La excepción del torero
«A nuestra mentalidad democrática la diferencia que se marca en la ceremonia del toreo, la superioridad manifiesta del que se expone sobre los que miran, no le gusta»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Publicaba el otro día en El Mundo Zabala de la Serna (a quien no tengo el gusto de conocer) una entrevista memorable con los toreros Antonio Ruiz Espartaco, veterano, retirado, y su ahijado Borja Jiménez, ambos nacidos en Espartinas, el uno en 1962 y el otro 30 años después. Las fotos de José Aymá sobrecogían, los retrató en un estado de gravedad total. Estampas de hombres que viven al borde del precipicio y al mismo tiempo no descuidan el cuidadoso afeitado cotidiano ni ajustarse bien el nudo de la corbata.
Escribo bajo la impresión de esa lectura, aunque sobre el toreo, su arte, su ceremonia, ya dijo todo lo que hay que decir Manuel Arroyo Stephens (el autor de aquel panfleto tan divertido Contra los franceses), en dos libros sensacionales, La muerte del espontáneo y sus memorias Pisando ceniza, donde entre otras cosas del mayor interés cuenta sus viajes de domingo por las provincias de España con el poeta José Bergamín. Arroyo conducía y el poeta le iba dando palique. Aficionados los dos a la llamada «fiesta», seguían al torero Rafael de Paula de plaza en plaza de toros. Era una rutina, una rutina de constante persecución de lo sublime.
Hablamos de ceremonias domingueras, pero no es lo mismo esto que ir a misa o al cine o al fútbol. Todo es ritual y tiene arte, pero estas son ficciones o símbolos, y aquello otro es la pura verdad. Estaba estupendo, pinturero y conmovedor Gary Cooper en Solo ante el peligro, llevaba la angustia y el presagio de la tragedia impresos en el rostro, pero no vas a compararle con Morante o con Roca Rey, ¿verdad? Aún hay clases.
Aunque, como acabo de decir, Arroyo Stephens ya lo dijera todo sobre este tema, hallándome yo ahora de un humor vago y honesto y digresivo me da por rumiar esa entrevista y este asunto de la excepcionalidad, ligado a la superioridad de un hombre sobre los demás que lo miran desde la barrera (y por cierto que algunos son tan primarios que si no les gusta lo que ven tienen el cuajo de abuchear). El traje de seda de colores salpicado de alamares y dorada pasamanería viene a confirmar esa distancia. Tan palmaria que tiene que reconocerla también, en el fondo de su conciencia, cualquiera con dos dedos de frente, incluso los que quieren suprimir el toreo, enviar a los toros bravos a la extinción y a los matadores a jugar con la consola.
Ese hombre con su colorido traje, más que anacrónico intemporal, sale voluntariamente —o, si no existe el libre albedrío, empujado por la fatalidad— de la llamada «zona de confort» a lo inconcebible, o a lo demasiado fácilmente concebible, y en medio de un círculo de gente civil e indiferenciada, bien a resguardo.
«Está en la lógica de los tiempos que la antigua plaza de toros de las Arenas de Barcelona se reconvirtiese en centro comercial»
A nuestra mentalidad democrática, igualitarista, esta diferencia que se marca en la ceremonia del toreo, esa superioridad manifiesta del que se expone sobre los que miran, no le gusta; es más, le ofende. Cosa que no pasa con otra clase de espectáculos. Las estrellas del rock también visten raro y también son contempladas, pero es que los espectadores sienten que en el fondo ellos podrían hacer lo mismo: la diferencia es casual, fortuita.
En otra entrevista memorable, un año antes de que en la plaza de Colmenar Viejo se cumplieran con exactitud sus peores presagios, dijo El Yiyo: «La muerte la llevamos en la cara todos los toreros. Pienso que un cuerno me va a arrancar el corazón. ¿Qué más da? Mejor morir de una cornada que en la M-30». Está en la lógica de los tiempos que la antigua plaza de toros de las Arenas de Barcelona se reconvirtiese en centro comercial, pasando de ser arena del coraje a palacio de la bagatela.
Tras leer el periódico, lo tiré a la papelera, pero no sin antes apuntar en la libreta una frase que me llegó al alma. Preguntaba el periodista al torero Jiménez por la posteridad, qué huella quiere dejar cuando haya dejado atrás esas «tardes de soledad». Y Jiménez responde: «Quiero que me recuerden como una persona normal y agradable».
Hombre, no, eso es imposible.