The Objective
Benito Arruñada

Babel sin Jerusalén

La encíclica acierta en la imagen bíblica, pero se queda corta en el programa: mucha advertencia contra Babel, poco plan para Jerusalén

Opinión
Babel sin Jerusalén

Imagen elaborada con IA. | Benito Arruñada

La encíclica sobre inteligencia artificial del papa León XIV abre con una elección bíblica: levantar una nueva torre de Babel o reconstruir Jerusalén con la paciencia de Nehemías. La elección es buena; el desarrollo, defensivo. El problema viene después: casi todo su texto se dedica a advertir contra Babel y muy poco a explicar cómo se reconstruye Jerusalén. Las primeras interpretaciones, mayoritariamente elogiosas, han pasado por alto este desequilibrio.

Ese repliegue esconde un doble error. Primero, en la propia Iglesia: la encíclica renuncia a explorar cómo la IA podría restaurar una misión católica de intermediación moral organizada y especializada, hoy débil. Segundo, en la economía: al hablar del trabajo, sigue pensando como si el empleo digno pudiera protegerse por mandato, sin molestarse en entender cómo se produce.

El Papa acierta al señalar que la IA no es neutral. Todo sistema técnico incorpora prioridades: qué mide, qué ignora, qué optimiza, qué premia, qué castiga. Una IA moral no sería una calculadora inocente. Puede reforzar sesgos y comodidades psicológicas. Puede darnos la razón con una cortesía perfecta. Puede sustituir el esfuerzo de examinarse por la tranquilidad de una absolución emocional sin coste. Puede hacer fácil lo que debería seguir siendo difícil.

La frontera entre una herramienta moral útil y un oráculo atrofiante depende de eso: la IA sirve cuando nos obliga a pensar, no cuando piensa por nosotros.

Más allá, la encíclica se detiene. Y se detiene en un punto revelador. Cuando habla de la conciencia, mira toda mediación con sospecha. En el §51 cita con aprobación a Juan Pablo II: «el respeto debido al camino de la conciencia» es «una adquisición positiva de la cultura moderna». No es protestante por doctrina, pero su arquitectura moral muestra reflejos protestantizantes: trata la conciencia como un espacio que debe protegerse de toda intermediación, no como una facultad que también necesita educación, contraste, juicio y ayuda especializada. En 245 párrafos sobre la dignidad humana ante la técnica, no aparecen ni una vez la confesión, ni la dirección espiritual, ni la casuística, ni la formación de confesores. Un papa católico que, ante la IA, razona como si la mediación eclesial fuera parte del problema y no parte de la solución. No es casual: León XIV es agustino, y fue esa veta —la primacía de la interioridad sobre la mediación— la que siglos después nutrió la Reforma.

Durante siglos, el catolicismo construyó una densa tecnología moral basada en la confesión, el examen de conciencia, la dirección espiritual, el análisis de la intención, las circunstancias, la gravedad, el hábito, la reparación e incluso la casuística, con consecuencias prosociales. Aquel esfuerzo generó abusos, como toda obra humana. Pero también produjo una forma especializada de razonamiento moral aplicado y resultó esencial en el desarrollo del tipo de individuo que define a la civilización occidental.

La encíclica habla mucho de dignidad, verdad, libertad, educación. Habla poco de esa función institucional propia y definitoria de la Iglesia: ayudar a formar el juicio moral de personas concretas en casos concretos. Y justo es ahí donde la IA podría tener valor: para asistir el discernimiento, formar al clero, ordenar casos, comparar tradiciones morales, proponer preguntas exigentes y reducir la arbitrariedad del consejo pastoral.

El Papa diagnostica bien y prescribe mal. En el §107 escribe: «No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos». Pero la respuesta que da es política. La respuesta católica clásica hubiera sido otra: aportar a esa discusión una tradición organizada de razonamiento moral que pocas instituciones del mundo conservan.

La oportunidad es mayor porque la escasez también es económica. Los servicios personales de acompañamiento y formación espiritual apenas pueden escalar sin perder calidad. Se encarecen en términos relativos mientras la industria aumenta su productividad. La Iglesia tiene menos vocaciones y menos sacerdotes formados. La IA no resuelve esa escasez, pero puede aliviarla. Sorprende que una encíclica sobre IA no se atreva a plantearlo.

El segundo error aparece al hablar del trabajo. La encíclica ve bien que el empleo no es solo renta: es identidad, responsabilidad, participación. También acierta al advertir contra una automatización que vigile o convierta al trabajador en apéndice de la máquina. Pero su diagnóstico económico es incompleto. Trata el empleo como un bien que debe preservarse, sin explicar cómo se crea. En el §163 lo formula con claridad: «en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la ‘mano invisible’ del mercado». Ahí se delata: ha decidido que la economía es un problema de orientación moral, no de incentivos.

El empleo digno no se decreta. Se produce: con productividad, inversión, capital humano, organización flexible, competencia y adaptación tecnológica. Si la automatización se bloquea o se carga de obligaciones mal diseñadas, la empresa reacciona. Sustituye trabajo por capital cuando el trabajo se encarece. Traslada costes a precios. Reduce contratación. Externaliza. Automatiza en otro punto de la cadena. O desaparece.

Proteger al trabajador no equivale a blindar su puesto. Al revés: el puesto blindado de hoy es el empleo perdido de mañana, el del joven que no entra y el del veterano que sobra. La dignidad laboral exige algo más que buenos deseos: exige entender los incentivos que sostienen el empleo.

El mismo error de subestimar la producción recorre ambos planos. En moral, no basta invocar dignidad y acompañamiento; hay que producir juicio moral, y eso exige instituciones, especialización y experiencia. En economía, no basta invocar trabajo digno; hay que producir empleo sostenible, y eso exige productividad, capital humano, inversión y mercado.

La conciencia y el empleo tienen algo en común: ambos se degradan cuando se pretende protegerlos sin entender cómo se producen.

La encíclica es eficaz como advertencia y débil como programa. Sabe decir «cuidado». Le cuesta decir «construyamos». Cita incluso a Tolkien para invitar a «hacer lo que está en nuestras manos», pero no entiende —y por eso no explica— qué está, en concreto, en las manos de la Iglesia.

Teme que la IA sustituya al hombre. Y hace bien. Pero debería temer también lo contrario: que, por miedo a sustituirlo, renuncie a ayudarlo. Durante siglos, el catolicismo entendió que la libertad humana no se defiende dejándola sola, sino formándola. Esa tradición no necesita una máquina que absuelva. Necesita instrumentos que obliguen a pensar, examinar, reparar y mejorar.

El propio Papa lo dice: Babel o Jerusalén. Pero Jerusalén no se levanta abandonando la obra. Se levanta con buenos planos y mejores albañiles. La IA ha de estar en esos planos para potenciar a los albañiles. La encíclica olvida que el bien no se predica. Se construye.

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