The Objective
Javier Rioyo

La tauromaquia, esa anomalía

«El toreo es cultura antropológica. No es de ministros ignorantes ni para ponerse a España por montera. Durante la faena soy yo con mi silencio y mis comentarios»

Opinión
La tauromaquia, esa anomalía

Ilustración generada mediante IA.

«Torear es desengañar al toro, no engañarlo.
Burlarlo, que no es burlarse de él»


José Bergamín

Hace tiempo sé que somos minorías contumaces, insistentes, defensivas, que se siguen enfrentando a las persecuciones de animalistas, intransigentes, ideologizados y otros bien pensantes empecinados en meternos en chiqueros, manadas obedientes a los mansos bueyes y terminar camino al matadero. Los que amamos la tauromaquia estamos atrapados por nuestras pasiones y defendemos nuestra anomalía a contracorriente. Parando, templando y mandando en nuestra afición. Somos bravos no humillados; nos enfrentamos a puerta gayola —aunque no seamos genuflexos— a mayorías que nos quieren extinguir. Somos esos de la inmensa minoría, los empeñados en no perder nuestro lado salvaje, hermoso y estético de la muerte en el ruedo ibérico. 

¿Quién dice que las mayorías tienen la razón? Un aficionado a los toros y toreros, a la fiesta y el drama, como fue Jean Cocteau, nos advertía: «No se debe confundir la verdad con la opinión de la mayoría». El toreo es un arte verdadero, mortal de necesidad, sangriento, y lleno de trampas, y engaños o desengaños, como quiere Bergamín. Un arte de birlibirloque. Inexplicable, sorprendente y fugaz. Un saber moverse y saber parar.

El toreo es cultura antropológica. No es de ministerios culturales, ni de ministros ignorantes, ni para todos los públicos. Es un vértigo transgresor. No de mayorías vociferantes, ni de bocatas, ni de beodos, pachangueros ni de exaltados. No es de gritos, ni de ideologías. No es de extremos, ni de extremistas de banderazos. No es para los que chillan, ni para los que se envuelven en símbolos. No es para ponerse a España por montera. Ni siquiera es de pasodobles que nos despistan, nos entretienen mientras estamos acudiendo a un enfrentamiento que no necesita timbales ni clarines. Durante la faena soy yo con mi silencio, con mi queja y mis comentarios, también.

No soy un monje de san Bruno, pero no me hace falta que suene la música mientras toro y torero se están midiendo, se están preparando para un final que es hermoso por dramático. Me gustan los pasodobles, la música de la fiesta y el paseíllo. Me emocionan timbales y clarines que anuncian la representación. La algarabía, la juerga, el alboroto y la alegría que no se calla es para después de la muerte, para el triunfo del toreo y la felicidad de los que han visto faenas llenas de verdad, de silencio, de música callada. Un respeto que estalla en feliz griterío cuando el toro ha muerto en la plaza después de la lidia, tras la final estocada. Pongamos que hablo de Madrid. Toreo sin gaitas. Así es si así os parece.

Dos libros recientes y una revista taurina me acompañan en estos días de las celebraciones isidras. A lo largo de un mes en la Monumental de Las Ventas se reúnen miles de aficionados pensando en disfrutar y sin olvidar las tardes para lamentarse. Volver, hacer renacer ese deseo de asistir a momentos de belleza que son difíciles de transmitir y que, sin embargo, han dado grandes páginas de nuestra literatura, poesía o ensayo. Palabras que siguen siendo un refugio de leyendas de la tauromaquia, de toreros legendarios, de toros inolvidables por su bravura, de melancólicas ensoñaciones o vívidos recuerdos de nuestros días de tauromaquia.

«Jean Juan Palette es un francés/español, ilustrado y gran escritor. Valiente sin bravuconería, como los mejores toreros»

El libro de Jean Juan Palette Cazajús, Los toros entre la reverencia y la ansiedad, es uno de los más importantes publicados de ese género de la tauromaquia que uno ha podido leer. Además de un libro de un aficionado, de un apasionado de esa verdad que se esconde entre el rito y el mito, es un libro de reflexiones filosóficas, de repaso a algunas de las más inolvidables figuras, de los escritos y elucubraciones que se han sucedido a lo largo del tiempo en torno a este antiguo juego de tanto peligro. A Palette lo recordamos de las noches en el Café Central, entre la música de jazz que supo exportar a Madrid desde las cavas de París.

Fue el creador de ese espacio de la música del siglo XX que siempre nos acompañará. Tardes de toros y noches de música de jazz, una extraña y muy cercana pareja para algunos. Palette es un francés/español, ilustrado y gran escritor. Valiente sin bravuconería, como algunos de los mejores toreros de nuestras mitomanías. Con él leemos: «La tauromaquia será todo lo que uno quiera, pero no es en absoluto una cosa normalita, apoltronada en los dominios de la cultureta. Muy al revés, y previamente a cualquier consideración ética o estética, la tauromaquia constituye una excepcional anomalía. ¿Cómo podría reducirse a una práctica cultural cualquiera esta improbable, sangrienta y peligrosa ritualización de la particular etología acometedora de un animal? Esta inaudita convocación, provocación y al final advocación de la muerte… La corrida de toros solo cabe en un espacio vertiginoso, transgresor y profundamente indigesto para la mayoría».

