The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Los gimnasios y las novelas

«Veo un correlato entre la moda del gimnasio y la decantación temática de la novela en los últimos años, si no décadas, hacia lo autobiográfico»

Opinión
Los gimnasios y las novelas

Imagen creada con inteligencia artificial.

En la esquina de tu casa han abierto otro gimnasio. ¿Te has fijado? ¿Te has fijado en que cada vez se ve más gente atlética por la calle, o en que los camareros de la cafetería, que van en camiseta, muestran unos brazos muy musculados, signo evidente de que levantan pesas?

Abren gimnasios por todas partes, para atender una demanda creciente entre la juventud, a la que se está sumando ya una clientela entrada en años, ya que desde hace algún tiempo médicos, gerontólogos y toda clase de especialistas en el cuidado y la preservación de la salud física y mental están insistiendo en la tesis de que a partir de cierta edad le conviene a todo el mundo, para prevenir la senilidad y la osteoporosis, no solo, como se decía hasta ahora, caminar por lo menos seis kilómetros al día, y caminarlos no de cualquier manera, sino con paso vivo, sino también practicar lo que llaman «ejercicios de fuerza».

O sea, levantar mancuernas y pesas y usar esas máquinas aparatosas que tienen los gimnasios y que, cuando están vacíos, les dan un aire extraño, a medio camino entre mazmorra de la Santa Inquisición y paisaje robótico, alienígena, poshumano. «Para prevenir el alzhéimer, no resuelva sudokus: levante pesas». Etc. Parece que ese camino de esfuerzo y sacrificio sea la panacea universal.

¿El gimnasio? ¡Buena idea! En consecuencia, se abre un local nuevo en cada calle y, entre ellos, una gran competencia en precios, horarios y disponibilidad de máquinas sacrificiales. Basic Fit. VivaGym. SynerGim. AltaFit. DreamFit, MacFit, GoFit, Planet Fitness. El nuevo gimnasio durante unos meses permanece casi vacío, al cabo de poco tiempo se va llenando y pronto se van formando colas ante las máquinas más solicitadas y a la puerta de la sala de spinning, donde se suda a chorros subidos a las bicicletas estáticas, pedaleando, ajustando la velocidad y resistencia a las órdenes que grita un monitor conmovedoramente entusiasta, con urgencia imperiosa respaldada por una música atronadora, fuertemente rítmica, para que el campo mental de los pupilos se cierre a la duda o la tentación de flaquear y todos piensen exclusivamente en pedalear y pedalear, no descolgarse del grupo.

Salen todos exhaustos, jadeantes, con la cara y la camiseta empapadas de sudor, en la mano la toalla mojada, salen muy contentos, el derrame de endorfinas por sus neuronas y sinapsis les hace dichosos y, además, está la satisfacción de haber adelgazado unos gramos y haberse fortalecido haciendo algo objetivamente bueno cada uno para sí mismo.

«La ficción pura se refugia en el cine y en las series, en las novelas se impone el yo del narrador y sus cuitas»

—Hoy el profe nos ha dado caña, ¿eh?

En la vida como en la literatura: veo un correlato entre la moda del gimnasio y la decantación temática de la novela en los últimos años, si no décadas, hacia lo autobiográfico. La ficción pura se refugia en el cine y en las series, en las novelas se impone el yo del narrador y sus cuitas. Ahora cuentan lo difíciles y dolorosas que han sido para el autor sus relaciones con sus padres, o superar la ruptura con un novio narcisista, o las propias adicciones, la desdicha de su infancia, lo mucho que le ha costado escribir, por fin, la misma novela que estás leyendo.

—Y a ti, eso te parece bien o mal?

—Ni bien ni mal. Constato lo que veo. El auge de los gimnasios y de la literatura confesional, para la que es relativamente fácil lo de la «suspensión de la inverosimilitud», pues cada uno cuenta su propia historia. En la novela, ya muy explotado el filón de lo dominante y tiránico que era papá y lo sumisa, patética y decepcionante que era mamá, espero para el curso que viene un aluvión de relatos sobre los hermanos y hermanas (¡a cuál más pintoresco!) de los narradores, y luego, pues… sobre los cuñados.

«Se escribe la propia vida, se esculpe el propio cuerpo»

—Vale, es verdad, bien visto, pero ¿eso qué tiene que ver con el auge de los gimnasios?

—Todo. Verás: alguien muy inteligente dijo que la literatura, como todo, está sujeta a la ley del mercado. Los narradores no tienen ninguna nueva mercancía de conocimiento del mundo y su sentido que vender, de manera que llevan al mercado lo único que tienen: su propia intimidad.

De la misma manera, nos apuntamos al gimnasio, donde uno tiene la posibilidad de controlar algo de su vida: su propio cuerpo, y asistir al proceso con el que sus esfuerzos, que en todos los demás campos de la vida son baldíos y sin esperanza, son efectivamente recompensados. Se escribe la propia vida, se esculpe el propio cuerpo.

—No lo veo. Me parece un poco traído por los pelos.

Todo está un poco traído por los pelos.   

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