15 de junio
«La memoria para saber de dónde venimos y el olvido para poder enfrentar el futuro sin sentirnos paralizados por el pasado»

Ilustración generada con IA.
El 3 de julio de 1976, Adolfo Suárez es designado presidente del Gobierno de España por el Rey. El 18 de noviembre del mismo año se aprueba en referéndum la Ley de Reforma Política, impulsada por el presidente del Gobierno, ante el rechazo o las suspicacias de toda la oposición, que desconfiaba del rumbo y la velocidad que imponía el nuevo inquilino de la presidencia, respaldado por el Rey.
El día 19 de abril de 1977, el Gobierno, para sorpresa de algunos y la indignación de los recalcitrantes inmovilistas, legaliza el PCE. La decisión, conocida por unos pocos y tomada en la soledad que acompaña a los líderes en momentos culminantes, quiebra las relaciones del Ejecutivo con una parte de las Fuerzas Armadas contraria a la evolución de los acontecimientos y enemigas del «diablo comunista», que el régimen había dibujado con la insistencia de quien necesita obligatoriamente enemigos para sobrevivir. Dos meses más tarde, el 15 de junio de 1977, los españoles volvieron a votar después de 40 años. Poco más de un año había transcurrido, y el 6 de diciembre de 1978 se aprueba por los españoles abrumadoramente la Constitución.
En menos de tres años, España vuelve a la historia, se integra en el grupo de los países libres y, sobre todo, parece que da por terminada una etapa de su pasado, que se alarga más allá de la Guerra Civil y la República, definida por el enfrentamiento secular entre españoles durante toda nuestra historia moderna. Américo Castro dice que, una vez perdido el impulso imperial en el siglo XVII, los españoles se dividen, se enfrentan y combaten tan permanentemente como cruelmente.
El salto en la historia que supusieron aquellos 42 meses fue posible porque la sociedad española, tiempo atrás y sin ruido (como sucede con los cambios sociales profundos), había iniciado un proceso de olvido voluntario. Sí, porque aunque se escandalicen los amigos de mantener odios ancestrales y cuentas pendientes de las que no recuerdan el origen, las sociedades, como los seres humanos, necesitamos la memoria y el olvido. La memoria para saber de dónde venimos y el olvido para poder enfrentar el futuro sin sentirnos paralizados por el pasado. Y aquel 15 de junio, unos y otros, del sur y del norte, mayores y jóvenes, mujeres y hombres, españoles que acababan de salir de la cárcel o que llegaban del exilio y españoles que habían participado en el régimen anterior o, simplemente, habían sobrevivido, votaron con una mezcla de temor y esperanza, de miedo e ilusión, por un presente distinto, por un futuro en libertad.
Por primera vez en nuestra historia reciente, la inmensa mayoría de españoles coincidía en dar un salto en nuestra historia en dirección a Europa, a la modernidad y al progreso, palabras que en nuestra historia tienen una carga y un significado muy especial. No fue tan fácil como algunos niñatos que juegan a revolucionarios sin sacrificios creen, y algunos que quedaron frustrados por no conseguir lo que no se atrevieron a defender en público en aquellos momentos. No fue ninguna concesión oscura y siniestra de poderes enquistados en las profundidades pantanosas del Estado. Fue un proceso lleno de peligros y amenazas, de cesiones mutuas para llegar a un punto mínimo de encuentro, acuerdo y concordia nacional.
«Y aquel 15 de junio, unos y otros, del sur y del norte, mayores y jóvenes, mujeres y hombres, españoles que acababan de salir de la cárcel o que llegaban del exilio y españoles que habían participado en el régimen anterior o, simplemente»
Fue, como he dicho, la sociedad española quien determinó el camino, pero fueron hombres y mujeres concretos los que lo hicieron realidad. Y todos ellos tuvieron algunos puntos en común, que hoy por desgracia han desaparecido de la vida pública española. Todos supieron sacar lecciones de nuestra historia más reciente y decidieron no volverla a repetir. Por primera vez, la historia no solo no derrotó a quienes llevaron a cabo la Transición, como lo hizo con grandes hombres en los años treinta del siglo pasado, sino que la protagonizaron, pero como se puede hacer, respetando los inflexibles márgenes que se proyectan desde las profundidades del pasado, conociendo las consecuencias de ir o no fuera del marco que dibuja la historia; en eso tampoco somos diferentes a otras sociedades.
Hoy, por el contrario, el espacio público español sufre tan poderosas contorsiones como para que corra un serio peligro aquel gran «salto» que dimos los españoles desde el aislamiento satisfecho e ignorante al compromiso con nuestro entorno y con quienes defienden los mismos principios; en fin, desde la dictadura a la democracia. Los enemigos hoy se refugian en un pasado idealizado, que les ofrece la seguridad que produce la nostalgia, que no es más que el deseo de volver a un tiempo y a un lugar que no existió tal como lo conciben los que padecen esta dolencia; envueltos en esa nube impugnan todo lo heredado sin comprender nada.
Otros, ni conocen ni respetan nuestra historia, reduciéndola a un relato de luchas y odios tan profundos como inexplicables racionalmente. Y estos, como en la fábula, están dispuestos a perder lo que hemos conseguido por ensoñaciones tribales o por fantasías que fracasaron dramáticamente cuando se hicieron realidad. Un último grupo, más reducido, pero más peligroso, son los jugadores de fortuna, que buscan la respetabilidad que nunca tuvieron y que no podrían obtener en tiempos serenos.
Aquellos hombres y mujeres además superaron el tribalismo de sus siglas, sus ideologías, sus rebaños respectivos. Unos antes, otros después, fueron desarmándose de sus programas más radicales y apostaron por la moderación y el reformismo. Hoy, por el contrario, vemos cómo se refugian en los suyos, se parapetan en sus siglas y sus discursos tienen la brutalidad de quien solo se dirige a los suyos… Más que discursos, oímos soflamas; más que ideas, insultos; más que razones, descalificaciones. Siendo la consecuencia inevitable considerar al otro no como adversario al que se puede convencer, sino como un enemigo al que hay que derrotar, si se puede humillar.
Todos ellos, con esos puntos en común, tenían una idea de su país, de su nación, de España; y cuando se quiere lo mismo, es más fácil el acuerdo y la renuncia por llegar a un punto común. Hoy, sin embargo, cuando todo es discutido y discutible, pueden hablar de democracia defendiendo a un dictador, pueden trocear la nación para seguir en el poder. Sabíamos que cuando decían política, estaban hablando exclusivamente de mantenerse en el poder. Hoy estamos conociendo que todo es más burdo, más zafio; llaman política a los negocios oscuros, que se esconden de la mirada pública en cajas fuertes… Qué diferencia entre estos aventureros del tres al cuarto actuales y aquellos que hicieron posible el milagro de que nos entendiéramos en 1977.