Vivan Rusia y las armas nucleares
«El tono y narcisismo de ‘Mr Nobody contra Putin’, que ganó un Óscar al mejor documental, lo convierten en un acercamiento superficial a la propaganda putinista»

Ilustración generada mediante IA.
El mago del Kremlin, la película de Olivier Assayas sobre el poderoso asesor de Putin Vadim Baranov (basada en la vida de Vladislav Surkov), es quizá una de las peores del año. No entiendo cómo Assayas, que es un autor tan original (tanto al principio con Irma Vep como en la última década con Personal shopper o Viaje a Sils Maria), acabó haciendo este docudrama histórico pedagógico (en el peor de los sentidos) como sacado del Canal Historia. Está todo tan subrayado y resulta tan artificial que uno sale del cine más putinista que Alexander Duguin. A quienes les gustó entiendo que solo la analizaron por su valor pedagógico, no cinematográfico. Es una película estrictamente funcional, wikipédica y, me temo, acaba resultando propagandística.
Mr Nobody contra Putin, que ganó un Óscar al mejor documental y que se acaba de estrenar en Filmin, aborda la propaganda putinista en las escuelas tras la invasión de Ucrania en 2022 y tiene el mismo aura de producto manufacturado para Hollywood y la audiencia estadounidense. Cuenta la historia de Pavel Ilych Talankin, un profesor y documentalista amateur que trabaja en una escuela de Karabash, cerca de los montes Urales. Es una especie de organizador de eventos y hace vídeos para la escuela, donde todos los niños lo quieren.
En febrero de 2022, una directiva estatal cambió radicalmente el currículum de la escuela, que se llenó de desfiles militares, clases propagandísticas, concursos de lanzamiento de granadas e incluso una visita de los mercenarios del grupo Wagner (que enseñan una mina antipersona que se van pasando los alumnos de mano en mano). El currículum se ha reducido a repetir en clase: «Vivan Rusia y las armas nucleares». Talankin lo graba todo y envía vídeos a una oscura base de datos donde el gobierno monitoriza esa propaganda. Al principio piensa en dejar su trabajo, pero luego se da cuenta de que resulta más efectiva su disidencia desde dentro, documentando todos esos ejemplos.
Hay muchos momentos delirantes, pero lo más fascinante del documental es el profesor de historia del instituto, un tipo oscuro y siniestro, admirador de Beria y de Stalin, que habla en clase de la necesidad de acabar con los disidentes, la idea de morir por la patria y conspiraciones sobre cómo todo el mundo quiere destruir Rusia. Los niños, que tienen entre 12 y 14 años, lo observan entre aburridos y asustados. Al final del documental, recibe el premio al mejor profesor del año, y el gobierno local le regala una casa nueva.
Talankin tiene sensibilidad y parece un tipo estupendo. Los alumnos lo adoran, y las escenas en las que interactúa con ellos están llenas de ternura. Su despacho es un espacio seguro para los más sensibles y heterodoxos: allí pueden ser ellos mismos. Sin embargo, hay un exceso de metraje sobre el propio Talankin (todo el metraje es suyo, pero hay demasiado suyo sobre él mismo).
«Talankin documenta la propaganda putinista como si estuviera descubriendo algo oculto, pero el Gobierno ruso no se dedica a ocultarla»
Casi todo está filtrado por su mirada y su reacción, y resulta cargante y solipsista. Lo que hace es valioso y heroico, pero da la sensación de que el foco en él mismo desvía la atención del problema.
Talankin documenta la propaganda putinista como si estuviera descubriendo algo oculto, pero el Gobierno ruso no se dedica precisamente a ocultarla. Cuando Talankin dice ante la cámara en uno de sus monólogos que desea que todos en su pueblo y en su país vean lo que está grabando, uno no puede evitar preguntarse: ¿es que acaso no están viéndolo todos los días, en un país donde la propaganda es cada vez más asfixiante? Lo que desea es que lo vean a él, que aparece constantemente.
La película está hecha para el exterior, claro. Al principio del documental Talankin anuncia que se marcha del país. No es una decisión fácil y el trasfondo del documental es muy dramático, pero su tono y su narcisismo lo convierten en un acercamiento superficial e incompleto a la propaganda putinista. El que conozca el tema verá muchas carencias; al que no sepa nada de la Rusia actual le faltará mucho contexto.