The Objective
Esperanza Aguirre

Lo peor de Zapatero

«ZP ha cometido un delito mucho más grave que el de maniobrar para hacerse rico: aprovechar su ascenso al poder para cargarse el espíritu de la Constitución de 1978»

Opinión
Lo peor de Zapatero

Ilustración de Alejandra Svriz.

Desde que el martes de la semana pasada el juez Calama hiciera público el auto por el que llamaba a declarar Zapatero como investigado por la presunta comisión de una serie inacabable e inabarcable de actos delictivos de una corrupción flagrante, no cesa la publicación de reportajes y de investigaciones periodísticas y de artículos de opinión sobre este asunto. Las televisiones, las radios, los periódicos, los digitales, las redes sociales y las tertulias en cualquier bar o cafetería de España tienen estos días como asunto prácticamente único a Zapatero y a la presunta red de delincuentes —empezando por sus familiares más cercanos— que parece que dirigía.

Es lógico que sea así, porque que un presidente del Gobierno se haya metido en tejemanejes como los que describe el auto para hacerse rico es algo tan insólito como repugnante. Y sobre todo es algo espectacular que, por eso, llena todos los medios de comunicación.

Si Zapatero y sus socios han delinquido para hacerse ricos, no cabe la menor duda de que es algo terrible y merecedor de que caiga sobre ellos todo el peso de la ley. Una ley, que como este auto demuestra, aún existe en España, a pesar de los esfuerzos sanchistas por acabar con ella. Caerá el peso de la ley y serán condenados.

Pero Zapatero ha cometido un delito moral y político mucho más grave que el de maniobrar para hacerse rico. Un delito que conocemos todos y que está trágicamente presente en la vida española desde su paso por la presidencia del Gobierno. Un delito que, además, no le ha llevado a la cárcel y que ha envenenado nuestra convivencia.

Ese delito es el haber aprovechado su ascenso al poder, tras el atentado del 11-M, para cargarse el espíritu de la Constitución de 1978. Por esto, aún mucho más que por robar a los españoles, debería estar absolutamente descalificado moral y socialmente.

«Con el Pacto del Tinell se cargaba el espíritu de concordia y reconciliación que había inspirado la Constitución»

Cuando sale el nombre de Zapatero, y ahora no para de salir, lo que hay que reprocharle, antes de nada, es eso. Ya en diciembre de 2003, tres meses antes de llegar a La Moncloa, apuntó la dirección de lo que quería hacer, cuando llevó al Partido Socialista a firmar, ante notario, el Pacto del Tinell, con los independentistas de ERC y los comunistas de Iniciativa per Catalunya, por el que se comprometía solemnemente a no llegar nunca a ningún acuerdo con el Partido Popular.

Aquello se cargaba el espíritu de concordia y reconciliación que había inspirado la Constitución, a la vez que dejaba clara la voluntad de los socialistas de hacer cualquier cosa antes de permitir que en España se produjera la alternancia en el poder entre la derecha y la izquierda, como ha ocurrido siempre en las democracias liberales de los países de Occidente.

Por si hubiera alguna duda de cuál era el objetivo principal de Zapatero, nada más hacerse con el poder le faltó tiempo para impulsar la Ley de Memoria Histórica que tiene como principal objetivo dividir a los españoles en buenos y malos. Buenos, los herederos de los del bando republicano en la Guerra Civil, y malos, los otros. Justo lo contrario que habían hecho los políticos de la Transición, entre los que todavía había algunos que habían tenido protagonismo en aquella triste y terrible guerra y que decidieron no utilizarla jamás como argumento en la política. Porque aquellos protagonistas sabían muy bien que la guerra había sido una tragedia, provocada por los errores de unos y otros, en la que había habido hechos heroicos y hechos vergonzosos en ambos bandos.

Pero Zapatero demostró que lo que quería era que la Guerra Civil siguiera viva, de ahí aquella declaración que se le escapó con Iñaki Gabilondo de «nos conviene la tensión».

«Zapatero demostró una torpeza especial en la gestión de la gran crisis económica de 2008»

Luego Zapatero demostró una torpeza especial en la gestión de la gran crisis económica de 2008. Obligado por los líderes internacionales, tuvo que llevar a cabo los mayores recortes que se han producido nunca en los gastos sociales y en los sueldos de funcionarios y pensiones. Para colmo, el número de parados se acercó a los cinco millones. Aquel desastre económico que provocó hizo que tuviera que renunciar a presentarse a las elecciones de 2011.

Pero, cuando, en 2018, Sánchez, gracias al brillante discurso contra la corrupción que pronunció su brazo derecho, José Luis Ábalos, gana la moción de censura y se va a La Moncloa, no duda en hacer suyo el principal principio político de Zapatero, es decir, dividir a los españoles en dos bandos irreconciliables. Para ello va a utilizar y sigue utilizando la complicidad de todos los que quieren cargarse España, encabezados por los herederos de los asesinos de ETA.

Cuando pienso que Sánchez está ahí porque lo quieren los que asesinaron, entre otros socialistas, a Ernest Lluch, no puedo evitar un sentimiento de repugnancia. Mucho mayor que el que me provoca saber que el círculo más cercano a Sánchez está metido hasta las orejas en casos de corrupción, lo que también me parece repugnante.

Igual que ahora, cuando se sospecha que Zapatero y su gente llevan tiempo dedicados a robar, eso me repugna, pero menos que recordar cómo el tipo de la ceja se ha llevado por delante el espíritu de concordia de los españoles.

Y cómo, a pesar de ser eso repugnante, él y su heredero Sánchez siguen logrando que muchos españoles no se lo tengan en cuenta y sigan votando al partido de Zapatero y Sánchez, dos presuntos delincuentes, pero, sobre todo, dos enemigos de España y de los españoles.

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