The Objective
Javier Rioyo

Correveidiles, tontos, mediocres y enfangados

«Luis Arroyo tiene mal genio, varias querellas pendientes y algunos vídeos que lo muestran como el amo de '[su] puta casa', tal como llamó, con testigos, al Ateneo»

El verso suelto
Correveidiles, tontos, mediocres y enfangados

Ilustración generada mediante IA.

«Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido

ni asiste a sus mítines

ni se sienta en la mesa con los gánsters…»

Ernesto Cardenal

Una semana perfecta para huir de esos mezquinos y chapuceros que todavía nos gobiernan. El fango y su máximo representante en nuestro país no fue recibido «bajo palio» en el Vaticano. Ni bajo ningún dosel podrá entrar en su ciudad, en su palacio tomado, ni en la sede de su partido disminuido, enfermo, tocado y pronto hundido. Ni puede escuchar misa en compañía del Papa en las calles de la capital. Los gritos del pueblo de Madrid, amotinado contra sus mentiras, nos impedirían escuchar los sermones, los rezos o lo cánticos de la tribu católica. 

Su tropa de asesores, mediocres, tontos, golfos, enfangados, ya no tienen argumentos que no contengan mentiras, engaños y perversiones de la realidad. Se irá a la misa en Barcelona donde la bolsa sona. Nuestra querida Barcelona, otrora «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros», y hace ya un tiempo que, más que «patria de los valientes», es refugio del independentismo subvencionado, del socialismo maquillado, remunerado y bien pagado. Allí, al amparo de los que esperan el advenimiento del segundo procés, todavía podrá salir a la calle, pisar el templo porque ha pagado la limosna, otorgado generoso estipendio que en esta misa evitará sea de funeral político que ya debería ser, que será. Este Papa seguramente se pondrá de perfil, no le abroncará por ser rojo —como hizo Wojtyla con Ernesto Cardenal—, pero tampoco puede darle su absolución, ni otorgará bula. No recuerdo bien todos los mandamientos, pero creo que Sánchez y Cía. no cumplen con varios muy esenciales. 

Nosotros tampoco cumplimos por incumplimiento de otros, distintos y exentos de latrocinio y mentiras. Sí nos daría su buena ventura Ernesto Cardenal porque seguimos sin obedecer consignas de Partido, ni vamos a sus mítines, ni comemos txistorras ni ostras en la mesa de los gánsters. Yo también soy de ostras, sobre todo de esas a pie de barra en la taberna de La Paloma, en mi barrio de La Latina. Y alguna vez, cuando me pongo el mundo por montera con mi amigo Rodríguez Lafuente, con placer celebro la exquisita txistorra del Julián de Tolosa de la Cava. Por esos barrios del Rastro con Trapiello, Ussía, Doncel, Castillo, Carreras o Valdeón y varias chicas no del montón, cañeamos, reímos, discutimos, discrepamos, pero no somos capaces de tener fe, ni hartos de vino, en la honradez del «number one». Ni en la de su corte de zapateros, cerdanes, gertrudis, leires, fuentes, koldos, ábalos, puentes, begoñas, sónsoles, charos y esa larga lista de la UCO que sigue abierta y será ampliada. Tampoco haríamos barra con esos de «restar y mentir», de «asaltar y no poder», de nacionalismos e independentismos; con esos que los mantienen para seguir ellos mantenidos. 

Hay una España cutre, un paisanaje político, mediático, golfemia sin gracia y subvencionada con los que no nos tomaríamos ni una caña. Una partida organizada, bandoleros sin épica, golfos sin ética que ocuparon el poder con artes de burladores, trileros y ventajistas sin fisuras. Ya decía nuestro amigo, el Príncipe de Ligne, que las gentes de ingenio son estimuladoras de la imaginación, pero «nunca se es más tonto que con los tontos […] apreciemos a los ingeniosos aunque sean estúpidos; su estupidez es siempre cordial y grata. Pero temamos a los tontos».

Yo también fui un tonto, y lo que vi me hizo dos tontos, pero intenté escaparme con los ingeniosos hidalgos, con los cervantinos que hacen los caminos que nada tienen que ver con los que ensucian su nombre desde su institución o en televisión. Hay que salvarse de los tontos, son muchos y no son buenos. Nos rodean, mandan y nos pretenden embaucar como aquellos «tramposos» de cine y de la Estación de Atocha, con perdón. Por esos atochares pasaba el arroyo del Abroñigal, por aquellos espartales corría el pequeño cauce de aquel arroyo que contaron Galdós, Baroja o Cela. Por allí barrancos y duelos, niños que pescaban ranas a palos. Por allí una ciudad maloliente que luchaba por la vida, por allí bandas de la porra y golfillos sin joyas ni herencias.

