The Objective
José Antonio Montano

El zen de los sesenta

«Con sesenta ya no se está para bromas. La historia casi parece una frivolidad: luchas de poder, asaltos, matanzas, exterminios; cosas todas de gente baja»

Opinión
El zen de los sesenta

Ilustración generada mediante IA.

Acabo de cumplir sesenta años: una edad catastrófica, absolutamente anticlimática. Sé que peor que cumplir años sería no cumplirlos, pero el azote no duele menos por ello. La crisis, en verdad, se va renovando década tras década. Yo creo que estoy tocado desde que cumplí los diez. Pero aquello no era nada: después vinieron los veinte, los treinta, los cuarenta, los cincuenta. Como si un gánster me estuviese dando un puñetazo cada vez en una mejilla, con oscilación de la cabeza igual que en los tebeos o en el cine. A los sesenta se está irrevocablemente sonado.

Cabe tomárselo con cierta deportividad, como Cioran en uno de sus mejores aforismos: «Mi misión es matar el tiempo. La misión del tiempo es matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos». Pero en ese navajeo solo podemos hacer chistes que caducan. Terminaremos fatalmente con el íntimo cuchillo en la garganta. Sea cual sea la mitad del camino, con sesenta ya se está en el declive. Como el esquiador de Moreno Villa: «Por el silencio voy, por su inmensa ladera, / en un fino deslice veloz y sin cesura».

Lo que tengo es la urgencia de trabajar. Yo he vivido la vida al revés: la empecé por la jubilación, en la que gasté mi juventud y mi prolongada madurez adolescente; con una indolencia por lo demás fastuosa (aunque sin un duro). Ahora se trata de currar un poco. Una senectud productiva es mi aspiración. Total, lo demás ya da igual. Hay que dejar al menos algunos frutos. En mi caso solo pueden ser frutos escritos. Lo concibo como una tarea de origen ético, pero con efectos estéticos, o esteticistas: escribir ahora que ya no hay lectores.

Cuando cumplí cincuenta años tuve conciencia de que se trataba de una edad histórica. La unidad de medida de la historia es, por convención, el siglo. Con medio siglo uno puede hacerse cargo de la historia por su propia experiencia, por su propio cuerpo. Proyecta una duplicación y ya sabe lo que es el siglo IV, el siglo XV o el siglo XIX. O ajusta una porción que ya conoce: lo que dura una guerra, lo que dura una dictadura, lo que dura una revolución. Se pueden establecer paralelismos vitales. Años de cárcel o de exilio, uno comprende lo que son en términos de vida.

«Hay que aprovechar esta cifra ominosa (¡la cifra de los relojes!) para salir del círculo vicioso del tiempo»

Con sesenta ya no se está para bromas. La historia casi parece una frivolidad: luchas de poder, asaltos, matanzas, exterminios; cosas todas de gente baja. Es la ocasión de asumir el consejo de Ricardo Reis: «Siéntate al sol. Abdica / y sé rey de ti mismo». Es una edad que llama a la superación de la historia en uno, a darles prioridad a otras cuestiones. Aunque la historia siga actuando y, en general, fastidiando. Pero definitivamente uno tiene que dejarle la historia a sus criados. (Estos no existen, pero lo importante es la actitud.) 

Mi pesadumbre ante el fatídico cumpleaños logré aligerarla con una fórmula que me vino en una de mis contemplaciones marítimas: El zen de los sesenta. Frase eufónica además. Hay que aprovechar esta cifra ominosa (¡la cifra de los relojes!) para salir del círculo vicioso del tiempo. Del tiempo marcado, quiero decir: cambiar el acribillamiento de fechas y horas por el flow (un fluir no incompatible con la tarea).

Simplemente, ya no hay que contar más. Se acabó lo de contar. El resto de vida o posvida hay que vivirlo (o posvivirlo) de otro modo. Hay un haiku de Shiki que lo dice muy bien, muy zen: «Yo las barría, / y al fin no las barrí: / las hojas secas».

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