Se recorre parte de lo esencial de la tauromaquia, mal llamada nuestra Fiesta Nacional. No lo es y creo que nunca lo fue. El lancear y matar al toro sin duda pertenece a nuestra cultura desde los primeros asentamientos. Nada, poco, que ver con la tauromaquia de Pedro Romero, con la de aquellos primeros toreros que usaron la muleta y el estoque. Los matadores de toros del siglo XVIII son los que sientan las bases de nuestra lidia. Rectificada y evolucionada en las suertes, en la defensa del caballo, en el estilo y en las geniales variaciones que algunos nombres de nuestra leyenda taurina van introduciendo. Un mundo de normas, de reglamento, de estructurada manera de lidiar. Esa es nuestra cultura; en ella nos miramos desde el cumplimiento ortodoxo hasta el triunfo de muchas heterodoxias, de maestros de largas cambiadas sin prisas ni pausas.

Poco antes de ser asesinado, Lorca, que tanto amaba y disfrutaba con la fiesta, declaró en diálogo en El Sol con Luis Bagaría: «Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y su mejor bilis. Es el único sitio adonde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza. ¿Qué sería de la primavera española, de nuestra sangre y de nuestra lengua si dejaran de sonar los clarines dramáticos de la corrida?»

«Otro libro de amor y pasión a la tauromaquia está escrito por Carlos Abella, ‘El verano sangriento de Hemingway’»

Por imposición política, por decreto de los que no saben, de esas minorías nacionalistas que están en contra de las «inmensas minorías» taurinas, hace tiempo han dejado de sonar en una parte de España. En Cataluña no suenan los clarines. En el País Vasco corren peligro a pesar de la histórica resistencia de Bilbao y otras plazas. Ni en Canarias, ni en Galicia estuvieron de forma importante. Aunque cada año demuestra su implantación e importancia en Galicia la abarrotada plaza de Pontevedra y su feria de Agosto.

Entre nosotros, el oportunista y sablista de Godoy, en connivencia con el pusilánime Carlos IV, estuvieron a punto de prohibirla. Nos salvó un francés, también de mucho oportunismo y gran olfato, José Bonaparte. Los intelectuales divididos. Ortega partidario y aficionado a hacer toreo de salón con sus amigos, según recuerda Gerardo Diego, demostrando cómo era el toreo de Lagartijo: «Se puso en pie, y con la cumplida servilleta larga de antes de la guerra, dibujó con garbo de estirpe de Ortegas una larga lagartijera, echándose el trapo al hombro para volver majestuoso a la mesa». Esta, además de otras sorpresas como la foto de Unamuno atento en el ruedo, están en el libro de Palette. Un texto de ovación y dos orejas.

Otro libro de amor y pasión a la tauromaquia, a la fiesta y el duelo, a la rivalidad y la literatura, está escrito por Carlos Abella, reconocido maestro, gran aficionado, amigo de algunos de los más grandes del toreo, que nos hace un recorrido personal, documentado y emotivo por uno de los imprescindibles nombres de la literatura, Ernest Hemingway, responsable de la mayor difusión de una fiesta que hizo universal. Abella recorre aquel mítico verano peligroso, un duelo apasionante de dos titanes como fueron Dominguín y Ordóñez, en su libro El verano sangriento de Hemingway.

«Todavía quedan algunos lugares que conoció y disfrutó Hemingway en Madrid»

Todavía quedan algunos lugares que conoció y disfrutó Hemingway en Madrid. No muchos y muy transformados. Excepto ese ilustrado garito donde el tiempo está detenido, esa rareza que se preserva en el Madrid de Ernesto —el bueno, de este otro perseguidor no quiero ni hablar—, la taberna La Venencia. Allí sigue, en la calle de Echegaray, tal y como la conocieron Hemingway y sus amigos. Refugio para el jerez, la manzanilla, el amontillado, el oloroso o el palo cortado —ni otros vinos, ni cerveza, ni agua— donde me encuentro con amigos de la vida y la tauromaquia, del arte de beber y vivir.

Allí Jacobo Gavira, pintor, ilustrador ilustrado y aficionado a toros, toreros y tertulias, se reúne con los mantenedores de esta fe, de este perseguido arte, que mantienen y explican en una revista ejemplar que dirige José Campos Cañizares, mantenedor de una Tertulia Internacional de Juegos y Ritos Taúricos. Insólita, valiente, libérrima revista, apasionada y crítica con un mundo que se resiste a desaparecer. Rebeldes con causa que escriben, protestan y avisan desde este tendido periodístico llamado Tertulia de toros.

«Una tauromaquia sin muerte es un Estado sin nación. Es pagar por ver torear de salón en el redondel del Tribunal Constitucional».

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