Dos luminosas sombras: Peter Lorre y Akim Tamiroff
«Ambos actores eran el común y la rareza, el bien y el mal, la luz y la oscuridad, los que están en un segundo plano, sí, pero ocupan toda la pantalla»

Ilustración generada mediante IA.
Son los llamados secundarios, o dicho más elegantemente, actores o actrices de reparto, pero lo que son en el fondo es la columna vertebral de una película. Todos los que contribuyen a que el cine sea un trabajo de equipo actoral con una sola dirección. Todos los que contribuyen al éxito, o al fracaso, o al silencio de una película. La nómina es tremenda, desde Hollywood al cine español. Gentes «de reparto» que completan la historia con personajes que, en el mejor, y es frecuente, de los casos, dan vida, voz e imagen a gentes cercanas o distantes, muy pegadas a los más diversos tipos de personas.
Como cada uno tiene sus cariños cinematográficos, sus preferencias y sus manías, hay dos actores extraordinarios que forjaron su carrera en la pantalla con un sinfín de papeles secundarios —aunque en el caso de uno de ellos, Peter Lorre (1904-1964), protagonizó uno de los filmes míticos de la historia del cine, en los felices años de la República de Weimar, como es M, el vampiro de Düsseldorf (1931, dirigido nada menos que por Fritz Lang)—.
El otro, siempre sería el otro, es un poliédrico actor, Akim Tamiroff (1899-1972), que lo mismo interpretaba al gerente de un hotel en medio del desierto, en los dramáticos años de la Segunda Guerra Mundial, Cinco tumbas al Cairo (1943, a las órdenes de ese descomunal director que fue Billy Wilder), que al jefe de una pandilla de narcotraficantes en la frontera norteamericana con México, en una de las obras maestras que el cine nos ha concedido como espectadores, Sed de mal (1958, con Orson Welles, lo cual son, también, como en los casos citados, palabras mayores).
Regresemos a Lorre. Entre sus actuaciones más destacadas, además de su descomunal interpretación del psicópata ya citado en la cinta de Lang, una década después, aparecerá en un papel inolvidable, junto a su inseparable Sidney Greenstreet, en la que se considera la película que inaugura el denominado cine negro (heredero del expresionismo alemán; no es una casualidad, por la impronta de los autores alemanes exiliados en Estados Unidos, tras salir como pudieron del terror nazi), El Halcón Maltés (1941, John Huston). En ella, destacaba, y de qué imponente manera, Humphrey Bogart, pero Lorre no se quedaba atrás, con ese Joel Cairo (qué nombres tan sugestivos y exóticos, como el actor mismo, para el espectador).
Lorre es ahí, cínico y cómico, débil y enigmático. Los gestos, los diálogos, la mirada subrayaban la intención de Huston al adaptar la excelente novela de Hammett. Y un año después, será Ugarte, en una de las más celebradas películas de la historia, y ahí sigue, Casablanca (1942, Michael Curtiz). El vaivén de unos salvoconductos y la repetición de un trío de actores imbatibles, junto a Lorre, sus queridos Bogart y Greenstreet. Aquí, Lorre es el lado oscuro, o mejor, dramático de una trama profundamente política, trastocada en historia de amor y fijada como un claroscuro de apariencias y lealtades.
«Lorre trabajó con Hitchcock, von Sternberg, Don Siegel, Richard Fleischer, Jacques Tourneur, Roger Corman y Jerry Lewis»
1944, Jean Negulesco dirige la adaptación de una soberana novela de Eric Ambler con el mismo título, La máscara de Dimitrios. Lorre volvía a ser el actor principal y bordaba un rol bien complicado porque, a primera vista, no parecía el actor adecuado para interpretar al escritor holandés Cornelius Latimer Leyden, que se suponía tendría que ser un tipo galán, aventurero y con cierto atractivo habitual para los cánones del cine de entonces. Lorre le dio la vuelta, y Negulesco claro, al personaje ideado por Ambler y certificó una interpretación que mostraba los muy diversos registros y capacidades en una película de espías, intriga, persecuciones, asesinatos y traiciones.
