The Objective
Benito Arruñada

Para escucharle, enséñeme el carnet

«La entrevista española suele empezar por una ficha biográfica. No es vicio del gremio: es lo que pide nuestra manera de leer»

Opinión
Para escucharle, enséñeme el carnet

Imagen generada con IA. | Benito Arruñada

El perfil de Keir Starmer en The Guardian abre con una escena doméstica; el de Sophia Rosenfeld en Le Monde entra por la tesis del libro que acaba de publicar; el largo de Obama en The Atlantic arranca con una de sus decisiones más discutidas: la noche en que decidió no bombardear Siria pese a que el régimen había cruzado la línea roja que el propio Obama había trazado. Lo biográfico llega después, subordinado a la conversación. El lector entra por lo que está en juego, no por lo que figura en el carné de identidad.

Varias entrevistas recientes de THE OBJECTIVE arrancan con el gesto contrario: «Alma Ezcurra (Madrid, 1986), eurodiputada…»; «José Luis Martínez-Almeida (Madrid, 1975), alcalde…»; «Luis Sanz (Madrid, 1964), magistrado…». Cambia el personaje; se repite el gesto. Y no es hábito exclusivo de la prensa política ni de un único medio: la fórmula se encuentra con igual facilidad en suplementos culturales, entrevistas de estilo y revistas dominicales. Antes de que el entrevistado dé su primera respuesta, el lector ya tiene su ficha.

Este encasillado informa cuando la biografía explica el argumento: un exiliado hablando de su país, un juez de una causa que instruyó, un escritor marcado por una lengua. Por defecto, cuando el lugar y el año no explican nada, deja de informar y empieza a encuadrar.

El efecto no es moral, sino cognitivo. Los argumentos no se sopesan por sí solos: se valoran en función de quién los emite, a qué generación pertenece, con qué tribu institucional se asocian. La ficha inicial no crea esa disposición; la alimenta. Da una etiqueta antes de dar una razón, y una vez activada la etiqueta, la razón compite en desventaja. No estamos reduciendo incertidumbre: estamos ahorrando el esfuerzo de pensar. En lugar de examinar ideas, suscribimos creencias —una forma de leer más próxima al catecismo que a la deliberación. Argumentamos menos para acercarnos a la verdad que para coordinar grupos y proteger reputaciones; la ficha funciona como preasignación de bando: una vez clasificado el emisor, desplegamos o desactivamos el escrutinio. Es un engranaje ya estudiado durante cinco décadas y descrito desde otros ángulos; la ficha de apertura es su microdispositivo editorial.

No son los periodistas los responsables. El gremio lleva siglos comprobando que la fórmula funciona porque está adaptada a la demanda. Es sabido y empíricamente confirmado: los medios sesgan porque los lectores prefieren noticias compatibles con sus creencias previas; el sesgo es equilibrio competitivo, no fallo profesional. Al lector le ahorra trabajo: saber pronto quién habla permite decidir cuánta atención gastar en lo que sigue y —más importante— decidirlo antes de haber oído el argumento. La oferta se ajusta a una exigencia de clasificación previa que existía antes que el propio medio. Si el gremio prefiere esta convención a otra más exigente, no es porque sea perezoso, sino porque responde a un público que la pide, consciente o inconscientemente. Una prensa menos clasificatoria requiere lectores menos fichadores.

Todas las tradiciones periodísticas construyen personajes y seleccionan rasgos, pero unas colocan la ficha en la primera línea y otras la subordinan a la escena o a la tesis. La italiana comparte la inclinación española —«nato a…» es fórmula habitual—; la francesa y la alemana alternan registros; la anglosajona pospone la operación y deja que el argumento respire unos párrafos antes de adherirse a una biografía. La diferencia es institucional, no estilística: pertenece a familias periodísticas distintas, y el arranque (lead) anglosajón ha de enseñarse como técnica explícita al periodista que no lo trae como hábito. Además, en el sur de Europa, donde la televisión dobla o triplica la penetración de la prensa diaria, la ficha escrita codifica una preclasificación que el telediario ya consagra cada noche.

Fichar antes de escuchar no es una inocente economía de estilo: es un método de lectura. Enseña al lector a buscar primero la casilla y después el argumento, y al periodista a escribir dando por supuesto que esa es la jerarquía relevante. Si queremos otra cosa, el cambio no empezará en las redacciones. Empezará el día en que los lectores prefiramos una conversación pública donde la idea pueda examinarse por lo que vale antes de ser clasificada por quien la dice. Mientras no sea así, la ficha inicial seguirá siendo el indicio de un modo de leer, no su culpable.

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