El 15 de junio, la Tercera España
«Aquel día los españoles decidieron mayoritariamente confabularse contra los odios del pasado y encarar, esperanzados, un futuro»

Ilustración generada por la IA.
El Gobierno actual hace gala de una memoria morbosa; parece que los muertos —mejor dicho, el muerto— provocan en ellos toda una serie de sensaciones placenteras, incomprensibles para la mayoría corriente de los españoles, empeñados en su día a día y con un futuro lleno de incertidumbres. Así, nos convocaron a celebrar durante todo un año la muerte de Franco. Sin embargo, quedan unos días para recordar el 49.º aniversario de las primeras elecciones libres después de 40 años de un régimen autoritario, sin que los españoles pudieran expresarse en libertad. El 15 de junio de 1977 los españoles pudieron votar libremente, y la oferta política no se reducía a un sí o un no: todas las opciones políticas pudieron ofrecer sus programas a unos ciudadanos tan ilusionados como expectantes ante aquella fiesta pacífica y libre en todos los rincones de España.
Aquel día los españoles decidieron mayoritariamente confabularse contra los odios del pasado y encarar, esperanzados, un futuro en el que participáramos todos o, por lo menos, la inmensa mayoría. Fue un pacto que supuso un salto pacífico, como nunca habíamos protagonizado en nuestra historia, plagada de enfrentamientos civiles que se remontaban a tiempos más lejanos que las tristes fechas de la Guerra Civil.
Un año antes, en febrero de 1976, los socialistas de hoy, más preocupados por la muerte de Franco, en la que no tuvieron nada que ver, no han recordado la primera gira de mítines de un joven y desconocido «primer secretario», conocido por Isidoro y llamado Felipe González. El protagonista sí que llegaba a los lugares donde tenía que intervenir en medios de transporte «corrientes» y, desde luego, mucho mejor acompañado. En Bilbao estuvo el 14 de febrero de 1976; en Eibar, al día siguiente. En la capital de Vizcaya, el acto se celebró en la facultad de Sarriko y, con nosotros, los socialistas, se inauguró la utilización de la violencia contra los adversarios, porque para aquellos nacionalistas ya éramos enemigos a los que había que enmudecer en el mejor de los casos; por desgracia, posteriormente pasaron del boicot violento al secuestro, la bomba y el asesinato, porque no podemos olvidar que el mayor y más sangriento enemigo de nuestra democracia fue ETA. Era nuestra presentación ante la sociedad española; antes, creo que fue en Valencia. Los días siguientes fueron, si no recuerdo mal, Madrid y Sevilla.
Aquellos fueron actos para que los socialistas los recordaran; era el inicio de la estrategia de «conquista de parcelas de libertad» y, por lo tanto, verdadero motivo de orgullo si la «memoria democrática», resultado de la UTE política que nos gobierna, hubiera tenido un nacimiento y un espíritu positivos, de concordia, y no una vocación negativa, de pasar facturas, de derrotar a Franco 50 años después de su muerte y, no se nos olvide, de legitimar, de una u otra forma, a los herederos políticos de la banda terrorista ETA.
Aquel año, 1977, fue la fecha inaugural de nuestra democracia. En aquel momento empezamos los españoles el camino para recuperar la democracia; fue la declaración de nuestra voluntad de reencontrarnos con Europa y el mundo, a los que habíamos dado la espalda con el mismo ímpetu con el que nos ignoraban. En aquellos momentos no había ni impostura ni cálculo; había compromiso, ilusión por ser protagonistas de un momento de verdad histórico y esperanza, mucha esperanza, en un futuro en el que las cuentas del pasado se recordarían, pero las dábamos por saldadas. Y ese tiempo lo hicieron gente valiente, no tozuda; determinada, no intolerante; inteligente, no aventureros en busca de su tesoro. Se comprometieron con su país más que con sus siglas.
En aquel tiempo apareció espléndida la Tercera España, la que impugnaba a las dos Españas, la que dolía a personas como Max Aub en La gallina ciega, recordado por Juan Francisco Fuentes en su libro Hambre de patria, cuando decía: «Muy lejos de nosotros la funesta manía de entendernos…». Este año debería servirnos para preparar la celebración del quincuagésimo aniversario de aquellas elecciones libres, no por los embelecos engañosos de la nostalgia, sino porque si fue posible ayer, hoy lo es también. Con afán de defender lo que heredamos, con determinación para que aquel periodo de «concordia mínima» no concluya abruptamente por la irresponsabilidad y la ignorancia de algunos aventureros.
Y empezaré con un breve bosquejo de las personas que lo hicieron posible en nombre de la mayoría y en representación de muchos que han quedado desgraciadamente en el olvido. Una vez más, la lista debe empezar con Adolfo Suárez, que no fue un líder negativo al estilo de Gorbachov o Jaruzelski, que derribaron sus respectivas dictaduras y no supieron o no pudieron poner las bases de un sistema democrático. Suárez desarmó un régimen autoritario y consolidó un sistema democrático pleno. Nosotros, los españoles, tenemos muchas virtudes, pero carecemos de la capacidad de agradecer cabalmente a los nuestros sus méritos.
Y con Adolfo, un grupo de personajes públicos dispuestos a cerrar nuestra historia más negra y abrir España al futuro. Santiago Carrillo, sin el que no se entiende la Transición y al que no se comprende sin el lastre de su memoria, el dolor del exilio y la intuición, junto con Berlinguer, de estar al final del comunismo soviético. Y junto a él, el líder obrero Marcelino Camacho, fiel siempre a su ideario y con una vida de lucha y sacrificio que debería estar presente en nuestras escuelas.
Cobró protagonismo un PSOE renovado y con un grupo de jóvenes dispuestos a convertir al partido en protagonista de la Transición y de la España que representaban mejor que nadie en aquellos momentos. Con ellos, Nicolás Redondo Urbieta, sobre el que no me extiendo por pudor. No puede faltar en nuestro recuerdo Fraga Iribarne, protagonista de una tarea extraordinariamente importante: hacer participar en el proceso, con sus argumentos y con lealtad, a los sectores más reticentes de la sociedad española. Y por delante, un rey, Juan Carlos, que se ganó el cariño de los españoles y la legitimidad política con su decidido empeño en conseguir que no hubiera nunca más en España ni exilios ni encarcelamientos por motivos políticos… ni muros ni enemigos.