Ya en 1935 aparecía como protagonista, en el científico un poco ido, o peor, de Las manos de Orlac (Karl Freund). Cerramos, porque en algún momento hay que parar, con Arsénico por compasión (1944, del magno Frank Capra), en una de las comedias (pero menudo asunto para una comedia) más hilarantes jamás rodada, junto a Cary Grant y Raymond Massey, éste, cirujano plástico y asesino en serie, y Lorre como su compinche un tanto dado a la bebida. Lo divertido son las ocho películas de la serie Mr. Moto en las que encarnaba al personaje creado por John P. Marquand, entre 1937 y 1939, un supuesto agente secreto japonés.
Películas que apenas tenían una duración de una hora, pero que reunían todas las extravagancias propias de antiguos investigadores como el tan celebrado Charlie Chan. Lorre, que en el teatro había actuado bajo la dirección de Bertolt Brecht, y en musicales en esos años citados de Weimar, en su caso entre 1926 y 1930, trabajó con Hitchcock, von Sternberg, Don Siegel, Richard Fleischer, Irvin Allen, Jacques Tourneur, Roger Corman y con Jerry Lewis en su última película.
En su regreso a Alemania, tras la guerra, dirigió, fue su única experiencia como director y guionista, El hombre perdido (1951); volvía al científico un tanto pirado, aquí colaborador de los nazis. Una y no más, una lástima, lo podrá comprobar quien la vea. De nuevo, un Lorre regresando a sus esencias interpretativas, a los ambientes y atmósferas de sus comienzos. Como destacó Emilio de Gorgot en Jot Down: «Pero ahí lo tenemos, eclipsando a estrellas que ganaban más dinero, robándoles secuencias a Bogart y Cary Grant, encarnando al más oscuro asesino de la historia del cine, prestando su camaleónico talento a todo tipo de personajes, mejores y peores, que solamente tienen una cosa en común: lo único irrenunciable en todos ellos es la presencia de Peter Lorre».
«Uno querría destacar una película bélica, de bendita propaganda aliada, ‘Cinco tumbas al Cairo’, dirigida por Billy Wilder»
Akim Tamiroff, era otro estilo, con menor proyección que Lorre, pero también en ese lugar primero entre los secundarios. Nominado en dos ocasiones a los Oscar (como mejor actor de reparto, era lo suyo) y 80 películas en el currículum. Y hay de todo. Western, aventuras, historia, dramas, comedias. Desde la Guerra Civil española en Por quién doblan las campanas (Sam Wood, 1943) que le valió una nominación a los Oscar, a la versión de Richard Brooks del clásico de Joseph Conrad, Lord Jim (1965), de un capítulo misterioso en la historia de Rusia, en Anastasia (1956, Anatole Litvak) a los conflictos en la China revolucionaria con El Yantsé en llamas (1957, Robert Wise). Lo de China ya le sonaba, porque aparece, siempre con una presencia poderosa en otro clásico, Mares de China (1935, Tay Garnett), año en el que figura como coprotagonista en otro clásico, porque aquí todos son clásicos y da gusto, Tres lanceros bengalíes (1935, Henry Hathaway).
Uno querría destacar una película bélica, de bendita propaganda aliada, dirigida, se ha citado más arriba, por Billy Wilder, compartiendo reparto con Franchot Tone, el genial Erich von Stroheim, Anne Baxter y el curioso Fortunio Bonanova, Cinco tumbas al Cairo. Perdido, un soldado británico en el desierto, con el Afrika Korps dominando la vastedad de las arenas. Rommel, pareciera que imbatible, llega a un hotel en medio de la nada. Ya destacó Borges que el verdadero laberinto es el desierto. Y lo es. Y en ese laberinto, con los británicos a la estampida, este soldado jugará un papel decisivo. Intriga, espionaje, valentía, heroicidad, ambición se reúnen en poco más de 90 minutos para, más allá del objetivo propagandístico de la película, crear una atmósfera claustrofóbica, amenazante, en continuo suspense.
