The Objective
Carlos Granés

Colombia: la encrucijada imposible

«La campaña presidencial que aún no termina y que promete dejar al país partido en dos, al borde de la locura y la violencia, parece un caso de esa rebelión de las masas»

Opinión
Colombia: la encrucijada imposible

Calles de Colombia en tiempo de elecciones. | Europa Press

Hace un siglo, más o menos por estas fechas, Ortega y Gasset empezó a escribir los primeros ensayos que acabarían componiendo La rebelión de las masas. Lo sorprendente es que, si uno se atiene a ciertas frases, parece que lo hubiera escrito ayer. Por ejemplo, esta: «Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera». Uno creería que lo escribió después de ver cómo Bad Bunny y el reguetón conquistaban Madrid y el mundo entero, o cómo la política española se llenaba de perfiles tan soeces como la fontanera Leire Díez o el putero José Luis Ábalos. Pero no, o no del todo: el filósofo se refería al hombre masa, a ese personaje que gozaba de los procesos civilizatorios y democratizadores sin entenderlos ni cuidarlos, y que se distinguía por expresar un desinhibido desprecio por todo aquello que le exigiera esfuerzo o le recordara la excelencia.

El hombre masa era un señorito autosatisfecho, un adán o un rebelde primitivo, convencido de que la verdad residía en él y de que afuera no había nada, ni verdades ni normas de conducta superiores, mucho menos una moral a la cual supeditarse. Al contrario: borracho de sí mismo, el hombre masa se rebelaba contra estas normas; se rebelaba y entraba en acción fundido con la masa. Ortega hacía estas reflexiones mientras asistía al ascenso del comunismo y del fascismo, y por eso llegó a decir, sin que le temblara el pulso, que ser de izquierda, como ser de derecha, era una de las infinitas maneras que el ser humano podía elegir para ser un imbécil. «Ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral», remataba.

Si un siglo más tarde pudiera ver la irracional vulgaridad de la política derechista, con Trump como estrella consagrada y Abelardo de la Espriella como aprendiz aventajado, y si pudiera ver el moralismo ridículo e hipócrita de izquierdistas que defienden los derechos humanos cuando el criminal es de derechas, nunca en Cuba, en Nicaragua o en Venezuela, diría lo mismo: son dos formas de hemiplejia moral. En Colombia, la campaña presidencial que aún no termina y que promete dejar al país partido en dos, al borde de la locura y la violencia, parece un caso de esa rebelión de las masas.

Una izquierda sectaria, dogmática y soberbia, con unos reflejos antidemocráticos y una vocación de poder, y un deseo nada disimulado de convertir el poder constituyente en una masa que destruya las instituciones constituidas, se enfrenta a una derecha autárquica, sorda al mundo civilizado, potencialmente autoritaria y sin duda hostil con las identidades minoritarias. Dos versiones del desprecio y del resentimiento, dos formas de negar y ningunear a la mitad del país, y se supone que por una de ellas debemos decantarnos. O por Abelardo de la Espriella o por Iván Cepeda.

Así están las cosas: nos piden que votemos por las pasiones patrióticas y el instinto matonil del primero, o por la ideología inflexible y mórbida del segundo. Por la estética y la moralidad del narco o por la ridiculez buenista, igual a la de Zapatero, que habla de la Humanidad y de la Paz mientras celebra y se nutre de los proyectos que destruyeron a Cuba y Venezuela. Por una derecha que convierte a la izquierda en enemiga, o por una izquierda que se apropia de la vida, dejando a quien no está con ellos como un partidario de la muerte y del fascismo. El escenario es realmente triste: «Patria, patria», grita quien defendió y se lucró de los mayores hampones del país; «Paz, paz», susurra quien se ha empeñado en mantener vivas unas mesas de negociación que han engordado a las bandas y grupos criminales.

El patriota desprecia a Colombia y el pacifista ha estado a un grado de separación de las FARC, la máquina de matar y de reclutar y violar niños más grande del hemisferio occidental. Ninguno es fiable y los dos atraen al hombre masa de Ortega, a las caudas caninas, a los feligreses de algún odio heredado. Son la versión más dañina de la derecha y de la izquierda: la reacción vestida de revolución populachera y el nacionalpopulismo comunistoide camuflado de prédicas humanitarias. Uno intenta parecer cristiano, siendo amoral; el otro intenta parecer ilustrado, siendo un evangelista de la ancestralidad y de la biocultura.

De manera que no, es imposible apostar por esas dos formas de imbecilidad. Ni tonto útil de la izquierda ni tonto inútil de la derecha, diría Nicanor Parra. El poeta chileno diría eso y tal vez algo más: «HASTA CUÁNDO / SIGUEN FREGANDO / LA CACHIMBA / Yo no soy derechista ni izquierdista / yo simplemente rompo con todo».

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