The Objective
Ricardo Dudda

La lotería del Primavera

«La concepción 'atrapalotodo' del Primavera Sound está agotada, pero seguirá triunfando. Son los únicos con capacidad financiera para traer nombres enormes»

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La lotería del Primavera

Imagen creada con inteligencia artificial.

Este fin de semana he estado en el Primavera Sound. No era mi primera vez, pero sí ha sido mi primera experiencia negativa del festival: exceso de aforo, colas para ver conciertos (en los escenarios interiores, sobre todo de electrónica), solapamientos constantes y programaciones más que dudosas (grandes artistas en escenarios pequeños y viceversa). También llovió, la organización no estuvo preparada y cancelaron bastantes grupos, pero creo que esta edición ha sido un fracaso incluso sin tener en cuenta el primer día, que consistió en sobrevivir. El festival no estuvo nunca hecho para poder disfrutar a fondo, sino para un picoteo frenético, veinte minutos por aquí, cuarenta por allá, me voy antes para llegar a otra cosa, una negociación constante con el cartel y sus horarios.

A pesar de ello, creo que no es un modelo agotado, si bien hay quienes ya señalan su inviabilidad (el Primavera Sound está, además, prácticamente en bancarrota desde el covid y la fallida edición de Madrid en 2023). Su modelo, que no tiene apenas réplica en España (salvo el MadCool, a mucha distancia), se sustenta en el fomo, el fear of missing out, el miedo a perderte algo especial. Uno ve el cartel y piensa que no puede perderse esta experiencia, pero cuando salen los horarios (a dos semanas de que empiece el festival), descubre que no podrá ver ni un 40% de lo que quiere. El Primavera es una experiencia de renuncia constante, y a veces esa renuncia es asumible y otras no.

El festival está hecho para dos tipos de público: los que van de fiesta y no tienen una preferencia muy rígida por nada, van a pasearse y a beber y drogarse; y los hiperfans de un grupo que son capaces de ponerse un pañal para esperar durante cuatro horas en primera fila hasta que salga su artista favorito. Ambos distorsionan mucho la experiencia para aquellos que queremos ir a un festival para disfrutar de grupos que, de otra manera, no podría uno ver. Porque ese es quizá uno de los problemas más graves del modelo, y es el efecto captura del Primavera Sound: hay grupos que ya no van a salas o arenas porque tienen contratada exclusividad con el festival, o si no la tienen, les conviene ir solo a grandes festivales, que les pagan mejor. Este es un fenómeno global, pero en España está exacerbado: es muy difícil ver determinados grupos si no vienes al Primavera Sound.

Este año, las dos almas del festival colisionaron. Siempre ha sido muy híbrido (puedes ver desde black metal a pop de TikTok), pero este año hubo una especie de vuelta al modelo clásico, con grupos míticos alternativos de headliners en los escenarios grandes (The Cure, Gorillaz, My Bloody Valentine, Massive Attack) sin tener en cuenta que el público ha cambiado. Hoy a este tipo de festivales va mucha más gente a actos nocturnos, de fiesta, de clubbing que hace años, cuando era más inequívocamente indie (en su concepción amplísima de alternativo).

La concepción atrapalotodo del Primavera Sound está agotada, pero seguirá triunfando. Son los únicos con capacidad financiera para traer nombres enormes, y el fenómeno fan no es especialmente conocido por su capacidad autocrítica: las niñas fans de Olivia Rodrigo (se anunció su actuación el mismo día) que buscaban entradas a la puerta del recinto irían a ver a la cantante pop aunque actuara en el festival Supernova de Israel. Y los que no son fans irán a picotear, a pasearse y dejarse ver, a vivir la experiencia festival. El resto, los que genuinamente quieren ver grupos medianos que nunca giran por España, están condenados a una experiencia a veces mediocre, a veces buena y unas poquísimas veces buenísima: es una lotería y este año a mí no me ha tocado.

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