La memoria como argumento
«En ‘La bailarina’ Patrick Modiano alterna la elipsis y la melancolía como figuras retóricas que imprimen un sello intransferible como es la memoria de cada uno»

El escritor Patrick Modiano. | Editorial Anagrama
Toda escritura es pasado, surge del paso insoslayable del tiempo. Patrick Modiano (1945), Premio Nobel de Literatura, 2014, escribió dos años antes de recibir tal premio, en La hierba de las noches (Anagrama): «Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase en la calle, como si oyese la voz de otro. Una voz sin matices. Nombres que me vuelven a la cabeza, algunos rostros, algunos detalles. Y nadie ya con quien hablar de ellos». Una y otra vez, Modiano regresa a un territorio en el que lo vivido, o lo soñado, o lo recordado forma parte del argumento de la obra. Nombres y rostros que permanecen en la niebla de los años. Despiertan por un olor, una música, un sonido, una frase, una imagen, un encuentro. Caprichosa, arbitraria, melancólica, la memoria es un tablero en el que las piezas se mueven por emociones, por momentos, por ansiedades, por un encuentro casual en una calle de cualquier ciudad.
En La bailarina (Anagrama, 2026), Modiano depura lo superfluo en su narración, alterna la elipsis y la melancolía como figuras retóricas que imprimen un sello único, intransferible, como intransferible es la memoria de cada uno, conjuga la emoción sin la morosidad de la descripción decimonónica. Todo en cada párrafo es determinante, como lo es el cúmulo de sombras que forman y conforman una vida, la de cada cual. Son una galería de voces que pueblan el eco de la memoria.
La memoria surge e interpreta. Como ocurre en esta novela. Son 108 páginas en las que el narrador, tras un encuentro con alguien que conoció allá en el tiempo de las sombras, y ese alguien, niega rotundo ser quien es, o quien el narrador cree que es, comienza el viaje al pasado. Para lo que vendrá después, poco importa. Lo que prevalece es la tormenta imprevista de recuerdos, de presencias, de momentos y de días en los que compartió con quien dice que no es, una historia ahora reconstruida a base de breves fogonazos, instantes de la sensación verdadera que Modiano desmadeja con una elegancia narrativa tan concentrada, tan luminosa (en el laberinto personal de los fogonazos que alumbran el pasado).
Como de costumbre (bendita costumbre literaria), los personajes que aparecen en el salón de los tiempos perdidos son oscuros, enigmáticos, atractivos, marginales, sombríos, errantes en un París que ya no existe. El París de la juventud del narrador. Calles, cafés, garitos, clubs nocturnos, el Metro, la espera en la estación de Austerlitz, apartamentos, salas de cine, plazas, estudios, teatros, «el tiempo de los encuentros», esos días en los que todo era nuevo, sugerente, prometedor, deshilachado y pleno.
En su recuerdo, en estas páginas, vuelven a vivir la bailarina, su pequeño hijo Pierre, Hovine, Kniassef, el profesor de danza y ballet ruso que dirige el Estudio Wacker, el tipo con el que supuestamente años después se encuentra, Berzini, la extraña Pola Hubersen, el bailarín Starass, la mística Madeleine Peraud, el atrabiliario editor Maurice Girodias y la frase con la que el magnífico Kniaseff comenzaba sus clases: «Y ahora, señoritas, caballeros, pongamos orden en todo esto».
«Magistral Modiano en la creación de ambientes y atmósferas, en la fusión y confusión de géneros literarios»
Ese orden que en el tiempo provoca la memoria. Una historia que mantiene el suspense mediante ráfagas que van y vienen hasta completar los huecos que dejan los relámpagos, los impactos surgidos al azar en el narrador. Visiones que obligan a cuidarse de las trampas malévolas de la memoria. El temor a que más de uno se convierta en un «falso recuerdo», en algo que nunca ocurrió, en la representación fugaz de un deseo más que de una realidad ya perdida, fragmentos que se intercalan y se confunden sin «nadie con quien hablar de ellos», razón y sentido del conjunto de la obra modianesca.
La relación de tiempos y lugares, tan precisa como caprichosa: «Cuando la clase era por la tarde, salía a eso de las siete. ¿Por qué el Estudio Wacker va asociado a los meses de otoño y el primerísimo inicio del invierno, por la mañana temprano, cuando todavía de noche, y a media tarde, cuando ya ha caído la noche?». Quién sabe. La culpa, el extrañamiento, la violencia, el lado siniestro de algunos personajes, la desolación de otros, los secretos de todos llenan las páginas en un thriller que traslada el noir a la geografía fatal de una búsqueda interior.
Magistral Modiano en la creación de ambientes y atmósferas, en la fusión y confusión de géneros literarios, de Proust al policial, de una página a otra. Se mueve entre la evocación melancólica y la investigación de unos hechos y unas gentes en el París que no volverá, convertido hoy, tal y como nos cuenta, en un parque temático más.
Regresa al París de su juventud: «Era la temporada más insegura de mi vida. Yo no era nada. Día tras día me daba la impresión de ir flotando por las calles y no conseguir diferenciarme de esas aceras y esas luces, hasta el punto de volverme invisible (…) Y creo desde luego que el ejemplo de la bailarina, sin tener clara conciencia de ello me incitó a ir modificando poco a poco mi conducta y a salir de esa incertidumbre y de ese vacío que eran los míos». La memoria no sólo es el argumento de la obra, es la eternidad disfrazada de presente. Y Modiano lo recrea con magistral trazo narrativo con un final absolutamente deslumbrante.