The Objective
Ricardo Dudda

La elegancia melodramática de Christian Petzold

«’Espejos nº3′ es una película que explora nuevos temas (la familia) a través de las grandes obsesiones de su autor: la pérdida de la identidad, el escapismo, el luto»

Al mismo tiempo
La elegancia melodramática de Christian Petzold

Escena de ‘Espejos Nº3’. | Filmin

El melodrama es un género complicado. Es fácil caer en lo camp o lo cursi. Hay pocos directores contemporáneos que lo sepan hacer bien. Uno de ellos es el alemán Christian Petzold, que acaba de estrenar la estupenda Espejos nº3, protagonizada por Paula Beer (su cuarta película con el director; la anterior es la fábula Undine). Es quizá una de sus películas más naturalistas y contenidas, pero contiene el mismo misterio que sus noirs más enrevesados, herencia del cine clásico de Douglas Sirk y Alfred Hitchcock. En Espejos, una joven (Laura) viaja en coche con su novio por el campo y tienen un accidente; él fallece y ella queda completamente ilesa. Una señora de una casa cercana la acoge y aloja durante varios días que se convierten en semanas. Su relación es íntima desde el principio y roza la obsesión: una busca una madre y otra una hija.

Es, que yo sepa, la única película de Petzold que aborda la familia, y es obviamente heterodoxa y desestructurada. La mujer ve en Laura un trasunto de su hija fallecida. Su muerte provocó la ruptura de su matrimonio. El marido y el hijo trabajan en un taller del pueblo, pero ya no viven con ella. La llegada de Laura parece que sirve para coser las heridas y unir a la familia, aunque solo es una tirita: Laura no es Yelena, la hija fallecida. Todo parece conducir a una explosión, pero la desgracia no llega nunca porque ya ha ocurrido.

Si en Valor sentimental Joachim Trier fracasa al convertir la casa familiar en un personaje (no vale con decir que algo es un personaje para que se convierta en ello), en Espejos la casa tiene un rol muy interesante y central. Es un lugar pacífico, quizá demasiado. A veces parece idílico, otras siniestro. Es un refugio y un limbo para Laura. Está pegada al camino donde tuvo su accidente de coche: por ese camino transcurre la vida que ella ha decidido dejar momentáneamente en suspenso. Por ahí también pasan a veces mirones y cotillas que se asoman a la casa, pero no la miran a ella, sino que observan el lugar donde ocurrió la tragedia de la hija. Es un hogar roto: cuando están de visita, el padre y el hijo intentan arreglarlo constantemente, se obsesionan con reparar el lavavajillas estropeado, el grifo que gotea, ante la desesperación de la madre. El luto melancólico de ella y el funcional y resolutivo de ellos.

Es una película atmosférica y contenida, que explora nuevos temas (la familia) a través de las grandes obsesiones del autor: la pérdida de la identidad, el escapismo, el luto. Parece una película más sencilla y unidimensional de lo que realmente es, un añadido menor a la filmografía de Petzold, pero creo que está a la altura (por motivos diferentes) de sus mejores películas, como Phoenix, Undine o Transit. Es una pena que su cine no sea tan conocido en España y su película solo se haya estrenado en cuatro provincias y en una docena de salas.

Publicidad