocasión que tiene. Ya la manifestó en una extravagante entrevista concedida a El hormiguero en 2023, en la que definió al líder socialista como alguien de «un instinto político extraordinario». «Es el político más valiente, es tenaz, es atrevido. Es el político más interesante de España y posiblemente de Europa. Otra cosa es a dónde te lleve», abundó el escritor. La valentía, tenacidad y atrevimiento consistían en haber faltado a su palabra y concedido la amnistía a los golpistas catalanes a cambio de sus votos para la investidura.
Pérez-Reverte ha vuelto a incidir en esta cuestión tras la infame comparecencia del presidente en el pleno del Congreso de los Diputados, motivada por la condena a José Luis Ábalos a 24 años de cárcel, en la que Sánchez dijo que «jamás conoció» lo que hacía su mano derecha, y que está siendo víctima de «bulos, filtraciones e informaciones falsas» con las que se «pretende extender la sensación de que la corrupción es algo generalizado». La indignación que producen estas palabras en cualquier biennacido se convierte en admiración para el intelectual afrancesado: «Puede caerte bien, mal o aún peor que mal; pero él y algún miembro más de su gobierno son unos profesionales. Con todo lo que tienen encima, siguen toreando a la oposición por los dos pitones».
Las brillantes reflexiones perez-revertianas sobre Sánchez son un poco así: ¿Que incumple sus promesas electorales y concede la amnistía a los golpistas catalanes a cambio de siete votos? «Brillante, nadie lo vio venir». ¿Que utiliza la zozobra durante la dana para asaltar RTVE? «Ingenioso». ¿Que integra a la puta ETA en la dirección de Estado? «Atrevido» (sorbo de té inglés). ¿Que goza ahora de cuatro inmuebles comprados con el dinero de las saunas de su suegro? «Qué picardía».
¿Que te monta una cloaca para matar civilmente a los agentes y jueces que investigan la corrupción de su entorno? «Una jugada maestra». ¿Que se aferra al poder sin presentar Presupuestos Generales del Estado en contra del mandato constitucional? «Chapó». ¿Que se atrinchera en el poder para asegurarse de que el Congreso puede tumbar el suplicatorio cuando se produzca su futura imputación, a la par que nacionaliza a decenas de miles de tipos que jamás han pisado España en Latinoamérica para dar un pucherazo? «Oh là là, c’est magnifique».
«Hay quienes prefieren pensar que Sánchez es un pupilo aventajado de Napoleón a asumir que una piara de puercos han pastoreado mejor que ellos a la opinión pública española»
Reverte, en definitiva, ha descubierto que la amoralidad es una ventaja competitiva sobre quienes tienen moral, y anda fascinado, citando a Maquiavelo y regalándonos símiles taurinos sobre tamaño hallazgo. No le pediremos ya gallardía o compromiso con los tiempos, pero sí que sus comentarios políticos lleguen al aprobado en primero de Perogrullo.
Pero traigo aquí su caso como categoría, no como anécdota: hay quienes prefieren pensar que Sánchez es un pupilo aventajado de Napoleón antes que asumir la zafiedad y cutrez con la que una piara de puercos ha pastoreado mejor que ellos a la opinión pública española. Aceptar que un psicópata, amoral y analfabeto, pero con buena percha, se la ha metido doblada es demasiado para su ego, y necesitan ver en él a un perfecto Maquiavelo, pero nada más lejos de la realidad.
El autor de El príncipe sostenía que «el primer método para estimar la inteligencia de un gobernante es observar a los hombres que tiene a su alrededor», y esto no casa muy bien con el hecho de que Sánchez se hiciera con el control del PSOE rodeado de Koldo García y Santos Cerdán, tuviese como hombre fuerte en el gobierno a José Luis Ábalos, y sus mejores oradores parlamentarios sean Óscar Puente y Patxi López. Maquiavelo, además, decía que un príncipe puede sobrevivir al odio si mantiene el respeto, pero nunca puede caer en el desprecio, y pocos podrán discutir que justo eso es lo que Sánchez genera en la mayoría de la ciudadanía española, hasta el punto de no poder pisar la calle.
Imaginen un boxeador que, en un momento concreto de la pelea, saca una navaja y le raja el pescuezo a su rival, quedando solo en pie. ¿Alabaríamos su inteligencia o censuraríamos su vileza? Con Sánchez sucede lo primero, y lo peor es que lo hacen los intelectuales.