The Objective
Fernando R. Lafuente

Cuando Berlín fue el paraíso y dejó de serlo

«’Treintaysiete medallones de Berlín’, de Luis Alfonso Díez, reúne a 37 personajes cuyo hilo narrador es la confesión de cada uno de ellos, cercano ya a la muerte»

Opinión
Cuando Berlín fue el paraíso y dejó de serlo

Ilustración generada mediante IA.

«Bajorrelieve de forma redonda u orlada», «Joya en forma de caja pequeña y chata, donde se colocan retratos, pinturas, rizos u otros objetos de recuerdo» (DRAE), así se describe un medallón. Y tiene su historia. Dicen que comenzó con Guillermo I de Inglaterra, allá por 1050; en esos lejanos años, o siglos, no se dedicaban imágenes, sino, según el orfebre Alejandro Galde: «Se guardaba el veneno en polvo, objetos de suerte y hechicería…» Es decir, la cosa comienza bien inquietante. Ya en el siglo XVII, según el mismo autor, «comenzó a ser imagen como es en la actualidad». De ahí a los relicarios, un paso que se dio en el siglo XIX.

Uno puede contemplar espléndidos medallones en la fachada de la Biblioteca Nacional: fray Luis, Quevedo, Calderón en la escalinata y en la balconada, Garcilaso, Arias Montano, Santa Teresa, Tirso, entre otros. En el Diccionario del Patrimonio Cultural de España aparece el término como «Elemento arquitectónico ornamental en relieve, de forma circular, oval o elíptica». Quien guste de ello, la Plaza Mayor de Salamanca es un auténtico museo de medallones; desde 1730, Hernán Cortés, Cervantes, Unamuno. Uno de los libros más curiosos dedicados desde la literatura a los medallones está firmado por Zofia Nalkowska, Medallones (minúscula, 2009).

En Treintaysiete medallones de Berlín (Prokomun Libros), Luis Alfonso Díez (Zamora, 1956) ha transformado el ornamento, la caja, en un libro y las imágenes tradicionales se han convertido en palabras. Y leído el libro de más de 400 páginas, uno descubre que sí, que una palabra (y más de una) vale más que mil imágenes. Si esas palabras están escritas con sentido, estilo y curiosidad. Díez se centra en Berlín, de manera particular en el paraíso cultural que fue la capital alemana durante los años de la República de Weimar (1918-1933), hasta la irrupción (siniestra no solo para Alemania, sino para el resto del mundo) de los nazis en el aciago enero de 1933.

Lo de Díez es un ejercicio arriesgado, pero una vez concluida su lectura, deslumbrante. Son treinta y siete personajes. Tan diversos como su medallón narrado. Priman los alemanes, pero era tal el foco de creación artística, académica, cultural en suma, del Berlín de Weimar, que las visitas se multiplicaron; se incluyen, también, visitas (¡ay!) al Berlín nazi y posterior. Pero el núcleo, lo mogollante, está en los años de Weimar. Comienza con Cioran (1933-1935, los años allí vividos), continúa con el filólogo español Antonio Tovar (1936) y, como no es cuestión señalar uno tras otro, permita el lector una breve selección: Francisco Ayala (1925-1926), Christopher Isherwood (1930-1933), Josep Pla (1923-1924), Arthur Koestler (1932-1938), Elías Canetti (1928), Dionisio Ridruejo (1941-1942), André Malraux (1933), Vladimir Nabokov (1922-1937), Samuel Beckett (1936-1937) y cierra, de manera conmovedora, y a título de rendido homenaje, Irene Nemirovsky, que no sería Berlín, sino el siniestro y criminal Auschwitz su final. Estos, entre otros, aun cuando hay que insistir en ello, son mayoría, en buena lógica, los escritores alemanes.

El Berlín capital europea de la cultura, el Berlín filmado en ese documental hoy histórico de Walter Ruttman (1887-1941), Berlín. Sinfonía de una ciudad (1927). Una ciudad muy superior al París de esos años veinte y comienzos de los treinta del siglo XX, pues había recogido el legado monumental de Viena (Carl E. Schorske, La Viena de fin de siglo, 2011, Siglo Veintiuno Editores, por ejemplo) y confirmaba cómo en tiempos de crisis política, económica y social, es la creación artística e intelectual la que se desborda en un alarde extraordinario de nombres y de obras. Este libro de Díez es una enciclopedia de escritores y artistas cuyo hilo narrador es un autorretrato en el que cada uno, cercano a la muerte, se confiesa y entra en el oscuro túnel de una vida con todo el catálogo de complejidades que conlleva. Sea uno artista o no.

«Díez ha buscado en cada uno de los seleccionados ese ‘Rosebud’ que es la piedra angular de una biografía»

En este caso, y gracias al talento descriptivo del autor, permite entrar en el reino interior de los seleccionados para descifrar los pasos justos y medidos, unas veces; erráticos y apasionados otras, en los que se forma y conforma una vida. Mirarse en el espejo del tiempo sin trampas ni trucos de última hora. La ambición de la obra es soberana, su resultado, memorable. Al menos para el lector. Su recurso literario es el monólogo, y no hay monólogo más desgarrador que aquel que se manifiesta ante la proximidad del fin. Ya no hay marcha atrás. Lo hecho, lo vivido, hecho está, ahí permanece.

El tono narrativo es una prosa poética que recuerda por momentos al Saint-John Perse (1887-1975) de Elogios (1911), con sus diversas maneras de fundir la crónica (de una vida), el tiempo contemplado (y contemplándose), con el añadido del correr de los años, las epifanías que describen los cambios, las renuncias, los anhelos, los fracasos, las mentiras, los éxitos, las confusiones y confesiones en un vaivén que gira entre lo sublime y lo prosaico, lo cotidiano y lo excepcional, otro de los valores de este libro. Sin plantearlo el autor al lector, seguro, estas páginas le permiten descubrir cómo Díez ha buscado en cada uno de ellos ese Rosebud que es la piedra angular de una biografía. Esa razón secreta, discreta, que ha guiado los días y los sueños de cada uno aquí presentados. Un aleph borgiano en el que se reúnen todas las experiencias, pero que confluyen en un punto esencial. Algo semejante ha reiterado Emmanuel Carrère (1957) en su reciente Koljós (2026, Anagrama), en su caso, un «rosebud» familiar.

Medallones que se confiesan a través de la voz de otro (el autor) y sería el revés de una biografía, algo semejante a una estampa o un aguafuerte que emociona y confunde, porque cada vida es un laberinto de confusiones hacia uno mismo y hacia los demás. El despliegue de documentación y lecturas que exhibe Luis Alfonso Díez constituye la arquitectura sobre la que se ha elevado Treinteysiete Medallones de Berlín, un libro para soñar las vidas de otros como si tales confesiones hubieran sido contadas en la más intensa de las intimidades, la lectura.

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