Pérez-Reverte: «Tuve una infancia feliz porque era un niño libre; Cartagena era un puerto de mar con marinos de todo el mundo»
El reconocido escritor vivió sus primeros años de vida frente al mar y rodeado de los libros de su abuelo

Pérez-Reverte, en una imagen de archivo. | Gtres
El escritor Arturo Pérez-Reverte se enamoró de la literatura cuando era muy joven. «Fui un niño que leyó mucho y que, por tanto, perdió la virginidad intelectual muy pronto. Los libros me enseñaron antes de tiempo que los héroes también mueren y que los malos a veces ganan», ha relatado. Su abuelo y sus padres fueron una figura fundamental en esos primeros años de vida en la localidad murciana de Cartagena. Y es que, como él mismo ha confesado, fue un niño que creció «mirando al mar». Algo que le dio una «curiosidad» que no le ha abandonado «nunca». «El mar me enseñó que el mundo es grande y que hay que salir a buscarlo», ha relatado.
Su infancia fue «feliz», la de un niño «libre en una ciudad que era un territorio de frontera». En ese momento, Cartagena era «un puerto de mar, con marinos de todo el mundo, con barrios chinos, con broncas… Yo crecí viendo eso, moviéndome por la calle sin que mis padres supieran dónde estaba a cada minuto». Pero, como decíamos, la influencia de su familia fue fundamental. Especialmente de su abuelo, quien tenía «tres mil libros» en su biblioteca. «Todo lo que he escrito después estaba ya en aquellas páginas de Stevenson, de Dumas, de Conrad», ha contado.
La infancia de Arturo Pérez-Reverte en Cartagena

La biblioteca de su abuelo paterno hizo que Pérez-Reverte rechazara los juguetes convencionales para devorar clásicos como los de Dumas, Verne, Conrad, Stevenson y Salgari. Pero los libros no solamente tenían un papel fundamental, sino que, también, la política y la historia. Aunque tenía el respaldo de una familia respetable, él prefería mezclarse con los hijos de los pescadores y los trabajadores del puerto. Esa dualidad le permitió aprender a moverse en todos los estratos sociales, algo vital para su futuro como reportero.
Más allá de la lectura, Arturo era un asiduo a los cines de verano de Cartagena. Cuenta que allí descubrió que el humor también podía ser una forma de inteligencia y de resistencia. Las películas de los Hermanos Marx le enseñaron a ser irreverente con la autoridad, una característica que mantiene hasta hoy en sus artículos de opinión. Cartagena es una ciudad rodeada de fortalezas y baterías de costa, muchas de ellas abandonadas o en desuso tras la Guerra Civil. De niño, Arturo y sus amigos jugaban en esos búnkeres y castillos. Esa fascinación por las ruinas y la historia militar no era un juego infantil cualquiera; allí empezó su obsesión por la táctica y la estrategia, algo que impregna todas sus novelas —desde El húsar hasta Revolución—.
«Cartagena era un puerto de mar con marinos de todo el mundo»
Aunque siempre cita la biblioteca de su abuelo, su madre fue una figura clave en su sensibilidad. Ella era una mujer con una gran intuición que le enseñó a observar los detalles. Mientras su padre le aportaba el rigor, de su madre heredó esa capacidad para calar a la gente con solo mirarla, lo que él llama «la mirada del cazador». Su vida en Cartagena no siempre fue ideal. Arturo creció en una ciudad que aún tenía las cicatrices de la Guerra Civil muy abiertas —Cartagena fue el último bastión republicano y sufrió bombardeos atroces—. De niño, escuchaba las historias de los vencidos y los vencedores en voz baja.
Aprendió, también, que la verdad nunca es blanca o negra, y que en una guerra no hay buenos y malos de película, sino seres humanos tratando de sobrevivir. Esa zona gris es la que luego retrataría en sus crónicas de guerra y en libros como Falco o Línea de fuego. En el colegio del Sagrado Corazón, los jesuitas le dieron una herramienta que él considera su mayor tesoro: el análisis lógico. Estudiar latín y griego le permitió entender la estructura del lenguaje. Por su parte, la disciplina académica le enseñó que el talento no sirve de nada sin el trabajo sistemático. De ahí viene su rutina de escribir todos los días, sin falta, como si fuera un oficinista de la literatura.

Reverte trabajó primero en el diario Pueblo y luego en TVE. Durante esas dos décadas, su trabajo consistía en algo muy parecido a la literatura: contar historias con una estructura, un inicio y un final, pero con la presión de que las balas eran de verdad. Mientras aún estaba en activo como corresponsal, escribió su primera novela, El húsar. No la escribió buscando fama, sino por una necesidad personal de purgar lo que estaba viendo en los conflictos modernos —como el Líbano o Eritrea— a través de un escenario histórico —las guerras napoleónicas—. La escribió a mano, en hoteles de guerra y aeropuertos. Fue una novela seca y dura que pasó casi desapercibida, pero que plantó la semilla.
La figura de su abuela y la influencia de los libros
Su éxito nació a principios de los años 90. Con El maestro de esgrima (1988) y, sobre todo, con La tabla de Flandes (1990), Reverte descubrió que podía aplicar la técnica del thriller y la novela de aventuras a temas culturales y ajedrecísticos. Estas novelas se convirtieron en éxitos internacionales. De repente, el hombre que salía en el telediario con chaleco antibalas era también un autor traducido a decenas de idiomas. En 1994, la relación de Reverte con la dirección de TVE estaba muy deteriorada. Tras un conflicto por unas dietas de guerra y una carta abierta muy dura contra la dirección, decidió dejar el periodismo activo.

Junto a su hija Carlota —que le ayudaba con la documentación—, creó a Diego Alatriste. Fue un fenómeno social que rescató el Siglo de Oro para el gran público. Hoy en día, se levanta y se pone a escribir en su despacho, rodeado de sus 30.000 libros. Trabaja de 8 a 10 horas diarias. También, investiga como un historiador y planifica como un arquitecto.
