The Objective
Carlos Granés

Realismo brutalista

«Civilizar es arduo y difícil, requiere tiempo y refinar las capacidades intelectuales, mientras que desandar ese proceso resulta bastante fácil, más con las redes sociales»

Opinión
Realismo brutalista

Ilustración generada con IA.

Entre las noticias falsas y los delirios conspiranoicos que tanta tinta han hecho correr, hace un tiempo asoma en nuestra perpleja sociedad una nueva forma de escepticismo. Se percibe en la constante alusión a la película The Matrix, esa trama fantástica en la que los humanos son esclavizados por máquinas inteligentes, que, a pesar de haber sido un hito generacional y una magnífica historia futurista, tuvo el pernicioso efecto de crear una metáfora facilona del engaño manufacturado. Hay quienes viven en la mentira que promueve el sistema, la sociedad, los intereses internacionales o las fuerzas oscuras, viene a decir la fábula, y hay quienes deciden tomar la pastilla roja y convertirse en la tribu renegada que ve lo que hay detrás de la matriz, la verdad desnuda, la realidad bruta. Lejos de ser metódico, este nuevo escepticismo es el perfecto aliado de la mentalidad conspiranoica: duda de lo más obvio y cree en lo más absurdo, como si darle veracidad a invenciones de última hora y mostrar recelo hacia las disciplinas, conocimientos, normas y rituales civilizatorios depurados con el tiempo fuera una prueba de inteligencia y de ventaja adaptativa.

Toda fricción con el medio social, toda insatisfacción, toda distancia entre los anhelos y los logros se explica con la metáfora de marras: la matriz está diseñada para favorecer a los otros y joderme a mí. Las reglas inhiben, las ficciones sociales domestican las fuerzas y capacidades y le ponen las cosas fáciles a los demás, nunca a los míos. Los redpillers intuyen que el sistema está trucado y que lo sensato es deshacerse de él, romper con todo condicionante social e ir en busca de la verdad que yace más allá de los fraudulentos marcos de la matriz. Y lo que encuentran en ese erial es siempre lo mismo: la confirmación de que la sociedad los ha enredado con sus ideales normativos, sus rituales, sus valores humanistas y sus formas de comportamiento mansas que los distancian y alejan de la realidad bruta, del mundo real donde solo cuentan la fuerza física y el poder que da el dinero. 

La «manosfera», esa nueva comunidad de esteroides, redes sociales y criptomonedas, ha asimilado estas ideas para volver a promover una idea simple de masculinidad: lo que nos aleja de la realidad biológica es matriz, engaño; la verdad son los músculos y las cuentas corrientes, el estatus y el poder de imponerse y mantener. Pero no es solo en este campo donde el realismo brutalista se manifiesta. Se trata más bien de una manera de entender todas las relaciones humanas, entre sexos, entre pares, entre naciones; también las interacciones económicas, profesionales o políticas, donde el más fuerte manda y el débil obedece, y todo refinamiento civilizatorio que promueva la cooperación, el respeto mutuo, la igual dignidad entre sexos o razas, el ajuste a la legalidad y a principios universales como los derechos humanos, no es más que un artificio.

Y sí, no hay por qué negarlo, todo esto es ficción, un invento imaginativo al servicio de la convivencia y de la creación de una imagen moral del ser humano que conjure y amortigüe sus peores instintos y apetitos. Un trabajo de siglos y en el que han intervenido las mentes más sofisticadas de la especie, cuyo propósito ha sido pulir esa noción filosófica de vida buena, de una existencia con sentido que no se agote en la acumulación y la dominación. Pero el éxito político y social de personajes que exhiben sin inhibición su simpleza moral y su mal gusto, la noción de éxito económico como virtud, el tribalismo como coordenada moral, la vanidad personal y el chovinismo patriótico como ideal, el recelo al diferente y la carga contra el débil como muestra de rectitud y vitalidad, han puesto de moda el realismo brutalista. 

Esa minoría, que no es selecta sino vulgar, exhibe sin pudor el espectáculo de su riqueza y de su poder, dando a entender que el aprendizaje moral de la humanidad, la formalización de las democracias y de los sistemas legales que regulan las relaciones entre países son una mentira. La política es una cuestión de amigos y enemigos; las relaciones internacionales, una lucha por los recursos naturales y las zonas de influencia; la economía, un juego de suma cero donde solo hay ganadores y perdedores; la vida afectiva, un mercado sexual donde triunfa quien ha creado valor y tiene más estatus. Es la minoría que ha tomado la pastilla roja y ve la crudeza del mundo, la lógica cruda que rige las relaciones humanas, y cuya prédica tiene los efectos de una profecía que se autocumple. 

Civilizar es arduo y difícil, requiere tiempo y refinar las capacidades intelectuales, mientras que desandar ese proceso resulta bastante fácil, más con las redes sociales. Basta con despreciar las normas y los principios que se han decantado con el tiempo. Basta con dejar de creer en la posibilidad de la mediación de las leyes y los tratados, de la cooperación, la integración y el entendimiento. Basta con asumir que la matriz es una farsa, hacer una exhibición impúdica de amoralidad y poder. Basta con asumir que la bruta realidad exige, para adaptarse y triunfar en ella, un realismo brutalista.  

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