The Objective
Fernando R. Lafuente

Simpáticas patologías contemporáneas

«Las transformaciones producidas en el cambio de milenio causan en sociedades como la española, absolutamente anestesiada, múltiples patologías»

Opinión
Simpáticas patologías contemporáneas

Imagen creada con inteligencia artificial.

Todos los cambios de siglo han tenido como consecuencia esencial una transformación radical de los hábitos de vida, de las relaciones sociales, de los avances tecnológicos, de las revueltas políticas, de los ámbitos y creaciones culturales, del vaivén religioso y, sin ánimo de exhaustividad, de las fronteras intercambiables, además de los procesos migratorios, la atención a la degradación de la naturaleza y, en el pasado siglo, a la salida más allá del propio planeta. Hay más, las habrá, seguro.

Pero el paso del siglo XX al siglo XXI tenía un acento especial, sumamente relevante; no era un mero, que ya es, cambio de siglo, sino que se produjo un cambio de milenio. Lo ocurrido en un hecho semejante anterior convulsionó, al menos, el mundo europeo, creó esa corriente que pasó a denominarse Milenarismo y abrió las puertas hacia nuevos horizontes, apenas sospechados.

En estos días, cabe sospechar que estos cambios se producen en unas sociedades, en la española, como siempre, de singular manera, absolutamente anestesiadas, inertes, incapaces de actuar. Las dosis de anestesia aplicadas, por vete a saber quién o quiénes, parece que hayan sido efectivas sobremanera. Con una sociedad moderadamente anestesiada se multiplican las patologías, por decirlo con entrañable cariño:

1. El vértigo ante el nuevo siglo. Ya escribió, con notable fundamento, gracia y desparpajo, Philipp Blom en Años de vértigo (Anagrama, 2010), cómo las dos primeras décadas del siglo XX marcaron los pasos que se anunciaban en la vida cotidiana, las estéticas y las éticas.

2. El acoso a lo íntimo. La libertad individual, la vida privada, objeto de estudio histórico en los últimos años, es la esencia de una sociedad de gentes libres, críticas y curiosas. El vendaval que asola la privacidad, el exhibicionismo mediático, la obsesión por dinamitar los espacios más personales de cada uno es una de esas patologías.

3. La anulación del espacio público. Ya no es el siglo de las masas, la rebelión de las masas, el fenómeno anunciado por Ortega en 1930; ahora es la apoteosis del ímpetu sectorial. El continente social se ha convertido en islas, archipiélagos en los que la convivencia, que generaba el espacio público (los lugares de socialización), se ha traspasado a un Matrix virtual.

4. El espectáculo fascinante del ruido. Todo es ruido, alboroto, conglomerado de devotos seguidores de las más disparatadas ocurrencias. Ahora sí que sí, hay gente pa’to.

5. Internet, la red, como contenedor babélico. Allí donde todo se confunde, se mezcla, se olvida o renace, sin jerarquías, sin auctoritas, sin filtros (qué es la historia de la cultura sino un sinfín de filtros), es una elegía a la ignorancia (al menos como el saber se ha entendido hasta estos días) que va directamente contra ese saber lento, sosegado, complejo, esforzado.

6. El narcisismo adolescente. Lógico. El adolescente debe sentir ese narcisismo cuando su naturaleza, su carácter, su estar en el mundo está en pleno camino de perfección. Lo que ocurre es que ese narcisismo se ha infiltrado en los adultos y se contemplan hechos, declaraciones, gestos y comportamientos que tratan de imitar tal narcisismo y provoca en el espectador un patético espectáculo que incita a una cierta melancolía. Un narcisismo adulto propio de quien no acepta que la vida tiene un final. Un final que da sentido, por cierto, a lo vivido.

7. Los Frankenstein creativos lo llaman híbrido, como si fueran automóviles, y surgen modelos en las diversas estéticas que asustan, como el monstruo de Mary Shelley, pues exhiben sus costuras, sus añadidos, sus diversas procedencias y su más conmovedora falta de ingenio, talento e imaginación.

8. La apoteosis de lo efímero. Pocos se atreven a mencionar el que será, o adónde dirigirse pasado mañana. Vale lo de ahora y, como mucho, lo del día siguiente. No es patología propia de la política (que también), sino del conjunto del entramado social. Ya no es posible plantear unos proyectos (personales, laborales, creativos) a mediano o largo plazo; todo tiene que ser aquí y ahora. No hay tiempo para la reflexión, ni para el silencio, ni para el diálogo.

9. El culto laico a lo banal. Alguien ha tomado el mando de las operaciones y le está saliendo de fábula porque, en efecto, lo banal ha fijado su mando en plaza. Cuídese cualquiera de profundizar en algo; el tsunami de adjetivos, no precisamente cariñosos, que recibirá conforma un catálogo, sin duda, muy atractivo (a la distancia, claro) de cómo están las cosas y los cosos.

10. El abismo de la educación. Perdido el concepto y la aplicación, y lo sustancial, del reconocimiento a la auctoritas en cualquier plano del conocimiento, el cachondeo es mayúsculo, el caos conmovedor y las víctimas, absolutamente inocentes, los alumnos. Si a este modesto catálogo de hechos que uno sólo se atreve a describir, como viejo alumno del Guillermo Brown que siempre repetía: «Solo describo hechos» se suman unos sucesos complementarios como son las crisis de confianza, el tablero está completo, porque el siglo comenzó con un reguero de crisis de confianza:

1. En la seguridad, tras los atentados de septiembre de 2001 y los que siguieron

2. En la economía, el fatídico 2008 que desmanteló, y está en el origen, del circo de populismos siniestros que de un lado y de otro han surgido, y seguirán, desde entonces, los parámetros de convivencia y bienestar alcanzados.

3. En la sanidad, 2020, parecía imposible lo que sucedió. La pandemia originó una crisis de confianza de unos porcentajes descomunales, no en éste o en aquel país, sino en todo el mundo.

4. En las guerras desde 1945 no se habían producido hechos como los que en el mismo suelo europeo sucedían, suceden y, ojalá, no sucederán.

Publicidad