Reaccionarios creyéndose progresistas
«Se dice posmoderna, pero tiene reflejos reaccionarios y nostalgias premodernas. Y los políticos que incuba son cualquier cosa menos progresistas»

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El siglo XX fue un despeñadero por el que era recomendable transitar con un buen equipamiento filosófico. Los gulags, Auschwitz, Hiroshima, los movimientos anticolonialistas, las consecuencias climáticas y vitales de la industrialización y de la burocracia fueron grietas peligrosas por las que era fácil resbalarse. A muchos intelectuales y políticos les ocurrió: sintieron el vértigo de la historia y la ambivalencia de los votos modernos, y con los reflejos afectados por el desencanto perdieron el equilibrio y arrastraron con ellos al proyecto ilustrado. Risco abajo se fueron el ideal de emancipación racional, el horizonte universal de la ética occidental, la fe en el progreso, en la técnica y hasta en la ciencia, y el golpe lo resintieron quienes más habían apostado por la materialización de estas promesas, entre ellos los liberales, los socialistas utópicos, los socialdemócratas, los marxistas clásicos y hasta los anarquistas.
Todos ellos habían surgido a la vida política en oposición al Antiguo Régimen, defendiendo la posibilidad de liberaciones individuales o colectivas a través del avance educativo y científico, de la secularización, del igualitarismo, del universalismo moral y jurídico que concebía la ciudadanía en términos abstractos, no como un derecho adquirido por la pertenencia a un territorio o a un estamento. Por eso, al toparse en ese risco peligroso con tantas calamidades que parecían ser el resultado directo de un rasgo de la Ilustración llevado a su extremo —el universalismo moral convertido en colonialismo político, la racionalidad técnica aplicada en campos de exterminio, la emancipación y creación de hombres nuevos como excusa del despotismo y del encierro en toda suerte de prisiones destinadas a evitar la disidencia— perdieron el equilibrio y de la caída se levantaron con otro semblante.
El liberalismo made in USA se había convertido en un wokismo identitario, poco dispuesto a defender la autonomía y los riesgos de la libertad, más propenso a salvaguardar las autoestimas heridas en claustros identitarios de muros altos y portones con tranca. Y la izquierda, socialdemocracia incluida, insatisfecha con la clase obrera, buscó nuevos actores revolucionarios y nuevos sujetos a emancipar, y muchos los encontraron en los revolucionarios tropicales y en los nacionalpopulismos latinos, o en las disidencias y minorías sexuales y raciales. La ciudadanía abstracta les resultó aséptica y fría, y en el nacionalismo reaccionario encontraron una fuente de reivindicaciones y reclamos más acordes con su nueva personalidad. En ocasiones les llegó a parecer seductor el mundo premoderno del saber ancestral indígena, la comunidad pequeña y las tradiciones vernáculas, y a pesar de aborrecer la religión católica, se vieron de repente conmovidos y en respetuosa comunión con cualquier creencia, rito y religión chamánica o culto nativo.
Con el tiempo habían dado un viaje circular para acabar abrazando todo lo que la revolución moderna había condenado. Prefirieron la empatía a la fría ecuación de la ciencia, y determinaron que si el conocimiento no nos hacía más justos, entonces era defectuoso y hasta nocivo y peligroso. De la misma forma, mejor era decrecer económicamente que prosperar, y el sentido común empezó a preferir el freno a cualquier desarrollo que rompiera la armonía humana con el medio ambiente. Los pueblos, las identidades y la cohesión comunitaria ganaron posiciones frente a la autonomía del individuo, que desde entonces fue mero egoísmo o ambición desmedida, o en todo caso fragilidad, drogodependencia o vulnerabilidad ante el poder. Ya no había que decir «no» ni resistirse a la presión grupal, máxima aspiración del rebelde moderno, sino seguir al rebaño y sentirse parte de una comunidad de destino.
Los nombres de todos estos fenómenos políticos prevalecieron —izquierda, liberalismo made in USA, socialdemocracia—, pero en la práctica habían abandonado el proyecto ilustrado para reivindicar todo aquello en contra de lo cual habían nacido. Su utopía fue entonces reaccionaria: descolonizar las mentes y privilegiar los saberes ancestrales, aferrarse a las heridas y a las humillaciones para cohesionar identidades sexuales y raciales, desvanecer el yo en el nosotros y apoyar todo nacionalismo como muestra, ese sí, de potencial emancipatorio. Ya no había que dar poder al individuo para que se desprendiera de la tradición, del determinismo y de su medio comunitario, sino legitimar políticamente el nacionalismo y el tradicionalismo para que domesticaran lingüística, educativa y políticamente al individuo. La democracia liberal y su separación de poderes eran ahora una trampa oligárquica, que el visionario debía reparar concentrando el poder y toda la representación y la soberanía en la rama ejecutiva. La Ilustración había caído por el precipicio y se había quebrado en mil pedazos.
Y sí, era necesario revisar y moderar el optimismo, incluso la prepotencia y beligerancia de la modernidad ilustrada, pero lo que se acabó haciendo fue muy distinto: se tergiversó hasta convertirla en su contrario. Políticamente esto es urgente, pues la oferta presente es notablemente pasadista, nostálgica, exotista, identitarista, tradicionalista, nacionalista, victimista, colectivista, moralista y hostil con la iniciativa y la vida autónoma. Se dice posmoderna, pero tiene reflejos reaccionarios y nostalgias premodernas. Y los políticos que incuba, así se definan con ese término y lo repitan mil veces ante el espejo, son cualquier cosa menos progresistas.