La figura del gerente del hotel la interpreta Tamiroff, y de qué contundente y entrañable manera. Es Farid, y cumple un papel determinante en el desarrollo de la trama. Servicial ante los nazis, celoso de mantener su hotel frente a la guerra y al despotismo de Rommel y compañía, generoso y desprendido, asustado ante la crueldad de los invasores, Tamiroff despliega una capacidad formidable para centrar cada escena en la que interviene, entre los pasillos, habitaciones y demás estancias de ese hotel ahora casi destruido. Para quien tenga la suerte de no haberla visto, no pierda ni un minuto. Wilder y Tamiroff son la película.
La otra soberana interpretación de Tamiroff que uno, modestamente, querría destacar es su presencia en Sed de mal (1958, Orson Welles), no sería la única colaboración con Welles; antes había estado en Mr. Arkadin (1955) y después en El proceso (1962, qué actor y qué rostro tan kafkiano, Tamiroff), y la guinda: Sancho Panza en el empeño de Welles de su adaptación de El Quijote que quedaría sin terminar, aun cuando se estrenó en 1992. Qué gran Sancho, Tamiroff, junto a Juan Calvo, en una de las más brillantes versiones de la novela, la de Rafael Gil, 1947, o Alfredo Landa, en la versión para RTVE de Manuel Gutiérrez Aragón, 1991.
«Dos actores que poseen el poderoso influjo de la interpretación sublime; es decir, majestuosa y tenebrosa al tiempo»
En Sed de mal, Tamiroff, en el papel de Tío Joe Grandi, junto a un sólido Charlton Heston (memorable como policía mexicano Mike Vargas), Janet Leigh, el propio Welles (en su más admirable papel, junto al Falstaff de Campanadas a medianoche), Marlene Dietrich y Joseph Calleia, eleva su estatura cinematográfica, al interpretar al jefe de una pandilla de narcos, mafiosos de baja categoría. Sed de mal significaba el regreso de Welles a rodar en Estados Unidos, después de su exilio voluntario por Europa. Y fue posible por el empeño de Heston en que fuera Welles el director, sin él no habría película.
Tamirof en primeros planos, con un aspecto repulsivo, con ese sudor constante que transmite y contagia al espectador, con sus toscas y criminales maneras, con la pandilla de delincuentes a los que dirige y ordena, con los ambientes cerrados, oscuros, siniestros que regenta, todo ello le convierte en piedra angular del guion y en la recreación del barroquismo siniestro de Welles en la dirección, errando por los escenarios de esa pequeña población fronteriza, y ficticia, Los Robles. Como bien recordó Eduardo Torres-Dulce a propósito de esta película en El Universo de Orson Welles (Notorius Ediciones, 2015): «Y no me resulta casual que todo el universo wellesiano del Hotel Mirador, desnudo en su fealdad, sito en la nada del desierto desolado que rodea la frontera, al que Menzies y Grandi llevan a Mrs. Vargas (Janet Leigh), no resulte un precedente directo del Motel Bates, de Psicosis».
Lorre y Tamiroff, dos sombras luminosas en la galaxia de Hollywood. Como escuderos de grandes mitos cinematográficos. Dos actores que poseen, de aquí a la eternidad, el poderoso influjo de la interpretación sublime; es decir, majestuosa y tenebrosa al tiempo, que pasan de la comedia a la tragedia como quien cruza una calle y que forman parte de la memoria de un tiempo en el que el cine no solo creaba estrellas, sino que necesitaba a los lorres y tamiroffs para llenar la vida de las gentes. Ambos eran el común y la rareza, el bien y el mal, la luz y la oscuridad, los que están en un segundo plano, sí, pero ocupan toda la pantalla. Otro día tocará el turno de los formidables actores y actrices de reparto españoles, que son legión, por cierto.