El aplauso del rebaño
Una autoridad moral aplaudida por todos no ha dicho nada que comprometa a nadie: más que consagrarla, el aplauso unánime la delata

Imagen generada con IA. | Benito Arruñada
El Congreso, en pie y casi al completo, dedicó al Papa siete minutos de aplausos. La escena se ha celebrado como un raro momento de concordia: la Cámara más dividida de Europa, unida por una vez. Convendría leerla al revés. En una sociedad exigente, el aplauso habría sido breve, y no por descortesía, sino porque un mensaje moral serio no se ovaciona: se discute, se sopesa, se resiste. El aplauso unánime no es la prueba de que el discurso acertó. Es la prueba de que no obligaba a nada.
Aplaudir es decir «estoy de acuerdo». La pregunta es con qué. Porque el Papa dijo cosas que dividen. Defendió la vida del no nacido y del enfermo «hasta su ocaso natural», lo que incomoda a cuantos han legislado el aborto y la eutanasia. Reivindicó el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos conforme a sus convicciones, contra la doctrina educativa del Gobierno. Censuró el rearme europeo, que parte de la sala respalda. Pidió acoger al migrante, que otra parte combate. Había allí materia para que cada bancada se revolviera en su escaño. Y, sin embargo, todas aplaudieron lo mismo. Si quienes se contradicen entre sí ovacionan a coro un discurso que a cada uno le resulta en parte inaceptable, no aplauden su contenido: aplauden el gesto. Están de acuerdo, sí, pero solo en una cosa: en que el aplauso no cuesta nada.
Porque aplaudir en grupo es lo contrario de juzgar. Y no es una metáfora: es un fenómeno medido. El aplauso se propaga por contagio, como una epidemia: cada cual aplaude porque oye aplaudir alrededor, no porque haya sopesado lo que oyó. Y la ovación no termina cuando el mérito se agota, sino cuando el grupo logra coordinar su final: aplaudir es fácil; lo difícil es parar a la vez. Los siete minutos no miden el acierto del mensaje. Miden lo que cuesta dejar de aplaudir cuando nadie quiere ser el primero en hacerlo. Una sociedad que rehúye la competencia de ideas, como rehúye la competencia en todo lo demás, prefiere ese contagio cómodo al trabajo de discriminar. Aplaudir a la vez ahorra la incomodidad de pensar por separado.
De ahí el atractivo del consenso fácil. Pensar exige distinguir qué se acepta y qué se rechaza, sostener el desacuerdo, pagar el precio del conflicto. La concordia de cortesía exime de todo eso: permite suscribir sin examinar, recibir el problema moral ya resuelto, aplazar la disputa para otro día. Pero el aplazamiento tiene factura, y no la paga quien aplaude. La paga quien no estaba en la sala: el que hereda el problema que el acuerdo dio por resuelto. El conflicto evitado no desaparece; cambia de manos y casi siempre pasa a quien no tuvo voz en evitarlo. El consenso noble que tanto nos gusta es barato para quien lo firma y caro para quien lo hereda.
En el fondo opera un viejo principio: una norma solo obliga si su incumplimiento tiene coste. Un mandamiento que nadie está dispuesto a hacer cumplir, y que no exige renuncia a quien lo escucha, es retórica, no precepto. Un mensaje que reconcilia a adversarios irreconciliables sin pedir a ninguno que ceda nada no es un mandato: es un bálsamo. Y lo preferimos así. No reclamamos una autoridad moral que nos divida señalando lo que hacemos mal, sino una que nos absuelva sin penitencia, que bendiga la concordia sin exigir reparación. Una moral sin programa que diga «mirad» y nunca «cambiad». El aplauso es esa demanda satisfecha: la ovación de quien sale del acto tan tranquilo como entró.
«Una sociedad que rehúye la competencia de ideas, como rehúye la competencia en todo lo demás, prefiere ese contagio cómodo al trabajo de discriminar»
El Papa, que venía a interpelar, pudo marcharse perplejo: lo aplaudieron precisamente quienes no pensaban cumplir una sola de sus palabras. No es culpa suya. Es el espejo de una sociedad que ha aprendido a confundir la emoción con el juicio y el aplauso con la adhesión. Aplaudimos a coro nuestra propia moral porque así nos ahorramos el trabajo de tener una. Y un país que ovacionó tanto la palabra de la concordia confiesa, en el mismo gesto, que no piensa seguirla.