«Ni el franquismo pudo con el liberal espíritu del Ateneo»

No lejos de aquel arroyo, por la cuesta de la calle del Prado, encontró el Ateneo su última residencia. Mantuvo su espíritu abierto y docto, plural y culto, político, ciudadano, masón, liberal, conservador y progresista. En sus espacios, sus salones y su Cacharrería, en su biblioteca, salón de actos, teatro y cafetería, pasaron la historia de España y la de la ciudad abierta. El Conde de Romanones del brazo de Unamuno; Galdós y la Pardo Bazán, Azaña y Pedro Saínz Rodríguez; Valle Inclán o Lorca. Siempre viva y confrontando la dialéctica entre progresistas y conservadores. Conoció decadencia y esplendor; intentos de ocupación y de censura. Ni el franquismo pudo con el liberal espíritu del Ateneo.

Hace unos años, en los inicios del sanchismo/zapaterismo, en los sótanos de una reservada taberna de una querida amiga, pasaron muchas cosas. Si miento, Dios me valga, voto a bríos para que venga el capitán Trueno y gane el bueno. Mucho pendiente de contar de aquel refugio discreto y de distintos. Escondido lugar ideal para el disfrute de algunos y los negocios de otros. Allí coincidí con Miguel Barroso, al que había conocido en tiempos de Rubalcaba; después con mando en plaza en el Gobierno de Zapatero y finalmente diseñador de la nueva era de promesas de depuración, lucha contra la corrupción y toda esa cháchara social progresista de Pedro Sánchez.

Discursos cargados de promesas, repletos de incumplimientos. Sin dejar de ser escépticos se demostró que seguíamos siendo ingenuamente tontos. Con aquella tropa, y algunos allegados, se diseñó la toma del Ateneo. Bastante mortecino, sin dejar de estar en manos honradas y plurales, era cierto que necesitaba una renovación. Así lo creímos. Formamos un grupo bastante dispar en lo ideológico y manifiestamente mejorable en lo cultural. Hace meses por estas páginas conté la decepción y mentira que pronto se descubrieron y dejaron a la vista las verdaderas intenciones del nuevo equipo directivo. 

Más pronto que tarde enseñaron la patita de su conexión zapateril/sanchista —las desgracias nunca vienen solas— y el presidente designado por los nuevos ateneístas, bastantes indoctos y algunos doctos y queridos, tomaron la casa, el poder y lo pusieron al servicio de sus intereses y sus negocios. Con disimulos varios en su equipo, ejercitando el arte de la apariencia, sin información ni discusión, los muñidores eligieron presidente al candidato de Barroso, un correveidile llamado Luis Arroyo.

«Arroyo no consigue ocultar ni sus amplias lagunas, ni sus arroyuelos culturales»

Y llegaron los charcos, los malos olores, el espíritu del Abroñigal, las mentiras y negocios. Muchos de los incautos que creímos en aquella necesaria renovación, que hicimos crecer los nuevos socios, que pensamos que aquello debería tener una más dinámica existencia, nos dimos cuenta del error —troppo tardi— nos fuimos y no hubo nada. Barroso murió repentinamente. Arroyo siguió con su propio cauce. Un río que nace en la Moncloa y desemboca en un metafórico abroñigal. Entre los charcos y el fango de sus históricas orillas.

Luis Arroyo tiene mal genio, es insultador zafio, con cara de esparto, varias querellas pendientes y algunos vídeos que lo muestran como el puto amo de «[su] puta casa», tal como llamó, con testigos, al Ateneo. En fin. Opina en muchas tertulias de esas clásicas de sincronización y sanchismo. No consigue ocultar ni sus amplias lagunas, ni sus arroyuelos culturales. Como un obediente funcionario de Forges, es el portavoz «oficial» de Zapatero, el de Borges y otras historias de la infamia. ¡Hace falta valor o haberse formado seriamente en algún aula de las artes escénicas de música y letra del hermanísimo, David Sánchez! Según el correveidile, toda acusación es mentira.

Todo está podrido por los jueces, por esos malintencionados derechosos que, armados en el lawfare, se empeñan en una guerra sucia contra el progresismo y la paz universal. Hay que desconfiar de policías y guardiaciviles sospechosos de españolismo, por la fachosfera y sus periodistas. Así estamos. Menos mal que tendremos una nueva televisión que avisará de los peligros de leer, escuchar o ver cosas que no estén controladas por la cosa nostra. Que siga el espectáculo, liberemos las joyas familiares, volvamos a nuestra insoportable y genial Castafiori y escuchemos a Sonsoles, digo, es un decir, cantar la Gazza ladra.

Seamos bienvenidos a la nueva era con champán y ostras. Pedrín, tú sí que sabes —¡resiste que siempre se puede caer más bajo, creo!—. A tu reino no le hacen falta ni pajes ni Page. Mientras sigan los idus de mayo, los calores que me matan creo que me iré a Karlsbad con Goethe, un cuvée de Riesling y unos cannelloni Rossini. La danza de las chirimoyas, si eso, para otro día.

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