The Objective
Carlos Granés

Los héroes nacionales

«Mientras en la historia oficial de las naciones los mausoleos refulgen, en la historia real todo huele a muerte y a hechos consumados»

Opinión
Los héroes nacionales

Imagen generada con IA.

Hay una necesidad humana imperante, muy viva, de sostener un vínculo con los muertos y los antepasados, casi una pulsión fantasiosa que nos obliga a creer que gente que vivió en otra época y que fue forjada a la luz de otros valores, guarda un parentesco que nos explica y nos define, incluso que nos provee de eso que llamamos identidad. Esa urgencia se explica porque toda comunidad humana necesita verse reflejada en el espejo del tiempo, sentir que no es un azar o una contingencia y que su linaje está muy bien asentado en el barro de la historia. Y aunque esa ansiedad se expresa en todas partes y en todos los tiempos, tal vez fue durante la modernidad cuando se manifestó con más contundencia.

Esa gran obra de la imaginación decimonónica, las nacionalidades, se forjó no solo rescantando a los muertos, sino cubriéndolos de brillo, endiosando a seres de carne y hueso cuyas gestas ya no eran solo hechos del pasado, sino un ejemplo moral, un mito heroico o un ideal político para el presente. Ese fue el rito nacionalista por excelencia del siglo XIX: abrir panteones nacionales e historizar con exceso de retórica y pompa, limar las sombras de los próceres y permitir que la imaginación patriótica los acabara transformando en símbolo, en nuestros padres, o como dicen los mexicanos cada 16 de septiembre, en los héroes que nos dieron patria.

Pero si uno examina con rigor las hazañas de todos estos mortales, lo que se encuentra es un expediente plagado de excesos e injusticias, incluso de crueldades y de pasión sectaria. Mientras en la historia oficial de las naciones los mausoleos refulgen, en la historia real todo huele a muerte y a hechos consumados. A Bolívar, convertido con el tiempo en el Libertador de Colombia, se le ordenaba en el Argos de la Nueva Granada del 26 de febrero de 1815 que controlara a sus tropas y dejara de asesinar a los prisioneros españoles. Tanta desconfianza producía el general venezolano, que en Cartagena no se le suministraron armas y ni siquiera se le abrieron las puertas de la ciudad. Para 1827, sin embargo, un autor nacionalista ya lo había convertido en el héroe por antonomasia de la historia colombiana.

Algo parecido les ocurrió a los demás libertadores. El cura Hidalgo promovió una atroz matanza en la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, y ni sus campañas ni las que lanzaron sus pares en el resto del continente estuvieron libres de excesos y de arbitrariedades. En su momento todas estas injusticias causaron horror, pero con el tiempo llegaron los cultores de la patria a limpiar las salpicaduras de sangre de los pedestales. 

No solo ocurrió con las independencias americanas. A los conquistadores de América, que a la postre reafirmarían cierto nacionalismo español, tampoco se les vio muy bien en su tiempo. Ni a Colón, que regresó a España de su tercer viaje a América esposado, sin su título de gobernador de las Indias y acusado de arbitrariedad y autoritarismo, ni a Hernán Cortés, que en 1526 dejó de ser gobernador de Nueva España por acusaciones de desobediencia al rey y de tiranía. Como cuentan Jorge Cañizares-Esguerra y Adrian Masters en su revelador libro The Radical Spanish Empire, a Cortés se le acusó de torturar a los líderes nativos, de masacrar a los plebeyos, de blasfemar y hasta de asesinar a sangre fría a su esposa, Catalina Suárez Marcayda. Nada de esto quedó sin sanción. Al contrario: Cortés fue sepultado por el papeleo legal de la Corona, que atendió las demandas y las acusaciones de sus rivales y víctimas.

Convertir a seres con sombras en fuente de luz patriótica puede servir para revitalizar identidades nacionales, pero antes hay que convertir la historia en ficción y obliterar acontecimientos que pueden resultar mucho más interesantes. Por ejemplo, el hecho de que la Monarquía hubiera obligado a Cortés y a los demás conquistadores a rendir cuentas de sus actos infames. La Corona, cuentan Cañizares-Esguerra y Masters, quiso que en América se replicara un orden señorial regido por los conquistadores, y acabó creando un sistema legal y burocrático que le permitió a los indígenas y a los plebeyos rebelarse mediante demandas y peticiones. Si se busca algo de lo cual sacar pecho desde España, esta es una mejor pista que las gestas remotas de hombres de espada y cuchillo, con visiones, valores e ideales que ya nada tienen que ver con los de nuestro mundo.

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